La Catalunya real no luce barretina ni tricornio

La Catalunya real no luce barretina ni tricornio Un interesante artículo publicado en la edición catalana de El País el pasado 9 de noviembre (1) viene a señalar como en la Catalunya actual el ruido y la furia desencadenados por los nacionalistas, sean catalanistas o españolistas, ha conseguido en pocos años silenciar la Catalunya mayoritaria, que no es otra que la Catalunya del trabajo y la brega por la vida, cuya expresión política son las diferentes corrientes de la izquierda organizada.

El artículo lo firma Rafael Lamuedra Zafra, un profesor de instituto de Badalona. El profesor Lamuedra hace un repaso de la desquiciada situación política que vive desde hace casi una década esa ciudad, la tercera en población de Catalunya, habitada de modo muy mayoritario por trabajadores inmigrantes de primera o segunda generación. Pues bien, en 2011 la alcaldía de Badalona, en manos de la izquierda desde que en 1979 se celebraron las primeras municipales democráticas, pasó al Partido Popular merced a una campaña furiosamente xenófoba y abiertamente racista liderada por Xavier García Albiol, entonces figura emergente de la derecha española en Catalunya. Su lema “Los españoles primero” recogía literalmente el eslogan central del FN francés y los neofascistas italianos. Entre los episodios vergonzosos de esa etapa del municipio badalonense figura el acoso continuo a los gitanos rumanos establecidos en la ciudad, con reparto masivo de panfletos racistas sin firma por las calles incluido.

Lo cierto es que García Albiol y el PP lograron movilizar en Badalona a un sector de ciudadanos perjudicados por la crisis económica, enfrentándolos a quienes en realidad eran tan víctimas como ellos. Los inmigrantes extranjeros eran marcados como chivos expiatorios por quienes precisamente fueron los verdaderos causantes de la supuesta crisis económica y real crisis social. En 2015, Xavier García Albiol volvió a presentarse a las municipales, esta vez bajo el lema “Limpiando Badalona”, ampliamente publicitado por toda la ciudad en vallas, pancartas y carteles, que pregonaba a las claras sus renovadas intenciones, que no eran otras que profundizar en las políticas de fascismo municipal desarrolladas en el período precedente. Esta vez sin embargo, una coalición circunstancial de todos los otros partidos badalonenses le cerró el paso y evitó su acceso a la alcaldía.

Quien sucedió a García Albiol fue Dolors Sabater, la candidata de Guanyem Badalona, una agrupación electoral teóricamente situada en la órbita de los Comuns de Ada Colau. Ocurre que la alcaldesa Sabater pronto incumplió su compromiso con la izquierda de mantener Badalona fuera de la polémica abierta por los secesionistas en cuanto al uso de los municipios como altavoces secesionistas, y se embarcó del bracete de la CUP local en una desaforada campaña a favor de cuanto gesto independentista inventaba el puente de mando secesionista y las entidades de agitación social a su servicio, todo ello ante la perplejidad de una población que por razones obvias en su inmensa mayoría no comulga con esos espectáculos patrióticos a los que nos vienen acostumbrando los independentistas al resto de los catalanes.

Lo interesante de todo esto es que de algún modo, cuanto ha sucedido en Badalona y se explica en el artículo del profesor Lamuedra es perfectamente extrapolable al conjunto de Catalunya, o al menos a la Catalunya metropolitana, que viene a representar el 70% de la población catalana. Tradicionalmente la gran mayoría de los catalanes residentes en el Área Metropolitana de Barcelona es gente progresista, laica y de izquierdas, pertenecen a las clases trabajadoras y populares y en su mayoría son ellos mismos inmigrantes en primera o segunda generación o tienen vínculos directos con estos.

Desde hace algún tiempo sin embargo, los catalanes metropolitanos viven sometidos a una especie de pinza en la que de un lado aprieta un secesionismo rampante, rural y carlistón que acude a Barcelona-Babilonia a celebrar sus fastos con el sentimiento de imponer su presencia y la de sus símbolos en territorio indio. Del otro lado de la pinza, el extremismo españolista, en ocasiones tenuemente disfrazado de “constitucionalismo” de conveniencia y en otras, abiertamente franquista, pero siempre con mucha bandera rojigualda y muchos vivas a la Guardia Civil, con una actitud de ocupación de territorio enemigo muy similar a la de sus oponentes del otro extremo del arco político.

Y es que en el fondo y a su manera, ambos extremos tienen razón: secesionistas y españolistas están en territorio desafecto cuando invaden el centro de Barcelona o de otra cualquiera de la mayoría de las poblaciones del antaño llamado Cinturón Rojo de la ciudad. Los catalanes metropolitanos no les quieren aquí, nunca les han querido ni a ellos ni a los “regalos” que nos traen en sus correrías por nuestras ciudades: urnas de plástico para referéndums autodeterminadores de pega prefabricados por los unos, y porras y pelotas de goma manejadas por policías que creen venir a Catalunya a defender Fort Apache (en realidad, más bien a atacarlo), los otros.

La normalización de la vida política en Catalunya pasa ineludiblemente porque la izquierda plural recupere protagonismo y capacidad de decidir, en las instituciones locales y autonómicas y fuera de ellas, en la calle y en eso que ahora llaman “la sociedad civil”. Catalunya no puede seguir siendo la era donde los dos energúmenos del famoso cuadro de Goya se den de garrotazos indefinidamente ante el pasmo silencioso de la mayoría.

Mientras eso sucede, mientras se libra ese estúpido combate entre patriotas furiosos, los derechos e intereses de las clases trabajadoras y populares catalanas han sido salvajemente agredidos y repetidamente violados por gobiernos neoliberales en Barcelona y Madrid con la excusa de la famosa crisis. Para rescatarlos y para encarar de una vez los múltiples problemas reales que padece Catalunya, hace falta un esfuerzo colectivo llevado a cabo con afán transformador y una clase política decente que se preocupe por la ciudadanía en lugar de usarla como carne de cañón de sus propios intereses.

En ese contexto de lucha por los derechos de los trabajadores y las clases populares catalanas, barretinas y tricornios están de más.

(1) ¿Badalona, a dónde vas?, de Rafael Lamuedra Zafra. Edición catalana de El País, 8 de noviembre de 2018.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).