Falacia

“Los niños no son el enemigo en ese momento: el enemigo es la sangra que llevan dentro. El enemigo es el niño que crece, el judío que será en el futuro, que puede ser peligroso. Por eso se incluía también a los niños”. Oskar Gröning, antiguo soldado de las SS en Auschwitz, explicando a Laurence Rees durante una entrevista por qué aprobaba la muerte de los niños judíos (2004).

Falacia: Un argumento que no es válido a pesar de parecerlo.

Lo que más me impactó de la exposición de Auschwitz fue la normalidad con la se gestó, se asumió, se ejecutó y se justificó el Holocausto por gran parte de la población civil, por vecinas y vecinos, por personas cercanas. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se pueden cerrar los ojos ante semejante barbaridad? ¿Cómo puedes adueñarte de una vivienda, de una tierra, de un cuadro, de una propiedad, cuando sabes que estás ahí porque una familia ha sido deportada y quizás asesinada? ¿Cómo puedes hablar de exterminio de la población? ¿solución final? ¿Cómo una sociedad lo acepta?

Estas mismas preguntas siguen teniendo vigencia, a la vista de otros hechos que se producen en la lejanía y en la cercanía. No voy a relatar el déficit histórico que tenemos en España ante los obstáculos que determinadas administraciones ponen para cumplir la Ley de Memoria Histórica y quienes aplauden estas dificultades, o tampoco me voy a olvidar de personas que incrementaron su patrimonio artístico o propiedades a costa de quienes fueron desposeídos de forma brutal y todavía lo mantienen. La reflexión de este artículo se centra en el “antes”. En la construcción de la falacia.

La línea de pensamiento (por llamarlo de alguna manera) que promueve el fascismo, siempre está latente en la sociedad esperando una oportunidad para activarse.

El proceso está claro:

Primero: Convertir artificialmente una necesidad social real en una situación insostenible y detectar a un colectivo que no conviene, para favorecer determinados intereses, pongamos, económicos.

Segundo: Generar la sensación de que ninguna institución o legislación vigente puede encauzar la necesidad. Se comienza entonces a poner en entredicho la validez de los poderes públicos.

Tercero: Articular un discurso fácilmente asumible en tertulias que no aspiran a fomentar la actitud crítica, sino a confrontar por confrontar, con el objetivo de asociar el trío necesidad/problema/colectivo a un derecho social. Pongamos por ejemplo que la culpa de la pobreza la tienen los pobres que no hacen nada para salir de la situación. O que la culpa de la crisis del pequeño comercio, la tienen los manteros, olvidando las grandes superficies autorizadas por quienes antes no se ocuparon del pequeño comercio. O que la culpa de los asesinatos de mujeres la tenemos las mujeres cuando reivindicamos nuestros derechos. Generalmente el fascismo asoma cuando el gobierno de izquierdas quiere ampliar la Democracia. ¿se acuerdan cuando la sociedad se iba a colapsar porque todas las familias se divorciarían con la ley del divorcio?

Cuarto: Construir La falacia. Una vez que hemos asociado el problema al derecho y al enemigo común, se construye una falsa realidad y se trabaja de forma salvaje para que se actúe en la línea de supresión de derechos. “Suprimiendo un derecho, se suprime un problema”, asegurándonos que repercute directamente en el colectivo que queremos que desaparezca. Por ejemplo: Si molestan los pobres, no hay nada más sencillo que asociarlos con la recesión económica para que, en un futuro no muy lejano desaparezca el derecho de percepción de la Renta Mínima de Inserción. Si molestan los avances en políticas de izquierdas, vamos a crear la percepción de que el gobierno no puede gobernar porque todas y cada una de las personas que lo componen son incapaces de hacerlo como muestran las cloacas. El fascismo no trabaja para que avance la sociedad en igualdad, trabaja para someter a la sociedad utilizando la sociedad misma.

Quinto: Respaldar la falacia desde la sociedad. Se convence de una falacia que nos clasifica de forma perversa: quienes pueden y quienes no. Quienes pueden, tienen el derecho a tener derechos. Quienes no pueden, se quedan sin ellos.

Sexto: Invisibilizar al colectivo. Maquillamos con cifras el avance.

Séptimo: Comenzar a crear otra falacia para salpicar a otro colectivo “que antes podía”.

Y ahora, querida persona que me lee, si usted lo cree conveniente, le propongo que responda a estas preguntas tras una reflexión:

¿Quiénes tienen la necesidad real de volver a una sociedad machista, uniforme, sin colores, sin idiomas, sin libros, sin cultura...?

¿Quiénes no quieren ser transparentes?

¿Quiénes quieren malvender la sociedad?

¿Quiénes quieren precarizar el empleo y generar mano de obra barata?

¿Quiénes dejan a las niñas y niños más desfavorecidos sin acceso a la escuela en las mismas condiciones que el resto?

¿Quiénes hacen negocio con la salud, con el cuerpo?

Piense. No siendo que algún día, en alguna exposición de algún museo, veamos un cuadro como el Guernica y nos preguntemos cómo hemos llegado hasta ahí. No siendo que algún día, alguien nos pregunte porqué dejamos morir a las personas refugiadas sirias, o porqué el Mar Mediterráneo es una gran tumba.

Cuando la responsabilidad de todo esto recae en la sociedad. ¿Quién inició esa cadena?: Los Creadores de la Falacia.

Encarni Pámpanas

Psicóloga.

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