Lecciones de Quebec para Catalunya

Las recientes elecciones autonómicas celebradas en Quebec han arrojado resultados impensables unos pocos años atrás. El Partido Quebequés (PQ), que desde hace décadas aglutina al independentismo en esa provincia canadiense, no solo ha continuado retrocediendo como en los últimos años sino que se ha hundido de un modo que presagia su desaparición, al menos bajo la marca y forma organizativa actuales. El independentismo quebequés está al parecer, en crisis total.

Pero no solo los secesionistas han resultado profundamente afectados. El Partido Liberal canadiense (PL), que en términos españoles equivaldría a una formación política a medio camino entre Ciudadanos y el PSOE, gobernante en Quebec en los últimos años, ha padecido igualmente una debacle tal en esas mismas elecciones autonómicas, que amenaza asimismo su pervivencia como organización política en la provincia de mayoría francófona.

El triunfador absoluto de esas elecciones ha sido un partido que no existía hace cinco años, la Coalición Avenir Quebec (CAQ). El CAQ es un partido de derecha clásica, estrictamente neoliberal en lo económico y ultraconservador en lo social, cuya élite dirigente proviene de sectores políticos y empresariales antaño encuadrados en el PQ y ahora fuera de este. Su programa es el de una derecha rampante, sin disfraces patrióticos.

Una de las banderas principales del CAQ en estas elecciones ha sido el rechazo a la inmigración, santo y seña de las derechas actuales. La “cuestión nacional” ha quedado al margen por completo de la campaña, incluso para el PQ. En términos electorales, el CAQ ha robado el voto de las ciudades tanto a liberales como a independentistas, y ha dejado a los primeros solo con el apoyo de sus votantes procedentes de las minorías y a los segundos con el voto rural francófono más tradicional. Asimismo, el CAQ se ha hecho con gran parte del voto joven.

Este terremoto político ha tenido poco eco en la prensa española, y nulo en los medios del mundo nacionalista catalán y de otras “nacionalidades oprimidas” europeas. Y sin embargo, responde a una tendencia que ha sido posible seguir en Quebec desde el famoso segundo referéndum de autodeterminación, el celebrado en 1995, en el que volvió a fracasar en las urnas la aspiración secesionista. Desde entonces Quebec ha evolucionado sin prisa pero sin pausa hacia una normalización política que aun teniendo en cuenta su innegable y potente especificidad histórico-cultural, ha llegado a tomar tal distancia con la vieja reclamación de su presunto derecho a la secesión, que ha terminado por configurar un mapa político muy convencional. Tan solo la ausencia de una izquierda organizada, que en el conjunto de la Federación canadiense estaría representada por el Nuevo Partido Democrático pero que en Quebec carece de representación, impide considerar que la provincia francófona se haya convertido en una región políticamente normal cuyo eje de confrontación electoral finalmente pasa por lo real (la lucha de clases organizada políticamente) y no por lo fingido (la cuestión nacional). Ocurre pues que en términos generales los ciudadanos quebequeses han resultado ser una gente muy de derechas, que finalmente han decidido apoyar a quienes ya sin embozos patrióticos o de otro género propugnan ahora la defensa de sus intereses desde las posiciones ideológicas que en todo el mundo son propias de las personas conservadoras.

Atrás queda la reivindicación de un nuevo referéndum de autodeterminación, imposible a corto y medio plazo, cuya celebración por dos veces en el pasado fue aceptada por el conjunto de la Federación simplemente porque ésta jugaba con casi todos los triunfos en la mano cuando se celebraron, incluida la misma redacción de la pregunta, ya que lo que se sometía a consulta popular no era en realidad la “independencia” sino la fórmula de “asociación” entre Quebec y la Federación:

“¿Está usted de acuerdo con que Québec llegue a ser soberano después de haber hecho una oferta formal a Canadá para una nueva asociación económica y política en el ámbito de aplicación del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y del acuerdo firmado el 12 de junio, 1995?”.

Antes y después de esa fecha, en Quebec y en el resto de las provincias canadienses, los sucesivos Gobiernos federales han desplegado una serie de medidas que no han cesado de fortalecer la posición del Estado canadiense de modo progresivo y también progresista a lo largo y ancho de la Federación, en un país que en muchos aspectos se puede considerar aún en construcción.

Y no solo medidas de carácter económico y social. También, desde hace años las instancias federales han reforzado su apoyo a las manifestaciones públicas de las diferentes identidades minoritarias, tanto en el Este francófono como en el Oeste anglófono. Chinos, latinoamericanos, europeos del sur y del este, africanos…: el Canadá contemporáneo es un mosaico multicultural formado por inmigración reciente, que mayoritariamente se expresa en inglés y se considera ante todo, canadiense. Hace pocos años, en Vancouver un joven taxista guatemalteco me contestó así a mi pregunta sobre qué había que hacer para integrarse en Canadá: “aprender inglés, respetar la bandera federal y pagar los impuestos que a cada uno le corresponden”. El guatemalteco, que había huido de su país para salvar la vida, en solo cinco años viviendo en Canadá se había comprado el taxi, alquilado una casita con patio delantero y estaba a punto de traer a sus padres a vivir con él merced a la reagrupación familiar.

Muy significativo es el apoyo gubernamental y complicidad con las “First Nations”, los indios pielesrojas de Canadá, con quienes, a diferencia de lo sucedido en EEUU, el Estado canadiense mantiene buenas relaciones desde la finalización de las llamadas Guerras Indias franco-británicas en el siglo XVIII. De hecho los indios canadienses son firmes partidarios del Gobierno federal, cuya bandera figura en la entrada de muchas de sus casas en los suburbios de las ciudades o en el medio rural. En los últimos años, la justicia está fallando a favor de las comunidades indias en sus reclamaciones por las tierras perdidas, obligando a los municipios, las provincias y al Estado a pagar considerables indemnizaciones económicas en compensación. Sin embargo, en Quebec y Ontario, donde representan alrededor de un tercio de la población, los indios han sido despojados de sus derechos más elementales por los francófonos nacionalistas durante décadas, incluidos los derechos a la propiedad de tierras reconocidos en los pactos subscritos con el Dominio británico desde principios del siglo XIX y consolidados con el Gobierno federal en el XX, lo que generó en un pasado no muy lejano brotes de violencia armada que requirieron la intervención del Ejército federal para separar a los contendientes.

La apuesta del Estado canadiense por la multiculturalidad combinada con el uso del inglés como “lingua franca” entre las diferentes comunidades, funciona y da frutos de convivencia. Hoy Canadá es un país sin tensiones étnicoculturales destacables, y las tradicionalmente existentes en el interior de las dos provincias francófonas se han apaciguado de modo notable en la medida en que el proyecto nacionalista francófono, considerado hasta ahora como principal y casi único vector político en ellas, ha fracasado finalmente.

Quebec, espejo del nacionalismo catalán durante muchos años, ofrece hoy un ejemplo evolutivo del que los políticos catalanes de cualquier tendencia deberían tomar nota.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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