10 años lloviendo sobre mojado

La banca nunca pierde y el 15 de septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers perdimos todos sin haber llegado nunca a apostar. Este pistoletazo de salida, simbólico, se ha acuñado posteriormente, en el análisis desde la perspectiva del tiempo transcurrido y de las consecuencias de la burbuja inmobiliaria y crediticia. En septiembre de 2008 muchos negaban la recesión, y otros muchos, ya llevábamos años desacelerados.

Las consecuencias de un crecimiento económico ficticio que se sustentaba en el ladrillo y en el hormigón, en el crédito personal e hipotecario, nos introdujo en el vocabulario y en el telediario el concepto "morosidad", y entre los que llevábamos años en crisis nunca supimos lo que es un desahucio porque nunca nos pudimos permitir una vivienda en propiedad, y mucho antes de la quiebra del gigante norteamericano ya asumíamos con normalidad la mudanza anual al finalizar el contrato de alquiler.

Recuerdo en las transcripciones de grupos de discusión que se hicieron acerca del 15M y de la Crisis, un grupo de señoras que se identificaban como "clase media-alta", que definían la crisis como: "comprar lo mismo pero no de la misma forma". Mientras Coca-Cola anunciaba su deslocalización y decenas de personas eran condenadas al desempleo estructural, para un sector de la población la crisis había supuesto el paso de la lata a la botella de dos litros.

Algunos no sufrimos esa pérdida de capacidad adquisitiva, porque nunca la habíamos tenido. Ya llevábamos años practicando la economía colaborativa mucho antes de que desde las plazas se reivindicase el fin del consumismo capitalista: heredábamos la ropa y los libros de texto. La multipropiedad para las vacaciones suponía compartir habitación con el resto de primos en casa de la abuela.

Tras estos años de crisis, ya una década, que ha condenado a una generación entera a no tener recuerdos del milagro económico español, la ideología de clase es lo único que puede salvarnos.

Los ricos son más ricos que antes de la crisis porque saben que son ricos y siempre lo han sabido, y en consecuencia han actuado para defender sus intereses patrimoniales. Pero a los pobres, nos hicieron creer que éramos los nuevos ricos sin tener las herramientas para defendernos. Tras diez años de crisis, ya va siendo hora de darnos cuenta: ni fuimos ricos, ni somos ricos, ni seremos ricos.

Ser rico no es tener un sueldo que supere las cuatro cifras, una vivienda por cada miembro de la familia y seguro de salud para la mascota. Ser rico es un estilo de vida, y si no entras a formar parte de este club con plena legitimidad, tarde o temprano estarás fuera. Pero tuvimos a demasiadas familias convencidas que se habían hecho ricas y demostraban ante el mundo su estatus matriculando a sus hijos en colegios privados, viviendo fuera de la M-50 con un cuarto de baño por miembro de la familia y pasando el invierno en Baqueira y el verano en Mallorca.

Si algo debe hacernos esta Crisis, no es solo más fuertes, que obviamente, con las estadísticas de suicidio que nos deja año tras año y con los recortes en sanidad, sobrevivir ya es todo un reto... sino que necesariamente ha de hacernos más humildes.

Más conscientes de qué tenemos, qué disfrutamos y qué necesitamos. Quiénes somos y de dónde venimos. Dejar de querer ser quienes no somos, y reivindicar que para tener acceso a una educación de calidad, a una sanidad de calidad, y a unos servicios de bienestar de calidad, no hace falta ser rico, sino un estado fuerte con capacidad impositiva que lo garantice para cada uno de sus ciudadanos.

Si algo debemos hacer, es reivindicar mucho más que a pesar de todo, a pesar de los recortes y de las difíciles decisiones individuales que hemos tomado a lo largo de estos 10 años para sobrevivir como individuos y como familias, es que somos un gran colectivo de olvidados, que no nos hacía falta una crisis para ser pobres, porque ya lo éramos, y que no queremos ser ricos para tener derechos laborales, un salario digno y acceso a la vivienda, necesitamos más conciencia de clase, más solidaridad y empatía, para dejar de creer que el ascenso social es la solución, porque no podemos dejar a nadie por el camino.

Animo a pensar menos en las superproducciones de Hollywood, y ver de vez en cuando el cine español, España es una tragicomedia, como lo es "Un franco, catorce pesetas", porque ya sabéis, volverán los emigrantes del siglo XXI, la denominada fuga de cerebros, y se encontrará con que "En este país siempre estamos de crisis".

Aida dos Santos

Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid.