SUSCRÍBETE

¿Hacia la partición de Catalunya?

¿Hacia la partición de Catalunya? En distintas poblaciones de Catalunya han menudeado últimamente los choques entre secesionistas y los ahora llamados “unionistas”. No tiene mayor importancia cual es la excusa para esa violencia todavía de baja intensidad, en este caso la pugna creada en torno a los ya famosos lazos amarillos; lo verdaderamente significativo es que hayan comenzado a producirse hechos en que esa violencia hasta ahora verbal se dé ya de forma física.

Poner y quitar lazos amarillos no es más que el modo en que por ahora se canaliza una violencia social que ha dejado de ser simbólica para convertirse en material. Pero esa violencia, creciente, podría desencadenarse igualmente en el entorno del fútbol (el primer incidente con víctimas relacionado con la posterior guerra de los Balcanes de los años noventa se produjo en un partido de fútbol entre el Estrella Roja de Belgrado y el Dínamo de Zagreb, jugado en la entonces capital yugoslava en 1990), o por cualquier otra causa, incluidas las de apariencia más fútil. En tanto no se vaya a la raíz del problema, al por qué último de esa violencia, desactivar el asunto de los lazos amarillos no significa resolverlo sino tan solo cambiar el modo en el que se manifiesta; no tardará en tomar otra forma.

Ya hemos escrito aquí que la catalana no es una sociedad fracturada en dos sino fragmentada en múltiples trozos cada uno con sus propios intereses, como sucede en la inmensa mayoría de las sociedades humanas contemporáneas. Resulta especialmente patética esa pretensión nacionalista (secesionista o unionista) de que los catalanes constituimos un solo pueblo dotado de una única voluntad, sea esta española o secesionista. Semejante afirmación, que reverdece las viejas consignas fascistas de los años treinta, está en la base misma del conflicto y lo hace irremediable al chocar de modo frontal con el planteamiento simétrico del adversario.

Habría que empezar a asumir que por doloroso que les resulte a muchos ciudadanos en Catalunya y en España, ni todos los catalanes se sienten españoles (ni tienen porqué), ni todos los catalanes han de ser independentistas para seguir siendo catalanes (como pretenden la mayoría de los secesionistas). Y sin embargo los dirigentes políticos independentistas y unionistas actúan como si así fuera, como si creyeran que “su verdad”, la que explican en público, es la única posible, mientras son justificados y jaleados por sus respectivos mamporreros ideológico-“culturales”, algunos por cierto pagados espléndidamente a tal efecto y otros, simples terroristas sociales por afición o entretenimiento.

Desde las filas unionistas, ha crecido y prosperado en los últimos meses la idea de una secesión de los territorios catalanes que rechazan la independencia del país, que ante el escenario de una Catalunya independiente se desgajarían de la nueva entidad estatal catalana para mantenerse en España. Es un proyecto políticamente suicida, que aboca al conflicto civil armado. Ocurre que esas zonas, articuladas alrededor de las ciudades de Barcelona y Tarragona, concentran no solo la mayoría de la población del país (unos 5 millones del total de 7’5 millones de catalanes), sino también la inmensa mayoría de su tejido productivo industrial, comercial y de servicios, además de los principales recursos financieros y de todo tipo, incluidos los energéticos (caso de las centrales nucleares). Por tanto, la Catalunya independiente pero demediada por esa Catalunya española, a la que primero en broma y ahora ya en serio han empezado a llamar “Tabarnia”, se configuraría territorialmente con las zonas rurales, las de demografía más baja y carentes de otros recursos que no sean los naturales. En consecuencia, la República Catalana sería un país poco poblado, agrario, conservador, católico y nacionalista, al coincidir sus límites geográficos y humanos con los de la secular Catalunya Carlista, la Catalunya interior o profunda, en tanto Tabarnia sería una región española industrial y de servicios, urbana, progresista, laica y supuestamente “no nacionalista”. Es obvio que los independentistas jamás aceptarán pacíficamente esa división.

El planteamiento es como digo, suicida. Albert Branchadell escribía hace poco un artículo en la edición catalana de El País (1) acerca de esa posible partición de Catalunya a propósito del caso de Kosovo y las “rectificaciones de fronteras” en Europa Central. El escenario final es el de un trapicheo y enjuague a varias bandas, como ha ocurrido en tantas ocasiones desde que acabó la Segunda Guerra Mundial y después, en los años noventa tras la caída del Imperio Soviético. Aceptar la partición de Catalunya sería el precio que habría de pagar la hipotética República Catalana independiente para ser admitida en las instancias internacionales, comenzando desde luego por las europeas.

Naturalmente a la partición no se llegaría de modo razonable y pacífico, sino en un marco de violencia tal vez no generalizada pero sí con una fuerte presencia de grupos de acción violentos y enfrentados, que justificara la separación y la hiciera deseable incluso “moralmente” y sobre todo “humanitariamente”. Eso sí, comportaría un desastre humano sin precedentes desde el éxodo del final de la Guerra de España en la primavera de 1939, pues la población habría de redistribuirse migrando de una zona a la otra en función de sus preferencias ideológicas y culturales, y quién sabe si también “étnicas” (no por nada el nacionalismo de raíz etnicista está tomando en Catalunya una potencia igualable al menos a la que tuvo en los años veinte y treinta del pasado siglo, que no fue poca).

En todo caso la partición de Catalunya sería el fruto de un cambalache político cocinado en casa pero con chefs extranjeros. Tendríamos (¿tendremos?) intermediarios de lujo, incluidos varios premios Nobel de la Paz, un par de economistas neoliberales y quizá algún otro socialdemócrata. Y contaría en su momento con la bendición de la Santa Sede, del Comité de Descolonización de la ONU y claro está, de la FIFA y de la UEFA, pues el mundo del fútbol internacional tendría mucho que decir en esa tesitura. La política no está reñida con los negocios, al contrario, ya saben, y la división de un país es siempre un buen negocio para algunos.

(1) La Tabarnia kosovar, de Albert Branchadell. El País edición Catalunya, 5 de septiembre de 2018.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

Banner 468 x 60 px