Catalunya y España: élites, poder, hegemonía, multiculturalidad

“¿Catalunya? ¿España? Nadie me presentó nunca a esas señoras” (Josep Ramoneda).

1. Lo que se ventila entre Catalunya y España desde hace un siglo y medio, no es otra cosa que el reparto de poder entre las élites catalanas y las élites españolas. Nada más. Y nada menos.

2. En realidad, no existe un problema insuperable entre Catalunya y España, o mejor dicho entre las élites catalanas y las élites españolas. Unas y otras han colaborado sin empacho cuando les ha convenido, siempre en beneficio propio y siempre en detrimento de los catalanes y del conjunto de los españoles.

3. Una serie de complejas circunstancias históricas, sociales y económicas han llevado a las élites catalanas de principios el siglo XXI a reclamar todo el poder en Catalunya. Es decir, a romper la baraja con la que se venía jugando desde 1976 (en realidad, desde mucho antes). Pero esta es una situación transitoria en el tiempo, y basada más en gestos que en hechos.

4. El problema real de Catalunya es consigo misma. El verdadero problema catalán es interno, entre catalanes: primero, en el interior del bloque social dominante debido a los disensos entre las diversas fracciones que lo componen, y después, de ese bloque con el resto de los catalanes.

5. La posibilidad de un nuevo reparto de poder en Catalunya está muy condicionada por el ejercicio de la hegemonía que hace el bloque social dominante en todos los órdenes de la vida catalana: social, económico, cultural e ideológico principalmente, aunque no solo.

6. Delimitar quiénes o qué cosa son los catalanes representa una dificultad añadida. Ocurre que contra lo que impone el discurso hegemónico dominante en Catalunya, los catalanes ni somos un solo pueblo ni tenemos una sola lengua, ni una misma religión, ni a todos nos gustan las neotradiciones y ni siquiera somos todos seguidores del Barça. Por el contrario, la diversidad interior es una de las pocas señas históricas reales de lo catalán.

7. Por lo demás, los catalanes pertenecemos a clases sociales distintas, cosa que por otra parte les sucede también a los estonios, los ugandeses o los habitantes de Dakota del Norte. Las clases sociales son una realidad que ha sobrevivido a la postmodernidad a pesar de todos los esfuerzos ideológicos patrocinados hechos para ocultarlas, aunque gracias a la famosa crisis iniciada en 2008 están ahora más de actualidad que nunca.

8. La clase social de pertenencia imprime carácter en las personas, y sobre todo condiciona de modo integral su presente y su futuro. Un catalán de Badalona hijo de inmigrantes andaluces, con educación básica y parado de larga duración tiene problemas e intereses en lo que afecta a sus condiciones de vida y expectativas de salud, educación, cultura y posibilidades de consumo prácticamente idénticos a los de un inmigrante senegalés sin papeles, trabajo ni domicilio fijo.

9. Ocurre que ambos comparten clase social, situada en este caso en el filo de la navaja entre el proletariado y el nuevo precariado (o antiguo lumpen, como prefieran). Tanto el badaloní como el senegalés del ejemplo se encuentran por lo demás a años luz de los problemas e intereses de un mozalbete de las juventudes de la CUP, que vive con su papá ejecutivo de multinacional y su mamá profesora universitaria en un chalet con piscina en una urbanización de Sant Cugat o en una zona igualmente selecta de Girona, la nueva meca de la burguesía catalana. Clases sociales versus falsas solidaridades entre “connacionales”.

10. Social y culturalmente Catalunya es una sociedad fragmentada, dividida no en dos sino en múltiples comunidades socioculturales, cada una de ellas con su propia personalidad, distinto peso demográfico y capacidad de influencia colectiva. Las hay muy numerosas: los catalanoandaluces de primera y segunda generación suman un millón de personas, los catalanoaragoneses algo menos del medio millón.

11. A las múltiples comunidades ibéricas peninsulares presentes en Catalunya desde la Alta Edad Media, deben añadirse los eufemísticamente llamados en catalán “nouvinguts” (recién llegados), que han venido hasta aquí en los últimos años como consecuencia de los movimientos migratorios impulsados por la globalización: rumanos, marroquíes, peruanos, chinos, etc.

12. La resultante de todo esto es un tapiz tan colorido como poco hilado: una sociedad muy fragmentada, escasamente articulada y con una limitada tendencia al mestizaje intercomunitario, llena de barreras invisibles pero que casi todos respetan. Una sociedad multicultural, magmática y en expansión, a la que desde hace tiempo se le salen los pies por debajo de las estrechas mantas cuatribarradas o rojigualdas con las que unos y otros pretenden limitarla.

13. En esas condiciones el poder en Catalunya es un artículo frágil, delicado, cuya conservación depende mucho del ejercicio impositivo de la hegemonía ideológica. La transmisión de ideología a través de los medios de educación y comunicación se ha demostrado no suficiente, y la acción de organizaciones de agitación, encuadramiento y control social como Òmnium Cultural, ANC o el mismo FC Barcelona, solo alcanza a los ya comprometidos con la Causa. A pesar de todos los esfuerzos en marcha, la hegemonía del bloque social dominante catalán empieza a ser seriamente cuestionada en el país. El muro pétreo empieza a resquebrajarse.

14. El 15-M se encendieron todas las alarmas, también en Catalunya. El pavor de las élites catalanas ante la contestación social a su proyecto de desmontaje del Estado del Bienestar iniciado en 2007, tuvo un hito histórico en el cerco popular al edificio del Parlament de Catalunya y en las humillaciones sufridas por algunos de sus representantes políticos durante su desarrollo, mientras muy cerca de allí policías autonómicos de paisano eran retenidos e identificados como provocadores callejeros por las masas movilizadas. Las imágenes de julio de 1936 siguen grabadas a fuego en la memoria de la burguesía catalana, y el temor a que volviera a suceder algo así alentó una reacción que alumbró el “procés cap a la independència” (proceso hacia la independencia).

15. En síntesis, el “procés” parte de la premisa de que el Estado español, supuestamente débil y en descomposición, ya no es capaz de garantizar la hegemonía social de las élites catalanas; por tanto, estas deben tomar en sus manos la responsabilidad íntegra de conducir el país y evitar la revolución social. Siempre desde esa perspectiva, la independencia es la única vía posible para cumplir con ese “destino manifiesto” que compete al pueblo catalán, ratificado a través del mandato popular a obtener a través de un referéndum (o de tantos como sean necesarios hasta conseguirlo). Como puede verse, el planteamiento contiene numerosos errores conceptuales y de cálculo, cuyas interacciones explican el resultado fallido del “procés”.

16. Los secesionistas, es decir las élites catalanas agrupadas en el bloque social dominante, contaban con una débil reacción de un presuntamente decrépito Estado español, pero nunca con la reacción interior de una parte mayoritaria de la población catalana; para la primera estaban más o menos preparados, para la segunda no. Ocurre que la reacción del Estado (que no del Gobierno español) ha sido mucho más potente de lo que en principio cabía esperar, lo que ha paralizado los mecanismos “legales” preparados por los independentistas (Leyes de Desconexión y puesta en marcha del nuevo Estado), y que la reacción de la población catalana no secesionista a través del voto, pero también en la calle y en los ámbitos de relación social, ha desarbolado el discurso “un solo país, una sola voluntad” esgrimidos por los secesionistas.

17. Algún partido, caso de Ciudadanos, ha creído encontrar el momento propicio para crecer en Catalunya y en toda España enarbolando la bandera de la reacción nacionalista española frente al secesionismo. Se trata de una política oportunista, gestual y sin contenido real, pero altamente peligrosa porque pretende obviar la realidad presente, la multiculturalidad catalana y la consecuente diversidad política en la que se expresa, intentando reducirlas a una confrontación irracional, irresponsable y probablemente criminal entre dos nacionalismos.

18. Continuar apelando a los sentimientos como valores únicos o prioritarios a la hora de mover a los pueblos, conduce directamente a la balcanización de Catalunya primero, y del resto de España después. Es una política abiertamente criminal sea cual sea la bandera bajo la que se guarezca, y sus epígonos deberían ser tratados como lo que son: carniceros que pretenden sacar tajada de un enfrentamiento civil.

19. La única posibilidad de salvación reside en el reconocimiento del carácter multicultural y fragmentario de la sociedad catalana, que ha de hallar interlocutores en quienes sean capaces de asumir que ese carácter multicultural y fragmentario define asimismo a la sociedad española. Todo empecinamiento en uniformidades supuestamente ancestrales y en llamadas al mesianismo patriótico, solo conducirá a un baño de sangre sin precedentes

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).