“Nos faltó República para todo lo que faltaba”

La Segunda República significó el mayor avance en derechos políticos y libertades de la historia del movimiento obrero del país.

Se cristalizó el Derecho del Trabajo con una presencia sindical en la toma de decisiones políticas y laborales como nunca antes se había manifestado.

Fueron los años de la Reforma Agraria, de los Convenios Colectivos, de los Tribunales Mixtos, del control y el arbitraje. También fueron los años de las escuelas públicas, la alfabetización, el sufragio universal, el divorcio, y el aborto, los buenos años de una política laicista.

Que desde la izquierda se defienda la memoria de la República no debe suponer una idealización libre de la crítica.

Críticas desde la izquierda, los sindicatos de clase, el feminismo y los valores del socialismo democrático.

Para que nunca se pueda hablar de los derechos alcanzados, con tanto sudor y tantísima sangre, durante la Segunda República con la nostalgia de un fin idealizado, que esconda desigualdades de clase y género.

Reforma agraria

En 2018, los millenials y los hípsters que viven en la ciudad pierden la perspectiva de lo que significó el campo, y de lo que aún significa el trabajo en el campo para millones de personas en España.

Con la misma superioridad se veía en demasiadas ocasiones a las huertas desde los despachos ministeriales, como consecuencia se obtuvo una ley de reforma excesivamente burocrática para el analfabeto campo español.

Se dieron en paralelo decretos y decretos que intentaban, sin demasiado éxito, mejorar la vida del campesinado.

Alfabetización

Más allá de la gran apuesta universitaria que se llevó en Madrid, se demostró una enorme preocupación por la alfabetización de la población rural, fueron los años dorados de la construcción de escuelas, las misiones pedagógicas y las obras de teatro improvisadas por calles y plazas… pocos años de la defensa del laicismo en las escuelas que aún sigue siendo necesaria.

Algo fundamental para formar una sociedad crítica y exigente, que reclamase la rendición de cuentas a sus representantes y exigiese un trato digno, en sus casas, en el campo, y en las fábricas. Labor inmesurable la de las maestras, para las que cualquier homenaje es poco, para todas aquellas encarceladas, vejadas y fusiladas, por poner en manos de los niños y las niñas pobres, cuadernos y lápices.

Relaciones sociolaborales

Se pusieron en marcha los instrumentos de previsión y mediación por parte del Estado, se otorgó a los trabajadores el derecho a tomar el control sobre grandes decisiones de la empresa a través de los sindicatos (incansable la lucha de la Unión General de Trabajadores y sus pares).

Igual de grande fue la respuesta de la patronal y de los propietarios tanto a la Reforma Agraria, como a dejar en manos los trabajadores parte de la organización de la producción… ni tan siquiera dejar en manos de los trabajadores el pan que se ganaban.

Los convenios colectivos llegaron para obligar a ambas partes, para traer la paz social, las normas salariales, y de contratación y despido.

Las disputas acabaron en Jurados Mixtos que cuando no fueron controlados por traidores de clase, la patronal en pocas ocasiones acataba.

Se escuchó con atención a la OIT y se desarrollaron los primeros modelos de seguros sociales obligatorios y universales.

Las huelgas duraban semanas, y la patronal ya no respondía a unas demandas que le parecían, y se justificaba así en no atajarlas, más políticas que laborales.

A esto le unimos una militarización de la seguridad ciudadana y una guardia civil encargada de matar anarquistas, para que resulte un clima social de lo más cómodo para desarrollar sueños y expectativas.

La jornada laboral y los descansos

Aparecieron los convenios colectivos con descansos de doce horas entre jornada y jornada, convenios que no regulaban el trabajo doméstico, el trabajo a domicilio ni lo que ocurría dentro de los talleres familiares (donde, solo por casualidad, trabajan en su mayoría mujeres).

Ocho horas de descanso por defecto… que podían ser seis si la productividad los reclamaba.

Se limitaron las horas extraordinarias a seis diarias para los hombres, y dos para las mujeres… ejemplo del paternalismo machista de la legislación laboral, junto a la mayoría de edad en 18 años para las mujeres, evitando así entre otros muchos derechos, el acceso de las mismas al trabajo nocturno: justificándose en que era insalubre, peligroso, e incluso… como no, inmoral para su ocupación por una mujer.

La mujer obrera

Desaparecieron las excedencias forzadas por matrimonio o maternidad, consuelo que poco servía para la emancipación femenina: siendo piedra angular de la desigualdad el género, doblemente explotada la mujer de la república, trabajaba a cambio de un salario que le podía corresponder por derecho cobrarlo a su marido y no ha ella.

En la idealización de la mujer como madre se desarrolló un, muy necesario, Seguro obligatorio de Maternidad… no por ello se acabaron los despidos a embarazadas… y poco duró la República para poder contabilizar embarazos.

Conquistas sociales y políticas, como el discurso vehemente de Campoamor reclamando que se considerase a la mujer tan ser humano como al hombre. Exigió hasta las últimas consecuencias el sufragio femenino… y se le compensó sin reelegirla.

Con la misma fuerza, con la misma rabia, se luchó por regular y despenalizar el derecho al divorcio y al aborto, igual de necesario era obligar a los hombres a reconocer a los hijos fuera del matrimonio.

Cientos de esas mujeres de la República, que pasaron por un aborto, que rehicieron sus vidas tras la separación y fueron acusadas de prostitución y adulterio, aún siguieron en las prisiones franquistas tras aprobarse la Ley de Amnistía del 77.

La vida pública, la vida laboral, siguió siendo ocupada por el hombre, por el cabeza de familia. Las mujeres participaban en el sindicato y el movimiento de izquierdas a codazos con los hombres, más siendo el descanso del guerrero y manteniendo el orden y la limpieza en las casas del pueblo, que reclamando su propia explotación como mujer trabajadora.

Cabe aquí recordar, que la feminización del empleo estaba muy restringida. El acceso al mercado de trabajo se limitaba a determinados oficios alegando la llamada “diferencia biológica” (por suerte, al parecer, alguna mutación genética provocada por las necesidades del capitalismo, ha igualado la capacidad de las mujeres para acceder a cualquier oficio con una plusvalía gustosa).

Para más indignación si cabe, las mujeres se veían eliminadas del mercado de trabajo cuando la demanda de trabajadores fuese escasa, ya que siempre les pareció mejor tener una ama de casa, que un hombre desempleado.

Con toda la crítica que se merece desde la izquierda, estos días son para recordar sus tantas cosas buenas, y lo diferente que sería este país, si hubiese sido República, República siempre.

¡Viva la República, qué también es de la mujeres!

Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid.