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Actualizado 8:13 PM CEST, Sep 20, 2017
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Malestar en Cataluña. El oasis catalán y el resto del mundo

Hay malestar en Cataluña. Eso está fuera de discusión, pero ¿a qué responde ese malestar? Los nacionalistas señalan la causa, la relación con España, sin vincularla con los cambios generados por la globalización, de los cuales lo que acontece en España y en Cataluña es la manifestación doméstica de una lógica mundial.

Los nacionalistas, y quienes les siguen, han eliminado de su horizonte teórico fenómenos que caracterizan las sociedades occidentales haciéndolas similares en sus anhelos y tensiones, y han imaginado Cataluña como una burbuja aislada del mundo e inmune a sus trastornos, que llegan a través de su relación con España como un vendaval, que, desde la península, agita la vida tranquila, ordenada y productiva del oasis catalán.

Es un discurso que, por un lado, desprecia la existencia del capitalismo en expansión como causa de la inestabilidad general, y el costoso asentamiento de la modernidad, con sus lógicas contradictorias -entre ellas no sólo la económica, sino la política y la cultural-, con todo lo que representa, con lo que ofrece y lo que exige. Y por otro lado, ha puesto los ojos en una Cataluña premoderna, idealizada y falsamente soberana, a la que propone regresar incorporando elementos actuales que sean compatibles con ese sueño.

No es muy original decir que el capitalismo expandido a escala planetaria genera malestar aún en las sociedades mejor situadas, como muestran antecedentes tan sonados como los sucesos de los años sesenta, expresando un primerizo y juvenil rechazo al orden mundial creado en 1945, que ya entonces empezaba a tambalearse y al que la restauración conservadora de Reagan y Thacher dio el definitivo empujón.

Los signos aparecieron primero en las sociedades más avanzadas, sobre todo en Estados Unidos, y autores de distintas tendencias (Herbert Marcuse, Marvin Harris, Daniel Bell, Alvin Tofler, Theodore Roszak, John K. Galbraith, Anthony Giddens, Richard Sennet, Jeremy Rifkin, Manuel Castells o Naomi Klein, entre otros muchos) se han ocupado de ello.

El mundo ha ido perdiendo el perfil establecido tras la IIª Guerra mundial y se desdibuja por medio de conflictos políticos, económicos, militares y culturales, que no permiten atisbar cuál será su nueva configuración, si es que no hemos entrado en una era de inestabilidad permanente. Fruto de ello son los modelos políticos que hacen agua, las formas de gobierno obsoletas, los Estados incapaces de asumir sus tareas, las instituciones que fracasan, el ocaso de las viejas ideologías políticas, la pérdida de sentido de la historia y la constatación de que un capitalismo sin adversarios avanza a trompicones, con una crisis tras otra, impelido por un sector financiero desbocado, ante la perplejidad de los ciudadanos.

Estamos en “La era de la incertidumbre” (Galbraith), en “La sociedad del riesgo” (Beck) o inmersos en “La Modernidad líquida” (Bauman), dotada de una gran dinamismo, en la que todo se acelera y se transmuta -“todo lo sólido se desvanece en el aire” ante la presión del mercado, advirtió Marx- y nada parece destinado a permanecer mucho tiempo (el empleo, la profesión, la educación, la familia, los amores, las filiaciones políticas, la noción de la propia vida o la visión del mundo), pues los viejos valores morales, políticos y religiosos han perdido su función aglutinante y el dejar de ofrecer modelos de comportamiento y normas estables y de definir horizontes ha facilitado la emergencia de un individualismo insolidario, acrítico y deseoso, necesario para sostener un mercado que precisa continua renovación y crecimiento para atender al creciente consumismo, causa y efecto de esa necesaria renovación de la sociedad, al menos como apariencia, pues parece impelida por la moda como principio dominante; es “el imperio de lo efímero” (Lipovetsky) al servicio de incesantes deseos, incentivados por la producción masiva de mercancías, el crédito y la publicidad, y por la propaganda que sobre sí mismo genera este modelo, orgulloso de mostrarse como la única forma de vida posible.

A esta dinámica, que ya tiene unos lustros, se une la crisis financiera de 2008, la nuestra y la ajena, que es una manifestación perversa del curso de la economía mundial, y los ciudadanos, a su perplejidad, suman el miedo a las consecuencias de la recesión económica, que ha abierto un abismo bajo sus pies por lo fácil que es descender en nivel o en calidad de vida, por la amenaza del paro, por el empleo precario y la amenaza de un posible despido, por los salarios que bajan y los impuestos que suben, por el pago de la hipoteca y los plazos del coche, por la quiebra de bancos y empresas que parecían eternos, por la pérdida de los ahorros o incluso de la vivienda, por las pensiones (¿habrá para todos?), por el deterioro del sistema sanitario, por los recortes en educación, por la almoneda de los bienes públicos entregados a la privatización, que reducen el Estado del bienestar, por el incierto futuro de los hijos, por la amenaza de los foráneos, por la delincuencia, por el aumento de los tráficos ilegales, por la burocratización de la administración pública y privada, por la falta de un horizonte despejado de todos estos temores; por la complejidad de la sociedad actual, en suma, en la que parece que todos los problemas son urgentes y carecen, al mismo tiempo, de solución.

Esta visión está agravada por lo que sucede en el ruedo ibérico, por la crisis de la clase política, por el desgaste del régimen surgido de la Transición, por la corrupción, por los dimes y diretes de los partidos, por las luchas intestinas, por la obsesiva visión a corto plazo, y claro está, en Cataluña, por el Estatut, por la sentencia del Tribunal Constitucional, por la deriva política y delictiva de CiU, por la ofensiva de ERC y por la desorientación de la izquierda, que hace años perdió el rumbo en este tema.

Tan faltos de referencias, de valores firmes, de instituciones estables como los ciudadanos españoles, los catalanes se sienten perdidos (“Perdidos. España sin pulso y sin rumbo”) entre un presente, que según Muñoz Molina (“Todo lo que era sólido”), es “una niebla de palabras arcaicas, himnos viejos y banderas obsoletas, un guirigay de trifulcas políticas” y un “porvenir de dentro de unos días o semanas (que) es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos”.

Pero, ante los problemas económicos y políticos propios de España, mezclados con los del resto del mundo, los nacionalistas han buscado un solo motivo que explique el malestar de los catalanes y canalice su indignación, un solo principio que explique las aludidas dinámicas contemporáneas; una sola causa eficiente que dé cuenta, de modo sencillo, del problema y que facilite la solución. Y han dado con ella, expresada en una frase de gran eficacia propagandística: “España nos roba”.

Así, el malestar en Cataluña se debe a una sola causa, al expolio al que España, desde hace siglos, somete a Cataluña, y la salida a esta situación es sólo una, sencilla y radical: la independencia. Una vez fuera de España (pero cerca de su mercado), los rasgos peculiares del carácter catalán -laboriosidad, seriedad, sensatez, ahorro-, libres ya de la opresiva tutela castellana, volverán a producir los resultados de antaño y Cataluña, triunfante, volverá a ser rica y plena.

Al malestar del ciudadano actual, incrementado por un victimismo sembrado a lo largo de décadas, los nacionalistas le han buscado una salida, que es participar en el proyecto colectivo de formar una nación y fundar un Estado independiente. Una meta que parece fácil de alcanzar y que se presenta como solución a los problemas de los catalanes, planteada y resuelta por ellos mismos.

Todo lo fían a la pretendida capacidad de una raza que es superior a la española, como ya señalaron los padres fundadores del nacionalismo, creyendo que así podrán escapar a las lógicas de la globalización, cuando lo que proponen es acentuarlas, perfilando un horizonte aún más inestable. Pues, aun cuando nieguen su existencia, las tensiones del mundo moderno seguirán estando ahí; los independentistas se las llevarán con ellos, más allá del Ebro o del Jordán.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).

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