Lo que las monjas me enseñaron

Me eduqué en un colegio de monjas. Y siempre estaré agradecida por todo lo que allí aprendí. Las hermanas del Colegio Santa Ana fueron para mi una familia en la que aprendí algo fundamental que me acompañará siempre: los principios y los valores que toda persona debería tener.

No provengo de una familia especialmente practicante. Me educaron siempre en la libertad y, sobre todo, en el respeto. Y por eso también me acompañaron en la decisión que tomé cuando decidí estudiar en un instituto público y en una universidad pública. Pero a pesar de mi decisión, he podido tener la suerte de conocer de primera mano en qué consiste una educación cristiana, que respetaré siempre.

La fundadora de la congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana fue la catalana María Rafols Bruna. Conocí su historia en el colegio, la de una mujer entregada en cuerpo y alma a cuidar de los enfermos, a proteger a los más débiles, llegando incluso a interceder por ellos en procesos penales injustos. Ella misma fue condenada por “conspirar” contra la corona, aunque esta historia sería más propia para otro momento.

En mi colegio aprendí de qué va eso de la solidaridad, la autenticidad, el compromiso con la verdad y sobre todo, la humildad para saber ponerse al servicio de las causas más justas. Tuve la oportunidad de convivir con monjas que dedicaban su entrega a ayudar en Ruanda. Venían a visitarnos y a contarnos cómo era la vida allí y todo lo que podíamos hacer por ayudar. Desde nuestra casa, desde nuestras familias. Y yo, ya de pequeña, soñaba con la idea de hacerme monja, como ellas, y marcharme a las “misiones”. Después aprendí que no era necesario tener que hacerlo de ese modo, y fue cuando emprendí mi formación como cooperante internacional. Mis principios y convicciones no han cambiado, aunque es cierto que los “aparatos” del poder nunca me gustaron. Ni en la Iglesia ni en los partidos políticos. Otra cuestión es mantener y defender los principios y los valores que en ellos se supone defienden.

Hoy me defino entre el agnosticismo y el ateísmo. Le sigo dando vueltas a las ideas que nos trascienden. Sobre todo después de ser madre. No soy devota, ni me gustan los mamoneos del poder, sea éste el que sea. Me gusta la entrega a las causas que considero justas, la defensa de los humildes, de los débiles, de los que injustamente son silenciados, machacados y maltratados. Busco de manera incansable el lugar y la manera para que la verdad se escuche, para que la injusticia se conozca y pueda combatirse. Desde la cooperación en su día, desde la política después, desde el periodismo y la creación de opinión pública en este momento. No sé si todos los esfuerzos tendrán algún día respuesta, que no es otra que conseguir que el mundo sea más justo, más humano, más decente. Pero no dejaremos de intentarlo.

Leía hoy esta carta de un sacerdote. Y no podía dejar de agradecerle sus palabras, su enorme dignidad. El hecho de poner en su lugar a quienes manosean y destrozan las nobles creencias. Es triste y lamentable que quienes nos gobiernan carezcan del más mínimo rigor, del más mínimo respeto por cuestiones tan relevantes. Defender la paz, la justicia social, la verdad y el amor no cabe entre rifles e himnos que veneran la muerte. No. Lo que me enseñaron las Hermanas de Santa Ana no era así. Y por eso las tengo tanto cariño después de treinta años. Ellas, junto a mi familia, me enseñaron a hacer todo por amor. Y gracias a su educación (no adoctrinamiento) he podido ser libre en la vida para elegir, y precisamente quedarme con eso: entendí que la religión, sea la que sea, trata de enseñarnos a amar. Y que puedes llamarlo como quieras, pero en definitiva, creer en unos valores y principios que trascienden al individuo, son la base de la convivencia.

Este gobierno, como bien señala el sacerdote en su carta abierta, destroza todo lo que cualquier religión trata de predicar. Pisotea el amor al prójimo, la paz, la verdad y la justicia. Lo hacen cada día. Y además, tratan de aparentar ser más papistas que el papa dándose goles de pecho, besando estatuas, y dándole medallas a vírgenes. No sé si su blasfemia (según el sacerdote) tiene cabida para entenderse desde algún lugar que no sea el mero interés, oportunismo y una ignorancia supina. Pero lo que sí sé es que ni valores cristianos ni ciudadanos. Nada de nada. Generadores de mentiras, de injusticias y de odio. Manipuladores de la realidad a través de la que condenan con sus corruptelas a cientos de miles de personas inocentes: que sufren y padecen la mediocridad de nuestros dirigentes. No sólo como gestores, que también, sino como seres humanos.

Estos días en los que tantos saldrán a caminar detrás de cristos y vírgenes, son buenos momentos para analizar a qué están jugando. Dónde han quedado los verdaderos principios que a mí me enseñaron las monjas y por dónde se pasan estas gentes tan devotas lo realmente importante de esa fe que dicen abrazar.

Más educación, más sanidad, más derechos y más justicia. Y por supuesto, más conexión con el verdadero mensaje de su religión. De amor se trataba. A ver si se dan cuenta de una vez: lo que ustedes producen es lo más lejano a este profundo y honesto sentimiento. Les recomiendo entregar parte de su tiempo a visitar algún lugar muy lejano, desnudos de millones y de avaricia: váyanse a cooperar allí donde van las monjas y los sacerdotes. Quédense allí un tiempo, señores y señoras del gobierno y aprendan, aprendan de lo que significa trabajar por y para los demás.

Y después, ya verán ustedes como entienden el verdadero destrozo que están ocasionando. Se lo digo desde el respeto, desde la creencia en los valores que unas monjas me enseñaron y que hoy, sin ser devota ni discípula de religión alguna, defiendo con todo el amor del mundo lo que ellas me enseñaron.

Beatriz Talegón

Abogada.

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