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Actualizado 1:04 PM CET, Nov 23, 2017
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¡El obrero!

¿El obrero? ¿Un diario digital que se llama “El obrero”? Sí, el obrero, o sea el trabajador, treballador, trabalhador, traballador, obrer, worker, arbeiter, ouvrier, operaio, langilea, “currante” o “currelante”, como cantaba Carlos Cano en una célebre murga, en la que quería obsequiar a los caciques con un pico y una pala para ponerlos a “currelar”.

Pero, ¿cómo puede editarse un periódico que se llame “El obrero”, en la España posmoderna? Si parece un nombre del siglo XIX o como mucho de la primera mitad del XX. Como publicación evoca la época de la prensa clandestina, las huelgas contra la dictadura, las luchas de los trabajadores aún de más atrás; las internacionales obreras…

En la España mariana que ha superado la crisis -Rajoy dixit- y que está llena –dicen los suyos- de oportunidades para los emprendedores, ¿puede tener cabida un diario que se llame “El obrero”?

Hoy nadie habla de obreros; los políticos más radicales hablan de la clase media, pero de los obreros nadie habla, quizá ¿porque ya no existen? Si todo viene de China…, pero que China sea la fábrica del mundo no elimina los obreros de otras latitudes. Con la expansión del capitalismo a escala planetaria, los obreros no han desaparecido del mundo, al contrario, ni tampoco de España.

En medio de la ola de neoliberalismo que nos invade y de sus aparentemente incuestionables verdades, como el carácter científico de la economía y como ser la única forma de gobernar el planeta, la presunta racionalidad del “homo economicus”, la competencia en todas los niveles como medio y el éxito personal, medido en dinero, fama o poder, o mejor las tres cosas, como meta, la exaltación del individuo insolidario, la defensa de lo privado y excluyente y el desprecio de lo público y compartido, el exagerado tamaño del Estado mínimo y las ventajas del mercado máximo y el culto a los empresarios como únicos creadores de riqueza, el nombre de “El obrero” viene a incomodar, pues evoca situaciones injustas, desigualdad, propuestas colectivas, clases sociales y, al fin, el viejo y persistente conflicto entre el capital y el trabajo -¡maldito Marx!, que no acaba de morir-, la tensión entre los intereses patronales y las necesidades sociales y la pugna, siempre presente, entre salarios y beneficios. O sea, algo de mal gusto; una grosería que viene a desmentir el mantra de que todos estamos unidos por un interés común, que es producir riqueza por el bien del país, pero sin atender a cómo se produce ni cómo se reparte, ni a la renta de cada cual y a las condiciones en que la percibe.

El trabajo rudo, el empeño físico, el trabajo manual, ingrato, peligroso, la obligación rutinaria y alienante, la sujeción disciplinaria a la máquina, al ritmo establecido, a la productividad prescrita no han desaparecido, ni tampoco los contratos leoninos, las largas jornadas, los bajos salarios y los obreros parados. Esos son los rasgos del proletariado de hoy día, de los proletarios sin prole, porque, a pesar de tener un gobierno católico, que dice defender a la familia, España es un país disuasorio para tener y criar hijos. Eso y el color de la piel, porque el proletariado moderno, también en España, es multicolor. No hay negros, mulatos ni mestizos en los círculos directivos de la economía y las finanzas, ni en los consejos de administración de las empresas del Ibex 35. Mujeres hay pocas -se quejan con razón-, pero ningún hombre que no sea blanco (y rico). La acogida, la integración, la fusión racial, social y cultural se hace por abajo, por la base de la sociedad, trabajando y compartiendo fatigas, no cobrando dividendos. A eso añádase la proletarización de las profesiones, la general salarización, y veremos que todo, absolutamente todo, está producido, generado, creado por trabajadores, por obreros, por asalariados en un proceso creciente.

Por eso, sacar a la luz sus condiciones de vida y trabajo, sus necesidades y sus aspiraciones es una labor que parece pasada de moda pero hoy absolutamente necesaria, si se quiere dar a conocer cómo es este país y entender un poco mejor cómo anda el mundo. Larga vida a “El obrero”.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).

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