España: cuestionemos lo inmutable

Es muy probable que usted no haya estado jamás en Venezuela, pero sin lugar a dudas, le vienen muchas ideas a la cabeza al leer esa palabra. Piense de dónde han venido esas ideas. Haga el esfuerzo y el ejercicio de saberlo. Sí, usted tiene una cantidad inimaginable de ideas en su cabeza que no son fruto de su experiencia, sino del interés de personas que usted ni conoce, ni se imagina que existen. Y no, esto no es una “teoría de la conspiración”: es tan cierto como que para vivir necesitamos respirar. Estamos mucho más analizados de lo que nos pensamos; hay personas que trabajan, precisamente, para saber de qué manera es preciso “bombardearnos” con mensajes para que generen en nosotros una reacción inmediata. La manipulación de las masas es una de las claves fundamentales para cualquier sujeto que quiera ostentar o participar de alguna manera del poder. Pero de esto ya se ha escrito, por expertos que conocen muchísimo mejor que yo de qué se trata; le invito a buscar información. Sobre todo, para ir empezando, le recomiendo expresamente que vea el documental “La Doctrina del Shock”, basado en el libro del mismo nombre, de la autora Naomi Klein.

La verdad, en realidad, resulta difícil de encontrar. Y desde luego, no es la que encontramos en los medios de comunicación masivos que tenemos a nuestro alcance. Es duro romper con ciertas ideas, pues generan inseguridad, y cuestionarnos todo lo que tenemos ante nosotros puede en algunos casos llevarnos a un nivel de preocupación que pudiera resultar insoportable.

En España estamos siendo objeto de una brutal manipulación. Alarmante y al mismo tiempo dolorosa. Es tremendo poder comprobar la cantidad de mentiras que consumimos sin querer, la poca -o nula- fiabilidad de la información que nos dan como cierta, y las consecuencias que esto genera en los comportamientos de la sociedad. Sí, porque toda la manipulación está orientada a obtener objetivos: que consumamos, que gastemos, que realicemos inversiones, que votemos a un partido o que directamente, algo no exista. Se generan filias y fobias.

Klein habla de Milton Friedman: de cómo a través de una crisis económica, se pretendía generar un estado de shock en la sociedad, que propiciaría una mayor aceptación a un capitalismo mucho más puro y sin controles. Sin saberlo, estamos siendo objeto de múltiples “shocks”. La “estafa de la crisis económica” sin duda, ha sido muestra de ello. Pero el asunto catalán, también resulta serlo.

Haga un ejercicio, simplemente para comprobar: ¿por qué resulta casi sagrada la unidad de España? ¿por qué prácticamente todo el mundo tiende a pensar que la unidad indisoluble del país, o sea, centralismo en cuestiones de gestión gubernamental -competencias, financiación- es más positivo que la dotación de mayor competencia a los territorios? Me pregunto por qué algunos defienden la unidad de España como si se tratara de la unidad de los miembros de su propio cuerpo. Y es que, en definitiva, nos han ido inoculando una serie de ideas, que bien pensadas, deberían tener la posibilidad de ser, al menos, cuestionables. ¿Cómo es posible que en una democracia no podamos cuestionarlo absolutamente todo, en términos pacíficos?

¿Cómo es posible que hayamos asumido determinados conceptos como intocables y pretendamos ser una democracia? Una sociedad con tabúes no es una sociedad libre, ni transparente, ni democrática.

Una sociedad que se autocensura, de forma automática, termina siendo un freno en sí misma, fomentado desigualdades, injusticias y lo que es peor, inhabilitando cauces de respuesta ante ellas.

¿Es la monarquía otro de estos planteamientos incuestionables? Parece que si. Porque la respuesta más habitual que encontrarán cuando le pregunten a los principales partidos políticos suele ser la de “ahora no toca plantearse esto, hay cosas más importantes”. Otra vez, con otra excusa, el tabú.

Sinceramente, ¿no es posible plantearse que podríamos gestionar nuestros intereses de una manera mejor, más eficaz y más eficiente? ¿No debería servirle a todos los territorios de España el ejemplo de los soberanistas catalanes para tomar buena nota y plantearnos si no ha llegado el momento de asumir una mayor responsabilidad a nivel territorial, haciendo mucho más ágil la adopción de medidas tendentes a mejorar la vida de los ciudadanos? ¿Por qué nadie habla de una apuesta por un modelo territorial mucho más dinámico, flexible y acorde con la realidad social de nuestro momento? ¿No sería mucho más ágil permitir que lo que hoy son los gobiernos regionales pudieran dotarse de mayores atribuciones, al igual que la ciudadanía de una mayor posibilidad de participación de las decisiones de aquellos?

España necesita regenerarse. Necesita apostar por el potencial de todos sus territorios, y esto pasa, sencillamente, por darles una mayor autonomía, mayor libertad y mayor capacidad de respuesta ante las necesidades, tan diferentes de sus ciudadanos. Resulta cada vez más absurdo, en un mundo globalizado, que la toma de decisiones deba subir tantos peldaños para encontrar una respuesta. Y además, la corrupción que resulta haber inundado todas las instancias requiere también hacer una reflexión profunda al respecto: ¿no será más fácil cortar por lo sano con la corrupción cuanto más corto sea el camino entre gobernantes y gobernados, entre contribuyentes y gestores?

Ha llegado el momento de llamar a una reflexión colectiva: asumir de una vez por todas que nos encontramos paralizados y, lo que es más grave, con la mentalidad atrofiada y el ánimo desactivado para plantear alternativas y respuestas que ofrezcan un lugar mejor para vivir. Este sistema no da más de si.

Una sociedad que realmente pueda participar de las políticas, una gestión dinámica y eficaz que pueda resolver las necesidades de la población de manera casi inmediata está al alcance de nuestras manos gracias a las nuevas tecnologías. Es absurdo y anacrónico pretender mantener todo inamovible: las estructuras, las maneras de tomar decisiones y los tiempos para desarrollarlas. Porque la realidad es muy distinta hoy a lo que era hace ochenta años, hace cuarenta y hace diez. Y la brecha entre el sistema en el que vivimos en España a día de hoy y las necesidades de la población actual es prácticamente insalvable.

Pregúntese por un momento: ¿es usted consciente de lo bien que podría vivir en este país y de las razones que lo impiden? Va llegando el momento de que investiguemos y pensemos en todo lo que nos gustaría tener y planteemos mejoras que nos beneficien a todos lo antes posible.

Apostar por un nuevo modelo territorial, por un nuevo sistema de gobierno es un análisis que nos toca abordar. De manera urgente. El primer paso es comenzar a dudar absolutamente de todo, y sobre todo, de lo que nos están planteando como inmutable. ¿Se atreve?

Media

Abogada.