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Veinte años del Espíritu de Ermua


La muerte de Miguel Ángel Blanco hace veinte años fue la última demostración de que no cabían más equidistancias ante la barbarie terrorista. Todos los españoles mayores de treinta años recordamos las 48 desgarradoras horas que la banda asesina ETA nos obligó a vivir antes de acabar con la vida del joven concejal de Ermua. Los terroristas llevaban ya más de tres décadas robando la vida a sus inocentes víctimas, pero tuvo que suceder el horror de aquella muerte anunciada para que, por fin, la unidad de todos los españoles frente a la violencia quebrara el entorno etarra y la propia integridad de la banda. Las enormes, casi unánimes, movilizaciones ciudadanas para defender la vida del joven Miguel Ángel, primero, y para condenar su muerte, solo unas horas después, supusieron un antes y un después en la lucha contra ETA, y, posiblemente, aquel funesto fin de semana la organización asesina firmó el fin de una historia que se definió liberadora en su origen y solo dejó dolor y muerte.

Aquel punto de inflexión se conoció como el Espíritu de Ermua, y vigente veinte años después, sigue siendo el gran legado político de aquel joven que tuvo el valor de ser concejal de un partido nacional en años de plomo. Los homenajes que se le dispensan estos días en toda España están por ello más que justificados. Para su desgracia y la de su familia, en Miguel Ángel Blanco se concentra todo el sufrimiento causado por la violencia etarra a todas las víctimas, y hay algo mezquino en no reconocer este extremo con la excusa de no querer personalizar el consenso frente al terror en una sola.

Mezquindad que no está reñida con la permanente utilización abusiva de las víctimas perpetrada, desde los años noventa, por el Partido Popular. Aún causa vergüenza recordar el uso torticero y partidista que los populares hicieron del homenaje que se le rindió entonces a Blanco en la Plaza de Toros de Madrid. Y mejor no recordar la gestión de Aznar en sus últimos días antes de las elecciones del año 2004. El PP sigue sin reconocer que muchas veces fue más un obstáculo que un aliado en la lucha antiterrorista, y bien lo saben el ex Lehendakari Patxi López y el Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que sufrieron una enorme soledad cuando desde sus respectivos gobiernos socialistas se incrementaba la lucha contra ETA, se acorralaba a la banda, y se propiciaba el añorado fin de la violencia.

España vive hoy sin el miedo a ETA, y todos y cada uno de los españoles somos partícipes de aquella derrota. Es necesario reconocer los hitos que la hicieron posible. A Miguel Ángel le seguiremos llorando siempre. El Espíritu de Ermua y la unidad inequívoca frente a la violencia terrorista, es, como apuntábamos antes, el gran legado político del joven concejal vasco. Eso siempre habrá que celebrarlo, como entonces, desde la unidad de todas las fuerzas políticas. Porque esa unidad es el mejor homenaje a todas las víctimas del terrorismo.

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