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El Centro Europeo de enfermedades y la transición a la normalidad


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La pandemia de la covid19 es sin lugar a dudas una enfermedad transmisible de origen vírico de alcance mundial, pero se trata sobre todo de un proceso social que requiere de decisiones politicas. Porque lo que no se ha destacado suficientemente en esta pandemia es la vital importancia de las decisiones políticas en un contexto de incertidumbre y con tan importantes y tan graves conflictos de intereses en juego. Muy por el contrario, la imagen devaluada de la política, debido al rastro de la primacía de la economía y la corrupción, ha sido protagonizada por los representantes de la distopía populista.

Sin embargo han sido importantes las valoraciones de los expertos en ciencias biológicas, pero en mucha menor medida los de las ciencias sociales, hasta ahora en un segundo plano, todo ello para contribuir a conocer la situación y las perspectivas de una nueva y cambiante pandemia que además se da en un contexto de incertidumbre.

Una incertidumbre que afecta a la evolución del virus en la población humana, en que los riesgos, las patologías previas y los determinantes sociales no son para nada homogéneos. De hecho, la pandemia no es para todos igual, sino que la trasmisión de la pandemia, como hemos visto, ha ido según clases sociales, barrios y géneros, como también la distribución de los riesgos y las patologías que favorecen el agravamiento y la letalidad de la pandemia.

Sin embargo, las medidas de protección social adoptadas por los gobiernos europeos y entre ellos por el gobierno español, frente a la pandemia y sus consecuencias sanitarias y sociales, a pesar de una potencia y extensión sin precedentes, como la subida del salario mínimo, los ERTEs o el ingreso mínimo vital y los distintos fondos contra la pobreza infantil, habitacional y energética, y ahora los fondos europeos de reconstrucción, no han podido evitar sus efectos discriminatorios.

Recientemente los informes de Intermon oxfam y Cáritas muestran como en España y a nivel global la pandemia ha afectado sobre todo a los más pobres y a los trabajos más irregulares y frágiles, agravando su situación y aumentando aún más el volumen de la pobreza severa, y como por el contrario ha favorecido la acumulación de riqueza de los denominados superricos. De nuevo la socialización de pérdidas y la privatización de las ganancias, tan propias del sistema capitalista. Esta sexta ola está siendo diferente a las anteriores por la alta vacunación y por la nueva variante, y en consecuencia sus secuelas sanitarias y sociolaborales también lo son. Por su mayor incidencia y por su menor gravedad ha desbordado el sistema de vigilancia basado en el rastreo, ha aumentado la presión sobre todo en la atención primaria y ha provocado un fuerte incremento el número de bajas laborales con consecuencias también sobre las dificultades de conciliación.

Pero además la pandemia y la estrategia han cambiado, porque la percepción social también ha cambiado. Hace semanas que con la vacunación generalizada y la explosión de casos hemos pasado del cansancio pandémico a una suerte de sensación cada vez más generalizada de convivencia con el virus, aunque sea en medio de la incertidumbre. Estamos ya en una insegura y frágil normalidad.

En consecuencia, los gobiernos han relajado las restricciones, como mucho al ocio nocturno y los horarios de hostelería y las condiciones de ventilación en la mayoría de las CCAA, así como los requisitos de aislamiento y cuarentenas con la vuelta de las clases, y al mismo tiempo el gobierno central ha anunciado el estudio de un nuevo sistema de vigilancia para el fin de la pandemia.

La reacción inmediata ha sido volver al debate maniqueo. Los mismos que reprochaban las restricciones en aras de la actividad económica, ahora la rechazan como precipitada e irresponsable y vuelven a criticar abandono de las CCAA a su suerte, como si éstas no hubieran formado parte de la decisión.

Ahora, ha tenido que ser el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, el que ha decidido cambiar de un sistema de vigilancia por países a otro de tipo personal, además en pleno pico de la sexta ola de la pandemia.

Frente a todo ello habrá quien siga profetizando catástrofes con la bandera de la vuelta a confinamientos y restricciones imposibles. Otros aprovecharán las contradicciones y rectificaciones de la salida de la pandemia para agitar la manida ley de pandemias de forma oportunista. Lo esencial, sin embargo, es generalizar de una vez la vacuna a los países empobrecidos y en particular al continente africano, y al tiempo fortalecer la atención primaria y la educación pública, ahora desbordadas.

Aunque también es la hora de explicitar de una vez los pasos para una Nueva Estrategia de Transición a la normalidad o a la endemia. A una frágil e insegura normalidad.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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