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¿Gripalizar o covidizar?, de nuevo los maniqueos en pandemia


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Con el crecimiento explosivo de esta sexta ola, pero de consecuencias menos graves en cuanto a ingresos en UCI y mortalidad que las olas anteriores, gracias a la masiva vacunación y la menor gravedad de la nueva variante Ómicron, el gobierno ha adoptado diversas medidas para suavizar los aislamientos y cuarentenas, en particular de los vacunados, y más recientemente ha iniciado el estudio de los cambios necesarios en el sistema actual de vigilancia y alerta para en su momento asimilarla a la de una epidemia estacional como la gripe.

Porque lo reconozcamos públicamente o no estamos en un momento de transición entre la estrategia de control de la pandemia y la adecuada para el momento de la endemia, y lo estamos por la evolución de la pandemia también como proceso social en que están cambiando aceleradamente las condiciones económicas, sociales e incluso psicológicas, después casi de dos años desde el inicio de la pandemia en España.

La política tiene la obligación de tenerlo en cuenta y preparar la estrategia de salud pública y sanitaria para un futuro en ausencia de la pandemia, pero sobre todo debe ser capaz de elaborar y consensuar una estrategia de transición, para luego explicarla y compartirla con a la ciudadanía y evitando las contradicciones y con ello la polarización, la confusión y el desánimo.

Preparar el futuro como una endemia de consecuencias asumibles no debe ser contradictorio con gestionar el presente de la pandemia con rigor y con flexibilidad. Los futuros sistemas de vigilancia y alerta deben ser compatibles con las medidas para proteger hoy a los más vulnerables y con el refuerzo de la atención primaria ante la avalancha de Ómicron y de la gripe estacional. Se trata de combinar la responsabilidad de los poderes públicos y de los ciudadanos, junto a la solidaridad de todos con la inmensa mayoría de la población de los países empobrecidos con la esperanza de un final próximo en un momento de incertidumbre.

Sin embargo, de nuevo la imagen ha ocultado el contenido y hemos vuelto a recaer en el debate maniqueo, ésta vez entre la supuesta gripalización de la pandemia o en sentido contrario de la covidización de la gripe estacional. Entre la relajación futura de las medidas y la respuesta a la explosión de contagios en que nos encontramos. Y al igual que hace unos días ocurrió con las mascarillas, nos lanzamos a resaltar de nuevo la contradicción entre el gobierno y los denominados expertos. Como si éstas medidas no hubiera sido una propuesta y una exigencia también de parte de los gobiernos autonómicos de todos los colores y no hubieran sido recomendadas o consultadas con sus respectivos grupos de expertos, que tanto en el ministerio de sanidad como en las consejerías están compuestos de técnicos y profesionales de epidemiología, salud pública, bioética y atención sanitaria. Porque la ponencia de alertas, la comisión de vacunas y las comisiones de salud pública a los distintos niveles son también grupos de expertos. Pero además en democracia asesoran los expertos y decide la política y los gobiernos conciliando intereses contradictorios y a veces contrapuestos. Sin embargo, todavía a estas alturas de la pandemia, se sigue oyendo a unos expertos más que a otros y seguimos por tanto con una visión parcial de la pandemia. Se oye a los llamados independientes más que a los funcionarios y a los de las ciencias biológicas y la clínica más que a la medicina comunitaria y a las ciencias sociales, y sin embargo todos son necesarios para afrontar las distintas vertientes de una pandemia. Por otro lado, lejos de buscar la explicación de las distintas medidas en su contexto, como por ejemplo con las mascarillas en exteriores como un sucedáneo de las medidas restrictivas que no se han querido tomar por parte de unas CCAA y que sin embargo otras se han visto obligadas a adoptar a pesar de su impopularidad, las convertimos de nuevo en ariete para la polarización y para el descrédito de la política.

También resulta preocupante que por parte de los mismos medios de comunicación que muestran las graves consecuencias económicas de las restricciones, se diga al mismo tiempo que no se han tomado medidas proporcionadas de limitación de la trasmisión en esta nueva fase, mientras hay CCAA que tienen cerrado el ocio nocturno y limitados los horarios en la hostelería, cuando no declarado el toque de queda nocturno como en Cataluña. Se critica injustamente por una cosa y por su contrario: por autoritarismo y por abandono, por llegar tarde y cerrarlo todo como por abrir demasiado y de forma precipitada.

Otros debates importantes quedan sin embargo ocultos, como el de las desigualdades sociales en salud en esta fase de la pandemia. Hacia dentro con los test de antígenos, las bajas laborales y el colapso de la atención primaria. De facto, unos porque responde a su modelo, y otros, porque se ven suerados se puede producir un retroceso hacia la privatización del diagnóstico. Hacia fuera con respecto al aplazado acceso a la vacunación en el tercer mundo.

En definitiva, ni en el negacionismo ni tampoco en el dogmatismo tecnocrático está la salida. Porque el primero cierra los ojos a la realidad social y al conocimiento científico y porque el segundo se olvida que la pandemia es un proceso social contradictorio y que por tanto no tiene soluciones de laboratorio ni indiscutibles. Ni en volver atrás a lo más crudo de la pandemia ni ignorando las consecuencias sobre el sistema sanitario, la salud mental y la economía. Se requieren medidas proporcionadas y asumibles por la inmensa mayoría que ha demostrado sobradamente que actúa con responsabilidad y con esperanza.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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