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EL PERIÓDICO
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¿A dónde van las derechas?


Intentemos demostrar ayer, propósito harto difícil de conseguir, cómo por desgracia o por suerte, no hay controversia posible con las derechas. Con las derechas españolas, se entiende, que suelen diferenciarse algo de las de otros países. Recordamos que las moviliza contra la República una fuerza dictatorial que llevan disuelta en la sangre desde que se habituaron al monólogo político, o sea ala. dictadura, más o menos encubierta, de los suyos. A estas alturas no es tarea fácil la de educar a las derechas en el sentimiento de la democracia burguesa, que por ser de ellas debiera recibir de aquel sector una adhesión más calurosa que de otros, aunque a todos beneficie el régimen de libertad política. Pero no soñemos. Las derechas españolas rectificarían su historia y su tradición si se condujeran de otro modo. Son ya demasiado adultas. Y les pasa lo que a los mayores que hicieron su capricho de niños y fueron despotillas y voluntariosos. De pequeño se endereza el árbol.

¿Quién carga ahora con la labor sobrehumana de despojar a las derechas de costumbres hondamente enraizadas en ellas y que pugnan fuertemente con el medio político creado por la República? No hay nadie capaz de arrogarse ese 'trabajo, demasiado duro, demasiado ingrato. Del campo contrario han partido algunas voces autorizadas y han señalado a nuestros reaccionarios cuál es su deber. En las propias filas de las derechas, al principio, sonaron admoniciones y consejos de hombres de buena voluntad. De todas partes, en fin, han sido invitadas las derechas a cambiar de postura. Indudablemente, ha habido momentos en que parecía dar resultado el consejo amigo y la advertencia enemiga. Se esperaba una modificación de actitud. Las derechas, en su mayoría, venía a decirse, se incorporan a la República. Reconocen el régimen. Combaten al Gobierno, pero no desprecian un estado de cosas originado par decisión espontánea e incoercible del pueblo. Ilusiones. No en balde son estas derechas un frondoso vestigio del oscurantismo medieval. Inmutables, cerradas herméticamente, no a las nuevas ideas, sino a las del siglo XVIII, las derechas españolas continúan anotándose del sufragio universal, del Parlamento, de la República y de los Gobiernos que se apoyan en el sistema democrático. Es que no sienten, como decíamos ayer, nada que no sea la autocracia. Ahora bien: siempre que sean ellos los que la ejerzan. Por lo tanto, enfrentarse con esos focos de reacción blandiendo razonamientos pacienzudos, esgrimiendo la lógica más elemental con el fin de captarlos y conducirlos por los caminos más convenientes para das mismas derechas, es una tarea puritana que no ha dado ni dará resultado. Reseñemos que algunas cabezas dirigentes del conservatismo quisieran haber cambiado el modo de pensar de nuestros reaccionarios, y después de haberlo ensayado sin éxito se han incrustado, previsores, en el cuerpo de la reacción estulta, pétrea, impenetrable a los rumbos que exige la hora. Pronto cumplirá dos años lo República. Se demostrará que es inmortal. Amenazará la muchedumbre, allí donde se encuentre, con ese gesto, ya clásico:

¡Ay de quien ponga la mano sobre la República! ¿Y que? Veremos a las derechas maniobrar torpemente, desafiar a la opinión y a Gobierno, y pelear, si no por la vuelta de la monarquía, al menos por la muerte de la democracia republicana. Conocemos bien a nuestros clericales y a nuestros capitalistas y a nuestros monárquicos. Su ceguera espiritual, más absoluta que la de aquellos que jamás vieron la luz, les incitará a nuevas aventuras. Caerán sobre la reacción las iras de las masas y el severo juicio de la Historia. Pero las derechas españolas persistirán, tenaces y soberbias, en su loca actitud. A su autocratismo congénito únase el desconcierto que les ha producido la gallardía con que ha nacido y promete vivir el régimen republicano. La inconsciencia ha hecho presa en ellas con vigor insólito. He ahí un defecto que amenaza con la cronicidad. Plumas mojadas en la turbia tinta del sofisma se das apañarán para demostrarnos que lo que parece desvarío es nada menos que la razón aliada con la clarividencia. Así ¿hasta cuándo? Ya han conectado entre sí los periódicos plutocráticos que forman el trío fastuoso del cinismo y la escolástica. Léase reacción desaforada, increíble, fernandina. El «A B C», «El Debate» y «La Nación» se tienden los cables a la vista del público. ¡Cómo se hacen el amor! ¡Dios, reaparecido el «A B C», los ha juntado! Se lamentan de la únanla dominante. Pero al propio tiempo escriben tales cosas que la contradicción les priva de autoridad. ¡Adelante! Contra el Gobierno y contra la República. Esa es la consigna. El resumen de “un hombre, un ladrillo», como ellos hablan, quieren sustituirlo por el de un hombre, una marioneta, un despojado de derechos, un sometido a la voluntad, por ejemplo, de algún «gran español como el marqués de Estella».

Mentiríamos si dijéramos que no nos preocupa la posición de las derechas. ¿Y de qué modo nos preocupa? En las urnas no las tememos. Tampoco las tememos en la calle. Pero enemigos de la violencia inútil y de la distracción de la energía, lamentaríamos que se repitieran ciertos hechos que llevan su condenación en su falta absoluta de sentido. La prensa reaccionaria nada tiene que rectificar hoy, por lo visto, de cuanto proclamó y defendió antes del 10 de agosto. Advertimos el mismo lenguaje, la misma desenfrenada injusticia de que se hizo objeto entonces al Gobierno y al régimen. Todo ello, en el fondo, no es sino excitación a la rebelión. No se olvide que al amparo de sofismas, hipérboles y protestas tan irrespetuosas como carentes de fundamento se fraguó, mediante la sugestión anhelada por los irresponsables, la desgraciada sublevación del verano último. a camino que nuevamente siguen los periódicos de derecha no puede desembocar en consecuencias menos desafortunadas. Midan las derechas el alcance de su proceder. Examinen el terreno que pisan y el que pueden hacer pisar, despistándolos, e sus lectores. Pues otro 10 de agosto acaso impidiera al Gobierno determinar las dimensiones de la represión.”

(El Socialista, número 7433 de 2 de diciembre de 1932).