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EL PERIÓDICO
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La semana de treinta horas


  • Escrito por Léon Blum
  • Publicado en Déjà Vu

En estos días estamos reflexionando sobre la jornada laboral:

Sigamos registrando testimonios favorables a la disminución de la semana de trabajo. El 2 de enero publicaron los periódicos un despacho enviado desde Nueva York a la agencia Hay as, que decía así:

«Acaba de aparecer el informe del Comité especial de estudios creado por Mr. Hoover. Dicho documento, cuyo tono es bastante pesimista, subraya la necesidad de modificar incluso la estructura de la organización nacional Recomienda un. aumento da poder adquisitivo de ¡as masas y la toma en consideración de una semana de trabajo de cinco días de seis horas con objeto de asegurar un reparto mejor de la mano de obra.»

Seguramente se darán detalles más amplios, porque el asunto lo merece. Un análisis llevado más lejos nos enseñará, por ejemplo, lo que los informadores oficiales entienden precisamente cuando hablan de «modificar incluso la estructura de la organización social». Pero desde Luego hay que señalar dos puntos capitales. La confesión de dos comisionados oficiales del presidente Hoover viene a añadirse a la de Mr. Kessler.

La América oficial creyó durante mucho tiempo que para hacer frente a la crisis universal bastaba con sostener, costase lo que costase, el rendimiento del aparato productivo. La crisis es pasajera—decían los augures—; lo esencial es proporcionar a dos productores les medios de sortear el escollo y de resistir. Si carecen de capitales de reserva para trabajar con pérdida, ahí están los Bancos; si a los Bancos des faltan capitales, ahí está el Estado.»

Cífrense hoy en miles de millones de dólares los subsidios directos e indirectos del Estado norteamericano a la industria. Pero las aguas del diluvio no han bajado y aún no se ha presentado la paloma ante el arca. Los técnicos oficiales reconocen ya la falta cometida. No se trata de encontrar créditos para los productores: ninguna industria, ni aun subsidiada ni comanditadas puede trabajar reuniendo indefinidamente «stocks» invendidos; se trata de encontrar clientes; se trata, como afirmaba míster Kessler y como no hemos dejado de repetirlo, de aumentar la capacidad general de consumo y por consiguiente la capacidad general de compra. Al llamamiento de la demanda se animará la producción por sí misma; en este sentido, para ser eficaz, es como debe ejercerse la ayuda pública, el esfuerzo colectivo.

Pero no nos engañemos acerca de esto. Al formular la precedente conclusión, los técnicos norteamericanos alegan en falso contra el sistema de la seudoinflación, que tendería precisamente a reducir más aún la capacidad global de consumo y de compra. Y todavía dibujan más fuertemente su tesis—éste es el segundo punto que retener—cuando proponen la disminución de la semana legal de trabajo, no ya a cuarenta horas, sino a treinta.

Del telegrama de Nueva York no se desprende que los técnicos pretendan subordinar esta reforma decisiva a un acuerdo internacional, en do cual siguen siendo consecuentes consigo mismos. El objetivo primordial es, según ellos, acrecentar la masa de los medios de compra. Ahora bien, la disminución del tiempo legal de trabajo no tiene solamente por resultado. repartir entre un número mayor de partes la suma de trabajo disponible, sino acrecentar la masa de los medios de compra acrecentando la masa de los salarios.

Creo que puede afirmarse, sin pecar de temerario, la siguiente verdad, que no tiene sino da apariencia de una paradoja: el país que, sin esperar el acuerdo internacional, por vía de simple legislación interior, se decida el primero a reducir dentro de él la semana de trabajo con igual salario, no sólo no echará sobre sí una carga en la competencia, sino que se asegurará una ventaja. Modificará en provecho suyo la competencia. Quizá—cosa incierta todavía—el elemento salario de los precios de coste sufrirá una alza momentánea, pero en cambio, y por el hecho mismo del aumento de consumo, el elemento correspondiente a las cargas incomprensibles seré fuertemente rebajado porque dichas cargas—intereses del capital, entretenimiento y amortización del material, gastos generales de administración—serán divididos entre un número mayor de unidades producidas. La baja compensará el alza con creces. Al mismo tiempo que cerrará la herida del paro, el país resueltamente innovador se presentará en el mercado internacional con los precios de coste más ventajosos.

Tal es, si la he comprendido bien, da lección que se deduce del informe de los técnicos norteamericanos.”

(Fuente: El Socialista, número 7468, de 12 de enero de 1933)