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En recuerdo de Azaña, Cruz Salido y Zugazagoitia


  • Escrito por Carlos Montilla
  • Publicado en Déjà Vu

“Todos los años, desde hace ocho, al llegar los días primeros del mes actual, se dibuja con más fuertes trazos en mi espíritu el recuerdo, nunca borrado, de tres hombres, mis amigos, que murieron en la misma semana de noviembre del año 1940. El día 3 falleció Azaña en Montauban y en la madrugada del 9 arrancaron nuestros enemigos de mi lado a Julián Zugazagoitia y a Paco Cruz Salido para fusilarlos en Madrid.

No he sabido, desde mi salida de España y en plena libertad para exteriorizar esta memoria, resistir al impulso de hacerla pública. Tan vez hago mal en no reservarla para mí. Es posible, casi seguro, que el recato, la mesura, el resguardo cuidadoso de su intimidad personal y la aversión consiguiente a lo estentóreo y lo desaforado, tan característicos en Don Manuel Azaña, y el deseo expresado por Zuga y Cruz, cuando estaban en capilla, de que sus cadáveres no sirvieran nunca de banderín de propaganda, ni se utilizaran como medio para atizar las brasas de odios y rencores, los ofenda y hiera yo al querer repartir con otros, en voz alta, estas remembranzas tristes. Bien sabe Dios cómo no es esa mi intención; puedo asegurar que es justamente la contraria.

Sin embargo y a pesar de proponerme, al traer su recuerdo, alcanzar solo fines de concordia, como sé, al mismo tiempo, que “el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, así en lo que se dice como en la manera cómo se dice”, tenía decidido este año, con criterio de prudencia, abstenerme de escribir nada en recuerdo y memoria de estos amigos muertos. Otros lo harían, y lo harán, no con más sincera y cordial emoción, pero sí con mejores dotes de temperamento y expresión para no ser excesivos y mantenerse dentro de lo comedido y discreto.

Un acontecimiento inesperado, cuya etapa final he tenido la feliz suerte de presenciar, ha venido a romper mi propósito de silencio. El suceso ha sido el desembarco en San Juan de Luz de varios guerrilleros asturianos con los cuales he hablado estos días y que quisieron les contase yo cómo fue la muerte de Zugazagoitia y Cruz Salido.

Hice el relato, y es para mi imposible dejar de relacionar lo de antaño con lo de ahora. Podría callarme, claro. La cosa es fácil. Ahora bien, ¿debo hacerlo? Yo creo que no. Hasta pienso si no sería cobardía poco digna silenciar el pensamiento y el sentir cuando uno y otro son perfectamente confesables y además pueden y deben servir para convencernos de errores y persuadirnos a una acción eficaz.

Este año, pues, creo que la casi coincidencia de las fechas de los aniversarios de aquellas muertes con el arribo a Francia de estos compatriotas, me permite, sin caer en el peligro apuntado y sin forzar nada, honrar la muerte de aquellos amigos, discurriendo alrededor de este último episodio de la contienda por la reconquista de España y hacer resaltar la absoluta identidad entre lo dicho a menudo por Azaña y con clara expresión repetido por Zuga y Cruz poco antes de morir y lo que en San Juan de Luz oí a los recién llegados luchadores republicanos.

Después de haberles referido yo la muere de sus antiguos compañeros, ellos nos contaron las peripecias de su vida de resistentes. Ya se irán conociendo en detalle los episodios de esta auténtica epopeya. En el último -su salida de allí-, cuando alguien lo escriba, destacará el perfil de un vasco, magnífico ejemplar humano, en el que ha encarnado el ánimo de aquellos otros paisanos suyos, y nuestros, que subieron por el Amazonas y recorrieron otras tierras de las Indias Occidentales. Este hombre, organizador de la empresa, forjado con el mismo material que hizo decir al poeta

Vizcaíno es el hierro que os encargo,

Corto en palabras pero en obras largo

solo supo, en respuesta a las de reconocimiento emocionado con las que uno de los libertados, en nombre de los demás, agradecía su gesto, afirmar que estaba dispuesto a repetirlo y, si hacía falta, a llevarlos, de nuevo, al sitio de donde los había sacado, para reanudar la pelea. En nuestro suelo, por fortuna, no está agotada la cantera de donde salieron Pedro de Ursua, Cristóbal de Mondragón, Lope de Aguirre, Martínez de Irala y tantos otros, ascendientes de este de hoy.

No voy ahora a referirme ni a la audaz aventura de este amigo, ni a las que los rescatados por él han vivido, durante más de once años, por las breñas de Asturias. Tampoco he de comentar cuando les oí la otra tarde. Quiero, precisamente, hacer constar lo que no les oí.

En todo lo que hablaron no hubo ni una palabra que significara odio o rencor, sentimientos inexistentes en hombres como éstos, enteros y cabales. Y téngase en cuenta que lo padecido por todos, en sus personas y familias, en nuestra tierra, explicaría, disculparla y hasta casi harta justo un deseo de venganza que ellos no sienten, ya que este afán, placer de grandes y poderosos, según dicen algunos, es más exactamente signo de mezquindad, cobardía y pequeñez, que no caben en hombres de su clase.

Sí hubo uno, curtido en las luchas sociales, bien duras en su tierra, que se mostró harto de palabras vanas, de discursos vacíos y de la falta absoluta de acciones eficaces. Estos dos puntos son los que me impresionaron sobre todos y más me interesa destacar: no sienten rencores y quieren la paz, y obras que son amores y no buenas razones.

En aquellos momentos, oyéndolos y sin decirlo, no pudo menos de unimismar lo que estos hombres piensan, sienten y dicen y lo que los otros, los tres muertos cuyo recuerdo evoco, pensaron, sintieron y dijeron antes de dejarnos. Esta coincidencia es la que importa. Ella es bien significativa y sería torpeza insigne no apreciarla en todo su valor.

¿No es hora ya de que el recuerdo de los unos y la presencia de los otros nos lleven a fijar conductas congruentes con las de ellos? Los muertos no han de pedirnos cuentas; los que vienen del interior de España sí pueden y deben exigirnos responsabilidades.

Buena ocasión es ésta, en recuerdo de los que ya no están con nosotros y para hacer honor a los que acaban de reunírsenos, para aprovecharla haciendo examen de conciencia. Nos sería a todos utilísimo y tal vez nos llevase a una inteligencia tan imprescindible, si no queremos que aquel recuerdo y esta presencia de ahora y oras que luego vendrán, nos llenen de vergüenza”

(Fuente: El Socialista, número 5438 de 11 de noviembre de 1948).

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