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La actitud agresiva de las derechas

  • Escrito por El Socialista
  • Publicado en Editoriales

“La revolución ha removido hondamente la conciencia nacional. Esta remoción profunda que se ha hecho en la conciencia del país ha despertado la natural inquietud alrededor de los problemas vivos que existían postergados en ei viejo régimen.

Una de las luchas más vivas, más apasionantes en el régimen Monárquico, era la clerical. La monarquía sostenía la Iglesia católica con los recursos del Estado para utilizarla como instrumento de apoyo; y la Iglesia, o los clericales, agradecidos al estipendio económico que se les daba, servía a las oligarquías monárquicas y a la burguesía., sirviéndose a la vez a sí misma. A veces ambos, poderes se enfrentaban y salía siempre vencido el Estado, que la monarquía sacrificaba en interés suyo. Así llegó la Iglesia a ejercer en todo el país un poder tan absoluto y despótico que hacía imposible la existencia a toda conciencia libre. Este poder absolutista se ejercía con más intensidad en la beneficencia y en la enseñanza. El médico y el maestro han estado siempre sometidos a la fiscalización inquisitorial del cura, del fraile, de la monja o de, una simple dama de Estropajosa. Los niños y los enfermos eran objeto de las más brutales profanaciones en sus conciencias. El niño que no estudiaba religión era amonestado, tildado de indeseable y basta expulsado de le escuela. Los enfermos que se negaban a practicar el culto religioso eran objeto de todas las coacciones morales, y cuando no se rendían, hasta de un trato desdeñoso y cruel. Las damas catequistas, cuando se lanzaban a hacer alguna obra de esas que llamaban de caridad, exigían al infeliz que recibía la dádiva mezquina un renunciamiento absoluto a la independencia de su conciencia. Si no se confesaban y comulgaban no se les socorría. De esta naturaleza es el humanismo y da generosidad de los clericales.

En el trabajo se le quitaba la colocación al obrero libre e independiente, y se creaban Sindicatos confesionales para dividir las fuerzas obreras y entregar a los trabajadores atados de pies y manos al despotismo del egoísmo cruel de la clase patronal; en el campo se empleaba quién era el labrador de conciencia rebelde y se le quitaba la tierra para sitiarle y someterle por hambre.

Y este uso excesivo y hasta abusivo de su poder ha creado el ambiente de exaltada hostilidad que hoy tienen en el país los elementos clericales. Esta reacción del pueblo contra el clericalismo es lógica y natural y aun podemos afirmar que no corresponde en vibración a la cantidad y calidad de los agravios recibidos. Es consecuencia del sentimentalismo romántico del liberalismo español. La reacción fue siempre salvaje, cruel, irrespetuosa con la conciencia del prójimo, inhumana; el liberalismo se distinguió siempre por las cualidades contrarias. Y esto, que está acreditado a través de nuestra historia, se está confirmando una vez más en el curso de la actuad revolución. Los clericales apoyaron decididamente la dictadura, que privó de sus libertades al pueblo" español, y la República les paga el agravio concediéndoles un amplio margen de libertad, no sólo para que propaguen y defiendan sus ideas, sino que hasta les consiente que injurien al régimen republicano y a sus hombres. Esta actitud agresiva de las derechas es intolerable y exige en los elementos republicanos una reacción vibrante para hacerlas fracasar en sus malévolos propósitos. La República, liberadora de la conciencia nacional, no puede, no debe por lo menos, dejarse influir y dominar por ninguna. Respeto para todos, privilegios para nadie. Sólo existe una religión merecedora de privilegios: la del trabajo.

El trabajo, que es la base de la libertad, de la felicidad y de la civilización. Sólo al trabajo creador debe la República protección. Nosotros, los socialistas, fuimos la vez víctimas de la monarquía, del clericalismo y de la burguesía. Esta funesta trinidad nos ha perseguido con crueldad. ¿Volverá a formarse en la República este mismo triunvirato para combatimos y perseguirnos? No sería difícil. En el campo, sobre todo, el capitalismo no repara en medios para defender sus privilegios y someter a su tiranía a los adversarios. Y el único adversario es el proletariado. Vale la pena, pues, que los trabajadores viven alerta y preparados para la defensa de sus derechos de sus intereses. Hay que tener en cuenta que la República actual no significa el triunfo del proletariado, sino colocarse en el camino que conduce al triunfo. Colaboramos en la obra que tuvo como consecuencia la proclamación de la República, y ahora en su consolidación, y mañana en su defensa; pero sin consentir confusiones perturbadoras de nuestras organizaciones y de nuestros ideales. Participar en el Gobierno no es disponer del Poder. Ni siquiera gobernando solos los socialistas en régimen burgués tiene la significación de que se dispone del Poder íntegramente para desarrollar un programa netamente socialista. La economía, que está en manos de nuestros enemigos, impide la libertad de movimientos necesaria para actuar.

Por eso necesitamos hacer fuertes, conscientes y disciplinadas nuestras organizaciones. En ellas reside la autenticidad de nuestro poder. Y para alcanzar este estado de conciencia de la masa obrera, de la clase media, hay que libertarla de los hondos prejuicios que la esclavizan.

Esta labor es pesada v difícil; pero hay que hacerla. Y nadie ha hará si no la hacemos nosotros, los socialistas, a quienes nos interesa. Trátese de redimir a nuestra clase, empeño de toda nuestra vida, y estamos obligados a continuar nuestra labor hasta llegar al final de nuestra obra.”

Fuente: El Socialista, viernes, 20 de noviembre de 1931.