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El día de las alabanzas


Decía mi abuelo, que era un hombre sabio, no porque hubiera estudiado mucho, que también, sino porque había pasado la Guerra Civil, la II Guerra Mundial en el frente ruso, la vuelta a España mutilado de guerra y una vida de trabajo, muchos trabajos para sacar una familia adelante en aquella España tan complicada del tardo franquismo: “líbreme dios del día de las alabanzas”.

Lo repetía siempre que, una vez fallecido alguien, en los medios de comunicación se precipitaban los panegíricos alabando cualquier andanza del muerto, aunque en vida, ese mismo medio de comunicación, no hubiera cejado ni un solo día en el empeño de hundir al máximo su carrera política, musical, deportiva, o lo que fuera menester.

Anoche, un tertuliano comentaba que “en España se enterraba muy bien”, haciendo referencia a lo mismo que ponía de manifiesto mi abuelo, la generosidad o la hipocresía que de todo hay, con que la opinión pública española reacciona ante la muerte de un personaje famoso, bien sea un banquero, un artista, un deportista, un político, o un banquero, como ha sido el reciente caso del suicidio de Blesa.

Lo cierto es que una muerte, y más si ocurre en tan trágicas circunstancias como que alguien esté tan triste o desesperado como para quitarse la vida, debe conmover a cualquier ciudadano de bien y, por tanto, nada justifica las muestras de alegría, las bromas crueles, el humor negro o las celebraciones que han podido leerse en las redes sociales.

Del mismo modo que no es menos cierto, que la muerte no nos redime de nuestros pecados, ni borra el historial delictivo o las malas acciones cometidas en vida.

Podemos y debemos condolernos por la muerte de un ser humano y acompañar en el sentimiento a sus familiares sin mostrarnos insensibles o crueles, porque eso es lo que nos diferencia como personas. Y, al mismo tiempo, podemos y debemos recordar quién fue y qué cosas hizo esa persona a lo largo de su trayectoria vital.

Si hablamos de Blesa, es innegable que fue uno de los máximos emisores de Preferentes en España. Una suerte de estafa cruel que se cebó, mayoritariamente, con nuestros mayores y que hizo que miles de ellos perdieran los ahorros de toda una vida de trabajo y sacrificio. Abuelos que murieron sin recuperar el dinero invertido, engañados por su Caja de toda la vida, con la pena y la vergüenza de haber sido humillados. Incluso algunos de ellos llegaron a suicidarse al comprobar que no les quedaba nada de aquello por lo que tanto habían luchado.

Si hablamos de Blesa, no podemos olvidar que se gastó, nada menos que 436.000€ con su tarjeta black de Caja Madrid. Él, que era abogado especialista en Derecho Tributario y que ocupó diversos cargos en el Ministerio de Hacienda, en su juicio afirmó que no sabía que la Caja no estaba realizando las preceptivas retenciones y abonándoselas al fisco, de ese claro pago en especie, que era una tarjeta de libre disposición. Y que además fue el responsable del pago de supuestos sobresueldos irregulares a la antigua cúpula de Caja Madrid.

No olvidemos que el rescate de Bankia, engendro resultante de la privatización de, entre otras, la Caja de Madrid, al frente de la cual estuvo Blesa desde 1996 al 2009, nos ha costado a los españoles 60.718 millones de euros. Y eso, en gran parte, es responsabilidad de Miguel Blesa, por lo que, lamentando profundamente su muerte, como la de cualquier ser humano, seguimos considerando deplorables las actuaciones delictivas e inmorales que realizó en su vida y el sufrimiento que causó a tantos inocentes, que la tierra le sea leve.

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