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EL PERIÓDICO
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Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.

Moira. La lenta y dura cotidianidad

En este mundo dantesco la actividad empieza muy temprano. Son necesarias de dos a tres horas de cola para recibir un trozo de pita. A veces, un croissant y un vaso de zumo industrial; a veces, un café. Es el desayuno, la primera comida del día, que se reparte sobre las 6 de la mañana. Pero el cuerpo necesita alimento y, total, no hay nada que hacer. Las horas están marcadas por la inacción. Deambular por entre las basuras que jalonan el campo, esquivando las ratas, es lo único que puede hacerse. También, sentarse en la entrada de las tiendas o sobre alguna piedra. Bancos no hay. Las sillas son un lujo y tampoco hay. Dispersos entre las hacinadas tiendas, viejos olivos que nadie cuida, que nadie poda. Y entre ellos, y con cuidado de no tropezar con alguna cuerda de las que se entrecruzan buscado un hueco donde amarrar porque espacio libre tampoco queda, corretean estos nuevos niños que sienten la vida como una guerra.

Espacios de solidaridad

Entre la pesadilla que es Moria, algunas organizaciones tratan de hacer algo más digna la vida de los refugiados. Son pequeñas organizaciones que tratan de crear espacios de convivencia, de normalidad dentro del caos. Son insuficientes, necesitan recursos, pueden ser cerradas si así lo considera la “ autoridad”… pero son referentes para las refugiadas y los refugiados de Lesvos. No pueden entrar en el campo pero con el tiempo, quizás, entre el caos y la superpoblación, hay quien sabrá donde están y quienes son. Una pequeña válvula de escape. No es fácil la información y ésta se transmite de voz en voz.

Un reto que Europa no sabe afrontar

Las islas griegas del Egeo continúan siendo inmensos desembarcaderos para muchas personas que huyen en busca de un lugar donde el hambre, la miseria o la guerra no sean una continua amenaza para sus vidas.

Campo de Lesbos. Un gran negocio

Entre olivos milenarios surgen miles de tiendas de campaña. Unas, cubiertas con plásticos; otras, con huellas del barro de las últimas lluvias. Muchas, tan rasgadas que no podrán ser reparadas, pues los 90 euros que reciben mensualmente no dan para más. Son las tiendas que ya no caben dentro del campo de refugiados de Moria, que, por no tener, no tienen ni una valla protectora. Aunque de poco les serviría.

Zaporeak. La dignidad es parte del alimento

Pesar, cortar, pelar, picar, cocinar, distribuir… el trabajo comienza pronto para los 12 voluntarios de Zaporeak, una organización vasca que cada día da de comer a tantas personas refugiadas en Moria como puede. En ocasiones, por diferentes causas entre las que no escapa la arbitrariedad con la que funcionan los campos, pueden ser 700. Otras, pueden llegar a casi 1.500. A veces más. Dependerá de las trabas que la policía les ponga. Aunque su tope, afirma Josi, el coordinador de esta cocina solidaria, está en 2.000. A Josi le brillan los ojos de emoción cuando habla de ello.

La dignidad y el cinismo

Un cartel en tonos azules señala la entrada. En él, la foto de los mandatarios europeos. Y un letrero bien visible da la bienvenida al infierno a los más de 4.000 refugiados, hombres, mujeres, niños y niñas del campo de refugiados de Chios: “Bienvenidos, refugiados”.

El tratado de Turquía: un camino hacia el infierno

Llegaron a la isla persiguiendo un sueño. Tocaron un infierno dantesco. Pero no había Beatriz alguna. Solo algunos hombres buenos, como ese par de piratas al revés y de nuevo cuño, Antoni y Mihail, fundadores de FEOX, esperando en la orilla de un mar amenazante, preparados para salvarles. Llegaron persiguiendo un sueño pero sólo encontraron una pesadilla.

Feox: los piratas salvadores

Hay que aguzar el oído. Entre las sombras de la noche se oye el golpe sordo de unos remos que no quieren asustar a las estrellas. Se impone en silencio porque en él está en juego la esperanza. Y después de tantas horas como ya han pasado, después de un camino tan largo, del frío, del hambre, después de tanto miedo vivido un golpeteo sobre el agua más fuerte podría alertar a las autoridades y todo habría acabado.