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Vox y “hacer las cosas con fuerza”


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Con la llegada de los primeros fríos llega también la mejor/peor versión de Vox, la formación que mira al Capitolio de los Estados Unidos en la fecha florida del desacato y el levantamiento con el ánimo puesto en que alguna vez en España “empiece a amanecer”.

Hay interpretaciones para todos los gustos. Que si Vox declina en los sondeos y por eso declama y grita y polariza. Que el declinante es el Partido Popular y Vox, sabedor de ello, levanta su jupiterina exclamación para regocijo de simpatizantes y tertulianos que alzan mandíbulas para el disfrute y el gozo. Queda por resolver si en la resolución de sumas y restas en los escenarios electorales de Vox y PP se van a experimentar beneficios o quebrantos en la cifra final del escrutinio.

Los denuestos de los valores oratorios emergentes del partido extremista también se dirigen a las filas del Partido Popular, al que de momento llaman “tibio”, sin descartar el ascenso de peldaños en la gramática de tendencia parda de los neo trumpistas por parte de padre.

La súbita desaparición de Macarena Olona, quien se perdió para la causa del estruendo político allá por las elecciones andaluzas para contento y satisfacción de Juanma Moreno Bonilla y el propio Santiago Abascal, ha obligado a salir del banquillo a agitar los músculos a Carla Toscano y a Víctor Manuel Sánchez del Real, valores hasta ahora desconocidos para el gran público, solo advertidos por la masa electoral del partido de fondo verde.

Olona fue despedida a tareas de imposible solución y ha quedado uncida a los bastones de peregrinación del camino de Santiago. Sánchez del Real, sin abandonar su reclamo inconsciente de practicante de la lucha libre en palenques ibéricos o mexicanos, se encarga de apartar a su partido de la normalidad y todo lo hace bronco y áspero.

Sara Mesa, narradora de estilo directo, ha parido un personaje en “La familia” (Anagrama, 2022), Damián, el padre sobre el que pivota toda la vida comunal, que acostumbra a decir a su hijo de apariencia débil: “haz las cosas con fuerza!”. Así se conduce el diputado de Badajoz. Esa mezcla de ganas, fuerza y coraje, es el embutido mejor servido para el paladar del patriotismo y de la ensoñación mítica de los elegidos por el designio divino. La dirigencia del Partido Popular parece más preocupada de lo habitual a pesar de los sumatorios de las encuestas de encargo por medios afines.

Feijóo se trasladó desde las atmósferas atlánticas a la city madrileña precisamente para no depender de Sánchez del Real y sus lecciones de anatomía en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados con especial señalamiento de pecho y nuca, aquellos objetivos de los psicópatas y asesinos en serie, sobre los que proyecta la insidiosa comparativa con los miembros del banco azul.

Se han de ensayar fórmulas, según opiniones versadas en técnica reglamentista, para evitar estos espectáculos de luz y de color en la sede de la oratoria sana y de liza política con la higiene que produce el buen olor de la ética en la manifestación de la representación emanada de las urnas. El presidente del Partido Popular se imagina una unidad de destino con estos mimbres y se le representa el matrimonio de conveniencia de Galdós en el número 3 de los Episodios Nacionales, “ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin sin que los hombres, ni Dios, ni el Demonio, sepan por qué”.

Sobre Núñez Feijóo recae recurrentemente la duda de si merece la pena gobernar España con ayudas semejantes, para rechazar los tonos cargadísimos de tragedia y fatalismo de sus potenciales socios. El recientemente sabio desaparecido Hans Magnus Enzensberger decía en “El gentil hombre de Bruselas ó Europa bajo tutela”, que “el Apocalipsis siempre defrauda a los profetas”.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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