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Macarena Olona y Vox, tiempo de conmoción


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“Suelo ir hacia los demás como si todos fueran a abrirme los brazos”. Esta cita de Elena Poniatowska, en “El amante polaco” (Seix Barral, 2022), le podría cuadrar a Macarena Olona cuando los miércoles de control del Gobierno lanzaba espumarajos por la boca con una dicción vocinglera y hostil contra todo lo que significase de alguna manera “woke” o abierto a los usos y costumbres de la izquierda o neo universo de aquella facción favorecedora de las aspiraciones de los pobres, humildes o necesitados de los cuidados del Estado o la gobernanza pública.

Y así era, “muy bien, Maca” salía desde el banco de los 52 diputados de Vox, con esa alegría de “ambiciosos de absoluto”, que diría Paco Umbral. Olona se fue a Sevilla para perder la silla de la regeneración fascista de Vox, con óvalo fácil de protagonista italiana de festival de Venecia, pelo tirante y sonrisa ofidia, que el propio Abascal interpretó como contraria a sus intereses. No estaba encuadrada en la clasificación de Rocío Monasterio, áspera con Pablo Iglesias en aquel episodio de campaña, pero ya subsumida por el entramado de jerarquías del invento de Vox, incapaz de transitar por el lado de los liderazgos de la organización.

Macarena, de biografía atormentada y enfatizada interiormente por ese acicate de formación que es en España la abogacía del Estado, no se amilana frente a los instalados neo autoritarios con recia mandíbula. Se encuentra en la fase creciente de la alternativa, con búsqueda y aspiración financiera para suponer un disgusto a la formación de Abascal, si bien no debe desconocer que esa contrariedad a los designios de quienes fueron sus jefes de centuria y capitanía política no garantiza un éxito electoral incontestable. Jesús Gil y Gil se presentó a las elecciones generales de 2000 y obtuvo 72000 votos, de completa irrelevancia. Ruíz Mateos consiguió, en 1989, 219883 papeletas, y 54500 votos, en 1993, sin suponer amenaza alguna para el Psoe gobernante de la expropiación de 1983, ni para el emergente Aznar, que lideraría la derecha que produciría una convergencia intocable en 2000.

Pero la aparición solitaria de Macarena Olona puede repercutir muy desventajosamente para la solidez de Abascal, sobre cuya desmitificación como intocable de la derecha neo fascista puede recaer tangencialmente la sobreactuación de la alicantina. Las encuestas más profesionales, sin atisbo de cocina adulterada por los encargos de parte, anuncian a día de hoy muy serias señales de empate técnico entre fuerzas muy polarizadas, derecha versus izquierda y nacionalistas.

Y en ese pugnaz espectáculo la pérdida de votos se digiere con una especial acidez de estómago, si la sustracción tiene origen en acendradas disputas entre correligionarios y amigos de última hora para su conversión en adversarios con acciones electorales de gran belicismo fraternal. Al bajón anímico de Vox ya observado desde el otoño de 2020 en que Casado lanzó la gorra al aire contra Abascal para diferenciar las homologaciones con Europa de los espasmos histriónicos del líder de Vox y sus conmilitones.

Casado empezó la tarea de descenso del souflé y la participación de Macarena puede en cierto modo continuar la dinamitación de un movimiento que crece en dirección contraria a los Fratelli d,Italia, que caminan hacia el juramento de cargos con un gran entusiasmo. Los juegos a punta de navaja entre los hace poco compañeros de ideología y jocosidad prometen jolgorios de muy amplio recorrido, uno de los pocos ejercicios de oxigenación de la izquierda de los últimos tiempos en España, destinataria de las atenciones de unos presupuestos generales expansivos para la caridad pública y el equilibrio de subvenciones, cuyo disfrute vendría complementado por el desborde de alegría que proporcionaría la apertura de maniobras de destrucción entre sendas facciones del autoritarismo de calaña muy semejante. La campaña que se adivina comienza con extravagancias de mucha utilidad, la sentimentalidad de Macarena puede arder en un sentido muy contrario al habitual en los miércoles de control al gobierno. Ya lo decía Unamuno y reseñado por Bergamín, “los sentimientos son pensamientos en conmoción”.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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