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Erizos y zorros en la política económica


  • Escrito por Carles Manera
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El escritor y filósofo Isaiah Berlin recogió, en 1939, un viejo y enigmático verso del poeta griego Arquíloco de Paros (680-645 AC): “El zorro sabe muchas cosas; el erizo solo sabe una sola, pero es grande”. Berlin (véase John L. Gaddies, Grandes estrategias, Taurus) decía que los erizos lo relacionan todo con un único planteamiento capital, que da sentido a todo lo que hacen. Los zorros persiguen muchos objetivos, no siempre relacionados entre sí, incluso contradictorios. Berlin teorizó todo esto, de manera más completa, en un ensayo breve publicado en 1951: El erizo y el zorro.

Berlin extiende esta percepción hacia otras posibilidades: la economía y la política, por ejemplo. El erizo encarnaría la visión estratégica, el propósito final, pero sin considerar las fases intermedias para obtenerlo. El zorro, por su parte, es más sinuoso, consciente de las dificultades para llegar a lo que quiere; pero esto le impide concluir un objetivo más preciso, más ambicioso. El primer mamífero es la estrategia; el segundo, la táctica.

No se pueden descartar en los agentes económicos, sociales y políticos de España planteamientos que responden a los erizos, junto a otros que sintonizan más bien con los zorros. La idea de cambiar el modelo de crecimiento económico es clave: muchos colectivos lo piden de forma expeditiva, con resultados que se tendrían que ver en poco tiempo, sin dilaciones, atendiendo los fuertes impactos ecológicos y sociales; otros grupos creen que apenas hay que tocar alguna cosa, que el objetivo es claro, puesto que el modelo presente proporciona bienestar a la población. Esto marca, de forma simple, la conducta de los que tienen muy patente el propósito final, a pesar de que no siempre son conscientes de lo que supone llegar. Estamos ante los erizos.

Pero, por otro lado, se puede señalar que hay también grupos que defienden las actitudes más tácticas, el día a día, el proceso cotidiano, sin adoptar medidas que permitan visionar hacia dónde se quiere ir, más allá de declaraciones retóricas y vacías de contenido. Estos colectivos se refugian en la gestión y sus innegables dificultades: ven lejano o difícil lograr el objetivo estratégico, y su pragmatismo les hace espolear aquello que es inmediato y directo. Es la conducta de los zorros.

Simple, dirán algunos. Pero, con todas las prevenciones que se quieran, la caricatura es efectiva para entender dos maneras para enfrentarse al problema de la necesidad de cambiar el modelo de crecimiento. Urge la visión estratégica del erizo; pero es capital que se tengan en cuenta los planteamientos del zorro. Claro y raso: el día a día es relevante, brutalmente sobrecogedor, máximo cuando se tiene que gestionar un escenario convulso como el actual, con la aparición de cisnes negros en poco tiempo; esto requiere de un pragmatismo muy resolutivo. Pero, al mismo tiempo, si la idea de las fuerzas progresistas es formular un modelo de crecimiento que, sustentado sobre el presente, lo recalifique, habrá que tener un objetivo final, estratégico, obtenido de muchas cooperaciones. Obvio. Pero, demasiado a menudo, las obviedades se ignoran.

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