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Por qué no hay política sin emoción


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De cuando en cuando, en la prensa o en las redes sociales aparecen llamamientos a hacer política a partir de la razón, no de las emociones. ¡Cómo si los seres humanos fuéramos como Sherlock Holmes, máquinas de razonar perfectamente engrasadas, siempre atentos a que nada distorsione nuestra implacable lógica! El sentimiento se identifica así con lo inestable, lo peligroso, lo violento. Es lo que permite que líderes sin escrúpulos nos manipulen, siempre para alcanzar objetivos egoístas. La Historia, sin embargo, nos dice otra cosa. La emotividad puede estar tanto al servicio de lo justo como de lo injusto. Si fue una herramienta para la destrucción en manos de Hitler o Mussolini, también sirvió para transformar el mundo a mejor en determinadas circunstancias.

Pensemos en la Revolución de 1789. No hay duda de que los vibrantes acordes de la Marsellesa debieron tener más impacto en los soldados franceses que mil sesudos discursos. Más tarde, el marxismo se presentaría como un análisis racional de los abusos del capitalismo. Pero en Marx y Engels no hay solo lógica, también escándalo moral ante una sociedad que trata a los obreros como basura. Sin esta indignación, la lucha por el socialismo resulta impensable, tan inconcebible como la resistencia contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Si los británicos hubieran actuado en 1940 solo con lo que dictaba el sentido común, se hubieran ido a sus casas a llorar tanto desastre y Hitler habría ganado.

En la actualidad, en cambio, proliferan los llamamientos a que cultivemos una razón ilustrada. El Siglo de las Luces constituiría la raíz de nuestro entramado ideológico, como sociedades laicas y democráticas. Existen, por supuesto, buenas razones para identificar el siglo XVIII con el culto a la racionalidad. Para Diderot, las pasiones constituían las enfermedades del alma. La razón, por el contrario, era sinónimo de humanidad. Quien renunciaba a ella quedaba reducido, ipso facto, a la condición de bestia y merecía que se le tratara como tal. Aquel que se negaba a tomar sus decisiones con criterios racionalistas solo podía ser un loco o un malvado.

Este planteamiento, por más progresista que pueda parecer, no deja de ser el anticipo del totalitarismo futuro. En la práctica, si el que no razona no es humano, el que no razona como yo no es persona. Se justifica, por tanto, su exterminio.

De todas formas, pese a esta clase de excesos, caeríamos en un planteamiento reduccionista si creyéramos que el mundo dieciochesco se conforma con la fría lógica. Los ilustrados no ignoran la importancia de las emociones. Así, Rousseau advierte a sus lectores que, de no ser por ellas, la historia habría llegado ya a su fin: “hace mucho tiempo que no existiría el género humano si su conservación hubiera dependido únicamente de los razonamientos de los que lo componen”.

El filósofo ginebrino era consciente que las personas no funcionan solo a través del entendimiento. Hay sentimientos que redundan en beneficio de toda la especie como, por ejemplo, la piedad. Esa virtud, al contrapesar el egoísmo presente en cada uno de nosotros, nos empuja a acudir en ayuda de los que sufren sin que medie una reflexión. Es esta capacidad para empatizar con los demás, no las sutilezas de una argumentación complicada, lo que nos conduce a buscar el bien y rehuir el mal.

Para el público de la época, las emociones eran igualmente importantes. Cuando Rousseau publicó, en 1761, Julia, o la nueva Eloísa, las reacciones de los lectores no fueron comedidas, como podemos esperar en gentes educadas en el racionalismo, sino profundamente viscerales. La historiadora Lynn Hunt describe una auténtica explosión emocional, con sentimientos desatados como los de ese hombre que confesó cómo las lágrimas no le habían sido suficientes ante la muerte de la protagonista. La tragedia, aunque fuera ficticia, le había hecho “gritar, aullar como un animal”. A su vez, el Journal des Savants, aunque le puso algunos peros a la novela, afirmó que solo personas de corazón frío serían capaces de resistirse a su impacto. La nueva Eloísa, por tanto, se disfrutó en su momento entre sollozos. Era una experiencia estética, sí, pero también algo que se vivía con singular intensidad en la esfera de las pasiones más íntimas.

Rousseau había conseguido que la gente se identificara, en términos muy empáticos, con sus personajes. De esta forma, las emociones contribuyeron a la revolución política que se estaba gestando. Era necesario que la gente expresara simpatía por personajes corrientes para que la noción de derechos humanos pudiera abrirse paso. Mientras los criados no fueran vistos como seres humanos, la idea de igualdad resultaba imposible de aplicar. Como señala Hunt, los lectores del siglo XVIII aprendieron que sus héroes no tenían que ser, por fuerza, aristócratas. De esta forma, las antiguas barreras sociales empezaron resquebrajarse.

No se trata, en suma, de rechazar la emoción, sino de someterla al contrapeso de la razón de forma que ambas hagan avanzar nuestro automóvil, necesitado tanto de acelerador como de frenos. Otro ilustrado, David Hume, nos aporta el criterio de utilidad. Si el sentimiento nos empuja a ayudar a una ancianita a cruzar la calle, es bueno. Si nos hace degollarla, es malo. El objetivo de nuestra acción no viene dictado por nuestro cerebro sino por el corazón. El entendimiento, una vez establecido el fin que perseguimos, se pone a su servicio, pero solo en una segunda instancia. Es por eso que Hume decía que la razón es esclava de las pasiones. Ahora, por el contrario, se insiste demasiado en el lado intelectual de los problemas, como si saber qué es lo bueno y desearlo fueran la misma cosa. La razón, sin fuerza de voluntad, resulta inútil. ¿Y de qué depende esa voluntad? De la emoción. Rechazarla en bloque equivaldría, como se suele decir, a tirar el agua sucia con el niño dentro.

 

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.

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