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Chile como muestra


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En América Latina se va consolidando un nuevo giro hacia la izquierda en buena parte de los países, en una edición renovada de lo que fueron los regímenes nacional-populares de la primera década de siglo y que tuvieron su reflujo en los últimos años. Hay ejemplos muy interesantes, aunque en algunos países que a veces se contabilizan resultan indefendibles y donde no se superan ni mucho menos los estándares democráticos, como serían los casos de Venezuela o de Nicaragua. Pero existen modelos a tener en cuenta de transformación económica y social como los de Bolivia, una primera vez de ensayo de gobierno progresista en Colombia y el siempre dudoso y contradictorio kirchnerismo en Argentina. Será clave si en Brasil se logra deshacerse del ultraderechista Jair Bolsonaro y vuelve Lula y sus políticas de desarrollo e integración social. Seguro que, si lo consigue, dará un empujón y liderará las izquierdas democráticas del continente.

Chile es un caso muy particular y tras el fracaso de la nueva constitución que fue rechazada en referendo, con un futuro político bastante incierto. Las movilizaciones populares de hace tres años contra el pinochetismo que todavía estaba constitucionalmente vigente y en demanda de políticas económicas y sociales más inclusivas comportaron que, en las últimas elecciones se impusiera el líder de la nueva izquierda hecha y crecida en la calle. Se había logrado derogar por referendo lo que quedaba de la era dictatorial de Pinochet, pero se erró al plantear una nueva constitución elaborada por un movimiento popular. El resultado, un texto inmenso donde todo el mundo quiso hacer constar su agravio, muy avanzado en algunos aspectos y que ponía sobre la mesa multitud de temas ligados a las identidades y que, por defendible e interesante que fuera, iba mucho más allá de la mentalidad media de la sociedad chilena. El error de Boric y su movimiento fue el de confundir las ideas de las movilizaciones del 2019 con el pensamiento medio del conjunto de una sociedad ideológicamente más bien derechista. El método elegido para elaborar el nuevo texto constitucional favorecía un fuerte sesgo radical. El nuevo presidente del país no sólo tuvo un revés en el plebiscito, se le infligió una dura derrota política. La derecha chilena, muy potente, sabe que ha recuperado la iniciativa política y que la izquierda en el poder queda paralizada, dividida entre facciones, prisionera de una estrategia equivocada.

La república chilena es un país con unas élites económicas y sociales muy poderosas. Desde la instauración con la dictadura en los años setenta de los principios más extremos del neoliberalismo de la Escuela de Chicago, la capacidad de intervención y regulación de los gobiernos es mínima. La desigualdad económica y la polaridad social muy grande. Las grandes familias casi siempre han actuado con total impunidad y, cuando ha sido necesario, con el garrote de los militares para contener cualquier ínfula de reclamación social. Aunque las grandes cifras de la economía le hacen parecer un país con buen dinamismo económico, la realidad es que depende en exceso de la exportación de materias primas, especialmente del cobre y de su subordinación, en todos los sentidos, respecto de los Estados Unidos. Todo está privatizado y el Estado, al menos hasta ahora, no tiene instrumentos ni capacidad para mitigar con intervención económica y programas sociales los graves problemas de desigualdad y exclusión. La izquierda, más que resolver los grandes problemas, se ha centrado en temas simbólicos, en librar lo que ahora se llaman las “guerras culturales”. Y como en todas partes, en este envite, la derecha suele moverse muy bien aprovechando los descontentos y temores no sólo de los suyos, sino también de esos excluidos que sufren por perder sus referentes, la cultura social que ellos conocían. De paso, cuando el conflicto político se produce en este ámbito no material funciona de forma magnífica como maniobra de distracción de los aspectos estructurales que serían los fundamentales de plantear. Los debates identitarios son siempre una trampa para obviar los temas económicos y sociales. Como en Chile, con demasiada frecuencia el progresismo de todas partes cae en esta celada.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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