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Isabel II, comparativas y tiempos muertos


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Las largas estancias en el poder, aunque no sea ejecutivo, sino categórico, corpóreo, como le ha sucedido al reinado de Isabel II de Inglaterra, se cierran abruptamente con un final siempre esperado/inesperado, inatento a la costumbre, y producen, más en este caso de cuerpo presente de dos semanas de duración, un flujo de información y de necesaria interpretación que desalienta los espíritus más combativos.

Los dictadores, aunque generen cariños y entregas de sublimación injustificable, tienen un tratamiento sociológico en su final mucho más efímero con un tratamiento de repuesto de formato exprés que sustituye una situación de identificación por otra de ausencia de la misma.

Un depredador de libertades pasa del póster a la iconoclastia y la decapitación y arrastre por plazas y avenidas por medio de la agitación de la varita mágica de la historia. Una reina de un imperio, luego de una democracia de referencia en el mundo occidental, y más tarde la portadora de una excepción a los usos y costumbres de la Unión Europea en medio de un juego de multidiversidad política, con casi un siglo de permanencia en la institución y tres generaciones de impulsos y recesiones, despliega una sucesión de reflexiones de naturaleza muy distinta.

Cuando Franco, se decretaron treinta días de luto nacional, y el entierro fue a las dos de la tarde del día 23 de noviembre de 1975, tres días después del anuncio oficial. Las largas colas ante la capilla en el Palacio de Oriente. Según ABC, “la figura del Rey destaca por su altura sobre los presentes. Sus ojos, con grandes bolsas, proporcionan gravedad a su rostro. Su saludo ante el féretro se reviste de marcialidad. La implacable mecánica de las leyes permite registrar un nuevo momento histórico”.

Así narra la llegada del reciente Rey de España al lugar donde se concentran en interminables filas los asustados/esperanzados súbditos huérfanos del dictador. En pocos meses esas concentraciones se parecían en cálculo de presencias pero no en contenidos y causa de los mismos, porque en su mayor parte gozaban de una animadversión hacia lo vivido hacía esos pocos meses. Casi cincuenta años después, se despide a otra figura de pátina histórica, con lenta maquinaria de despedida, con manejo de duelos y de geografías de manifestación, y se puede jugar con la experimentación de las multitudes cuando se trata de honrar a quienes miraron los presentes y futuros de esos territorios, de esas instituciones, de esas magnitudes y de sus poblaciones.

Y se producen algunos extraños malabares de aproximación al entendimiento de la realidad. Y algunos intentos de ejercicio de comparación que resultan tan peligrosos para la vida del ejerciente del paralelismo. Pese a la familiaridad con que se concilian las relaciones de la casa de Windsor y la de Borbón o la de Grecia, ni por física, ni por química, ni por pedagogía ni arte alguna, se pueden establecer analogías.

El decreto de luto oficial de tres días en la Comunidad de Madrid con señal de bandera a media asta pertenece por derecho propio al género de las deferencias poco entendibles por la sinceridad humana y no está en la clasificación donde se encuentra la declaración de Dionisio Alcalá Galiano, cuando ordenaba en la batalla de Trafalgar a la tripulación de su navío Bahama, de 74 cañones, que “señores, estén ustedes en la inteligencia de que esa bandera está clavada”.

Algo menos de intensidad gotea por las sienes españolas cuando se encuentran con los símbolos británicos, habida cuenta de los trabajos hercúleos que han tenido que abordar los intérpretes de Lady Di y sus destilaciones de simpatía cuyos “ojos de cierva herida”, de Luis María Anson, tocaban cumbres de significación, para compensar la acumulación de disonancia de la pérfida Albión y el justiciero gol de Zarra en Maracaná.

Ahora se sirve o se servirá con más intencionalidad y más creciente la comparativa entre la situación actual en la Commonwealth y la figura agigantada en su declinación histórica de Juan Carlos I, emérito de condición reinante. Su cercanía a la desaparición física tendrá su continuidad con la preparación del acontecimiento a la luz de lo sucedido en estos días. 70 años de reinado británico frente a 39 de trono español, mantenimiento de estabilidad frente a conquista de normalidad, calma y prudencia contra calma, prudencia…. y frivolidad con desatención de deberes.

Hasta la semana que viene habrá espacio de hermenéutica Isabel II, mientras dure el tiempo de duelo, tan largo, tan lento, tan indigerible por ambas cosas. Dice el travieso y difícil Michel Houellebecq, en “El mapa y el territorio” (Anagrama, 2011), “entre estos dos momentos fuertes, de alta intensidad relacional y comercial, que son las cenas de Nochebuena y Nochevieja, transcurre una semana interminable, que en el fondo solo es un vasto tiempo muerto”.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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