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Adulación, exaltación y caída de Mijail Gorbachov


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Yuri Turkov / Shutterstock.com Yuri Turkov / Shutterstock.com

Desconfía de quien te adula. Desatender esta máxima, en Política, acarrea graves tribulaciones a quien decide ignorarla. Tal pareció ser el caso de Mijail Sergyevich Gorbachov (Stavropol, marzo de 1931-Moscú, agosto de 2022) posiblemente el hombre más adulado de la historia reciente. Sus principales aduladores fueron los enemigos de la integridad de la Unión Soviética que Gorbachov, como secretario general del PCUS y presidente de la URSS, se propusiera reformar desde la cúspide del poder, a partir de 1985. Lo acometió mediante un doblete doctrinal, perestroika y glasnot, reestructuración y transparencia, respectivamente, que él quiso aplicar a toda costa. Y lo hizo de una manera ingenua para muchos, precipitada para otros, incomprensible para los expertos e irresponsable para amplios sectores de la clase trabajadora mundial.

Su propósito, encomiable desde una perspectiva ética, consistía en desanquilosar la vida política y económica soviética, varada por la fatiga de la lucha contra una hostilidad militar, económica y política antisoviética que se remontaba al minuto cero de la revolución socialista de 1917 y que culminaba con la pesada herencia de una gerontocracia sin reflejos que taponaba la dinámica social de una constelación de Estados adscritos al socialismo tras la Segunda Guerra Mundial. Tales Estados se ubicaban en la bisagra misma de Eurasia, el corazón geoestratégico del mundo y que, pese a todo, configuraron la segunda superpotencia en la escena mundial. La industriaización en un plazo record de un decenio, sacó al país de la miseria inducida desde el régimen feudal zarista y en tan solo unas décadas, la URSS pudo sacar al espacio al primer cosmonauta de la historia, Yuri Gagarin. Empero, aquellos hechos espolearon la competitividad estadounidense, que desarrolló toda la potencialidad del capitalismo en la contienda. Posteriormente, vendrían años de estancamiento en la URSS, en retos hábilmente jugados por estrategas norteamericanos, casi todos ellos procedentes de las repúblicas socialistas integradas en la esfera soviética tras la derrota del nazismo como sería el caso de Zibgniev Brzezinski.

La moderninzación acometida por Gorbachov en los años 80 del pasado siglo planteaba una complejidad extraordinaria para cuya gestión era completamente necesaria la concurrencia de numerosos factores que, no obstante, Gorbachov decidió acometer prescinciendo de casi todos ellos. En regímenes como el soviético, la única pluralidad política posible reside en el partido único que, generalmente, se escinde en tres alas, derecha, centrista e izquierda. Era el caso del Partido Comunista de la URSS, a cuya cúpula accedería Gorbachov con 58 años, frente a los numerosos septuagenarios que la componían. Experto en cuestiones agrícolas y licenciado en Derecho, Gorbachov escaló poco a poco hasta la cumbre del partido-Estado, no sin haber librado una disputa enconada con dos rivales que le disputaron la secretaría general del PCUS, a saber: Gregori Romanov, hombre fuerte de Leningrado y candidato del complejo militar-industrial soviético; y Guedar Aliev, responsable del partido en el Asarbayán, condecorado con dos Órdenes de Lenin, de las que Gorbachov carecía. Romanov salió de la carrera electoral, según fuentes norteamericanas, por haber dispuesto de la vajilla imperial de los zares en la boda de una hija suya. Aliev, sin embargo, contaba en su haber con la importante dote geopolítica de haber desalineado a Irán de la órbita estadounidense, mediante la inducción de la revolución iraní, cuyo Partido Comunista Tudeh, desempeñaría un papel decisivo en el derrocamiento del sha reza Pahlavi. No obstante, Gueidar Aliev quedaría a un lado cuando, en 1983, se produjo la defección del segundo jefe de la estación del KGB en Teherán, que se pasó al bando occidental. El desertor informó que el Tudeh, vinculado a Aliev, preparaba un golpe de Estado contra Jomeini, al cual los servicios secretos ingleses y estadounidenses la harían llegar la cuita de una -tan presunta como fantasmal e inexistente- conjura soviética contra él. El caso fue que Aliev, el principal rival de Gorbachov, cayó en desgracia como candidato, ya que Jomeini incluyó a partir de entonces a la URSS entre los enemigos de la República Islámica con lo cual, el dirigente azerí perdió su baza de oro para hacerse con el secretariado del PCUS soviético.

Lo más sorprendente de este importante asunto fue que, una vez despejado el camino hacia la cumbre, la primera medida de envergadura tomada por Gorbachov sería la promoción al Primer Directorio del KGB del principal responsable de la estación del espionaje soviético en Teherán, enclave, precisamente donde se había producido la defección de su segundo, defección que arruinó la principal baza geoestratégica de la URSS en la fase final de la Guerra Fría, baza acuñada en su haber y perdida luego por Aliev.

Ya al frente de la URSS, en 1986, Gorbachov concelebró en la capital islandesa, Reijiavik, una cumbre con Ronald Reagan sobre el desarme-rearme, donde se planteó, según algunos analistas, el reto decisivo de la Guerra Fría; la llamada Guerra de las Galaxias. Ésta consistía en la forma extrema de militarización del espacio, a costa de un arma activada por rayos láser, mediante un dispositivo capaz de discriminar y detectar en fracciones de segundo la ubicación de las cabezas nucleares reales entre los numerosos señuelos que se se preveía lanzar en el esquema, entonces vigente, de la confrontación nuclear.

Aquella negociación registró concesiones norteamericanas en armas nucleares tácticas, concesiones soviéticas en la esfera convencional -relativa al glacis de seguridad de la URSS en su contorno fronterizo- y quedó en tablas y abierto el tercer cesto de confrontaciones relativo a la guerra desde el espacio. Pero, a la postre, según explicaba Fernando Claudín, ex dirigente comunista española, la URSS no podía dedicar ya más rublos de sus muy copiosos presupuestos militares a costear su defensa estratégica por cuanto que, de seguir haciéndolo, los distraería del ámbito del consumo de la población, muy rezagado respecto a numerosos patrones internacionales a la sazón vigentes, puesto que comprometían las bases mismas del sistema doctrinal socialista que requería del mantenimiento de ciertos niveles de bienestar que el constante rearme degradaba.

A juicio de numerosos analistas, fue en la estela de los acuerdos de Reijiavik donde la URSS perdió pie como superpotencia, por cuanto que la no prosecución de la carrera hacia la Guerra de las Galaxias, leáse el abandono de la laserización militar, industrial y tecnológica, dejó inerme a ls URSS frente al control militar espacial de los Estados Unidos, con su correlato de hegemonía geoestratégica. Aquella carrera, no transitada, convertía a la URSS en extremadamente vulnerable.

Mientras Estados Unidos podía convertir el reto del láser en un negocio, la URSS se hubiera arruinado no solo económicamente, sino también socialmente, desde el punto de vista de la pérdida de la legitimidad doctrinal socialista que le exigía un bienestar, siquiera báasico, para su entonces extensa población. Muchos son los factores a tener en cuenta en la implosión de la URSS y nuevas revelaciones darán a conocer su alcance, pero nadie será capaz de subestimar la trascendencia de los efectos de aquella cumbre en la capital islandesa.

Todo lo demás, resultaba ser una serie de derivaciones de gran alcance, signadas habitualmente por el fracaso. Así sucedió con los efectos de la retirada militar soviética de Afganistán, donde la URSS había adentrado en 1979 parte de su Ejército, entre otros motivos geopolíticos, para proteger a un régimen progresista que, tras derrocar a un monarca feudal en un país oscurantista, había conseguido incorporar a la mujer afgana a la vida social, académica y política por primera vez en su historia, entre otros avances. Sin embargo, el régimen progresista afgano fracasó por una escisión interna, espoleada además por el rearme estadounidense del movimiento guerrillero muyaidín, que abriría el paso a la hegemonía del fundamentalismo talibán, primero aliado objetivo de Estados Unidos y luego, hospedero de Al Qaeda, organización fundamentalista terrorista a la que Washington, el 11 de septiembre de 2001, atribuyó la autoría de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, en la capital federal.

De igual modo, el accidente en la central nuclear de grafito Chernobil, en abril de1986, pasaría a integrar el repertorio de fracasos atribuidos a la gestión política de Gorbachov. Un episodio nuclear de igual trascendencia, si no más grave aún, acaecido en la central atómica estadounidense de Three Mile Islands, no adquirió en momento alguno el alcance mediático de lo acaecido en Chernobil, pese a que diera lugar a un filme de ficción en el cual el núcleo hirviente de la central norteamericana dañada atravesaba el Planeta desde la instalación hasta las antípodas.

En el plano interno, Gorbachov acometió sus reformas no solo sin contrar con el PCUS, al menos una de cuyas tres alas podría haberle ayudado decisivamente a materializarlas, sino casi siempre en contra de la poderosa estructura política y sin contar con más aliados que los que le adulaban desde Londres y Washington. A sabiendas de la vulnerabilidad que iba adquiriendo, Gorbachov intentaría en un último esfuerzo geopolítico por reestablecer las dañadas relaciones de la URSS con China, hostilidad fomentada por Washington años atrás, pero sobrevino la matanza de Tian an men, que dejó la visita de Gorbachov a Pekín oscurecida por la irrelevancia.

El silencio de la clase obrera soviética en aquel proceso político emprendido por Gorbachov sería interpretado a la luz de un una suerte de pacto no escrito entre los trabajadores y trabajadoras de la URSS con el PCUS, pacto según el cual la política quedaba en manos del partido que se comprometía a garantizar estabilidad económica y social a la población. Así lo explicaba la pensadora marxista Martha Harnecker, que asumía la interpretación de su compañero, el profesor canadiense Michael Leibovitz.

Miles de textos saldrán al paso, a partir de ahora, para calibrar el alcance de los sucedido en la URSS durante el mandato de Mijail Gorbachov. Pero nadie podrá negar que la gestión política del dirigente ruso se saldó con la desmembración del imperio que él presidió -la pérdida de quince repúblicas soviéticas federadas lo atestigua-, si bien hubo de litigar con la impedimenta de una evidente herencia política tóxica, cuyo antídoto ni él ni sus escasos e incompetentes colaboradores, Alexander Yakovlev y Edvard Sheverdnadze, supieron destilar.

Si la mejor política es aquella capaz de armonizar cratos y ethos, poder y ética, el escoramiento de la ecuación hacia uno de estos dos polos culmina, generalmente, en fracaso, bien en clave pragmática, bien en clave doctrinaria. ¿Fue Mijail Sergyievich Gorbachov más doctrinario que pragmático, más oportunista que jacobino, más bienintencionado que artero? Solo la investigación histórica lo confirmará. Lo cierto es que sus convicciones comunistas o bien se habían desvanecido mucho antes de llegar a la cumbre del comunismo soviético o bien se plegaron a la lógica implacable del capitalismo que tan arteramente la aduló hasta la exaltación, para sumirlo luego en el engaño geopolítico, pese a los pactos contraídos, y el olvido. Buena parte de los males que afligen hoy al mundo derivan del fracaso de aquella bella intención por reestructurar transparentemente el mundo socialista, fracaso que ha repercutido en la evidente indefensión evidente del mundo del trabajo a partir de entonces. Desaparecido el miedo que la URSS infundía al capital, casi todo le resulta a éste ya posible.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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