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El derecho a no leer: Los derechos de los lectores


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Es posible adquirir la competencia lectora, en gran medida, sin sentir el placer por la lectura. Existen en efecto, muchos lectores competentes a quienes no les gusta leer y quizás por eso, solo leen cuando les es imprescindible. Nada que objetar. Como afirma Daniel Pennac1, existe “el derecho a no leer” y existen los derechos de los lectores (Como una novela 2006 https://hipertextual.com/2015/12/derechos-de-los-lectores). Un libro, en cualquier caso, fundamental que más de uno debería de tener en cuenta. Pero, los alumnos de Educación Secundaria y Bachillerato pueden estar desestimando de modo excesivamente prematuro, la que podría ser para ellos una gran fuente de placer intelectual ahora y en el futuro. Es un esfuerzo inmenso, el cual no están por la labor de asumir si se une al resto de sus obligaciones académicas. "... la lectura "humaniza al hombre" (...) evitemos acompañar este teorema con el corolario según el cual cualquier individuo que no lee debiera ser considerado *a priori* un bruto potencial o un cretino contumaz. Porque, si no, convertiremos la lectura en una obligación moral, y esto es el comienzo de una escalada que no tardará en llevarnos a juzgar.

Es más cercano, lógico y sencillo de adquirir la competencia lectora y junto con ella, otras competencias comunicativas, incluida la competencia literaria, si la lectura – el acto de leer – está asociado a la idea de placer.

Los alumnos de Educación Secundaria presentan en su mayoría una situación caótica para su propio progreso intelectual: la pérdida del hábito lector, en los casos en que existía previamente y el distanciamiento absoluto con respecto a dicha actividad, entre los alumnos que nunca tuvieron dicho hábito. En la mayoría de los casos de alumnos que sí habían adquirido previamente el hábito lector se comprueba que, en general, su competencia lectora y el resto de las competencias comunicativas están más desarrolladas. Más desarrolladas y, sin embargo, en cierta situación de peligro. Dicho nivel en las competencias comunicativas se debe, sobre todo, a la base construida por las lecturas que de forma habitual hacía el alumno en su primera etapa formativa. No obstante, la pérdida de la práctica lectora en los últimos años ha acarreado un empobrecimiento general de las distintas facetas de su comunicación lingüística.

En el caso de los alumnos que nunca fueron lectores habituales, la situación es aún más preocupante, porque es evidente que sus enormes carencias en la competencia lectora tienen consecuencias graves en el resto de sus competencias comunicativas, lo cual no afecta únicamente a la materia de Lengua castellana y literatura – o a la de Euskera y literatura vasca en el caso de nuestra comunidad autónoma, donde el euskera es la lengua vehicular en la mayor parte de los centros y modelos educativos – sino al conjunto del proceso de enseñanza y aprendizaje de dichos alumnos.

La afición a la lectura no mejora de por sí, ni los resultados académicos, ni la formación de los alumnos. Todos hemos conocido alumnos que eran grandes lectores y malos estudiantes. No obstante, es evidente que la afición a la lectura facilita la adquisición de la competencia lectora, la cual sí que es imprescindible para adquirir el resto de las competencias comunicativas. Por supuesto, la adquisición de todas las comunicaciones lingüísticas mejora el proceso de enseñanza y aprendizaje de cualquier alumno y les abre más puertas para que puedan continuar en mejores condiciones con su formación académica y profesional. Además, en el mundo en el que vivimos, las competencias comunicativas están cada día más valoradas en cualquier ámbito profesional, porque en cada uno de ellos se echa en falta personas con criterio propio, pensamiento crítico y capacidad para organizar y expresar en público correctamente sus ideas.

Horacio planteó en su Arte Poética la ecuación: Literatura = [belleza + conocimiento]. La belleza era el “delectare”, el deleite que necesariamente debía acompañar al “prodesse”, el provecho, el conocimiento. Abordamos la hipótesis de que precisamos del deleite horaciano, el “delectare”, para volver no al conocimiento, sino a la lectura, al acto personal y libre de leer como vía de acceso, o quizás de regreso, a la literatura.

Felipe Zayas, catedrático de Educación Secundaria, sostenía de un modo, bastante certeramente, que hay que distinguir el fomento de la lectura como acto personal y libre del fomento de la lectura literaria, entendida esta como parte imprescindible de la educación literaria. Para el fomento de la primera – la lectura como un acto libre y personal – él proponía la utilización en el aula de obras de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) y para el fomento de la segunda, el profesor Zayas consideraba indispensable la utilización de obras clásicas de la literatura. Sin entrar, por el momento, en el análisis de las vías que el catedrático Zayas propuso, sí que sería interesante resaltar que, si queremos que los alumnos lleguen de un modo satisfactorio a la segunda – a la educación literaria – más nos vale que acertemos con la primera, es decir, con el fomento de la lectura como acto personal y libre. Porque si los alumnos no se aficionan a la lectura, o si al menos no recuperan cierto placer de leer, es decir, si no leen por su propio gusto, va a ser muy difícil que adquieran la competencia lectora y sin ella es imposible la competencia literaria.

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1Pennac, D. (1993) Como una novela, Barcelona: Anagrama, pág. 85. https://hipertextual.com/2015/12/derechos-de-los-lectores

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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