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Abascal, el pasajero horizontal de la ambulancia


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Ilustración de Fito Vazquez. Ilustración de Fito Vazquez.

Las jornadas de octubre de 2020 coincidentes con la moción de censura de Vox contra el gobierno de Pedro Sánchez marcan quizá con trazo grueso el destino del partido de la bizarría, de la atracción fatal por la cirugía y el escalpelo, abscesos fuera, por la limpieza de puses, infecciones y podredumbres. Las fotos que recogen las entradas y salidas del Congreso de aquellas fechas muestran un pasado que pareciera mucho más alejado en el tiempo de lo que el imaginario es capaz de solventar.

Las imágenes marcan los rostros llenos de urgencia de Santiago Abascal y Ortega Smith, todos embozados aún con la marca del sobresalto sanitario, rodeados de subalternos en número de 52, los diputados conseguidos en la repetición electoral de 2019. Ese mismo número resultó el obtenido para mostrar el apoyo a la moción. Es decir, nadie, ni tan siquiera el Partido Popular siguió la estela marcada por el Abascal tronante y jupiterino de la revolución pendiente.

El ya olvidado Pablo Casado, cuyo tono parlamentario, al calor comparativo del presente, cuesta trabajo ya reconocer, presentó argumentos sólidos contra Abascal, cuyo perdón fue e incluso hoy sería de indulgencia muy complicada. En el microcosmos taurino le llamó “monosabio”, pero en el diálogo de las grandes palabras le dijo que “nosotros”, por el PP, “no somos como ustedes”.

No es que Casado demonizara a Abascal, tampoco es eso. Lo que sucedió en el otoño del 2020 no es exactamente lo que dijo Alberti de Unamuno antes del día del Paraninfo, “palabras cargadas de explosivos y pólenes celestes” (Luciano G. Egido, Agonizar en Salamanca, Tusquets, 2006). Pero Casado puso por medio un paréntesis argumental y emocional que hacia ineludible una separación del PP de Vox porque “no eran lo mismo”.

Cuestión distinta es la necesidad de apoyos, como demostró Moreno Bonilla en el penúltimo gobierno andaluz, con distancias de mucha precisión en la medida. Hasta tal punto que en este último gobierno no se ha producido el espectáculo de ver al PP con cara de necesidad. Lo de Castilla y León, con Mañueco con inconfesables deseos de gobernar a costa de lo conveniente y lo inconveniente, se produjo cuando el duelo entre Casado y Ayuso estaba en la fase más encarnizada de cainismo.

El resultado fue gobierno de coalición con Vox, hasta el momento el logro más ensalzable en la trayectoria de Abascal, al margen el atisbo folklórico de Murcia con tufo a corrupción y componenda. Desde las jornadas frustradas de la moción de 2020 a la dimisión de Macarena Olona han transcurrido casi veinte meses de una descompresión de Vox, lo que coloca al PP en fase de obtención de réditos sin que previamente el Partido Popular haya generado inversión.

Se encuentra el principal partido de la oposición en situación de obtener intereses sin haber apostado por principal alguno. Los 10 diputados de Ciudadanos de 2019 y los 52 diputados de Vox de la misma fecha electoral forman un cuerpo de votantes lo suficientemente magro como para permitir un cambio de mayoría.

Pero esa inflamación de pecho de Abascal que produjo el reventón de 52 actas parece manifestar ese florecimiento que solo tiene acomodo en países como España como un cambio de humor tan ligero e inconsistente. Adolfo Suárez, pese a la hagiografía que acompaña siempre a la desaparición, fue gaseoso tras su dimisión gloriosa y los forcejeos en fase entrada de Tejero.

Más reciente es el suceso “atmosférico” de Albert Rivera, con su carga de renovación en vena, sus metafóricos adoquines, su pose de “ave precursora de primavera”, pero finalmente transmutado en aventajado aspirante a despacho jurídico y dispar pareja de tonadillera. Este país de contrastes y veleidades tiene una década pluripartidista a la que le puede suceder una siguiente década bipartidista, como toda la vida transicional, con el permiso naturalmente de las formaciones nacionalistas, que marcaron el paso como auxiliares de gobiernos de mayoría insuficiente.

Sin Olona, desfallecida antes y después lamentablemente de su enfermedad, Santiago Abascal depende de su trío madrileño Ortega Smith y el matrimonio Espinosa-Monasterio, lo que parece poco de cara a la liza de mayo, cita de municipales y autonómicas.

El bravo Abascal aparece en este momento como el personaje descrito por Vladimir Nabokov, en “Opiniones contundentes” (Anagrama, 2017), “viendo el paisaje como el pasajero horizontal de una ambulancia”.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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