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La decisión de Adriana Lastra


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La dimisión de Adriana Lastra como vicesecretaria del PSOE por razones personales debidas a un embarazo de riesgo y a su difícil compatibilidad con la dedicación plena a un cargo tan exigente, en un periodo casi preelectoral, ha dado lugar a un debate cruzado y a veces tóxico que podría definir el momento político de degradación populista que padecemos últimamente en nuestro país.

Es lógico que la dimisión de la número dos del partido mayoritario del gobierno dé lugar a un debate sobre sus consecuencias para el PSOE, en el contexto de un clima de cambio de ciclo hacia la derecha provocado por los sucesivos fracasos de la izquierda en las recientes elecciones autonómicas y por el retroceso en las encuestas. Además, tan solo unos días después del inesperado impulso experimentado por la izquierda como consecuencia del acierto en el cambio de ritmo y el enfoque propositivo del presidente Sánchez en el debate del estado de la nación.

De aquí las valoraciones sobre una probable remodelación de la dirección del PSOE y también de la parte mayoritaria del gobierno para afrontar con mayores posibilidades el último periodo de la legislatura, y en particular primero las elecciones autonómicas y municipales y finalmente las elecciones generales de finales de 2023.

Asimismo, era de esperar que otros se aventuraran a especular sobre las causas políticas que han podido influir en la propia decisión de dimitir en la dirección del partido y en el momento de hacerla pública por parte de Adriana Lastra, más allá del desencadenante final del embarazo de riesgo, relativas a la coordinación y el clima en la dirección del PSOE ante el último fracaso electoral en Andalucía. Algunos han pretendido 'pro domo sua' incluso que la dimisión supondría anular el efecto positivo del debate del estado de la nación en favor del efecto Feijóo y el cambio de ciclo. Un legítimo debate de oportunidad.

También se podían esperar las reacciones partidistas polarizadas o sectarias, fruto del clima de confrontación política, a través de los portavoces parlamentarios y de los medios afines y en particular en las redes sociales, desde los lógicos buenos deseos y el agradecimiento por el papel desempeñado de los propios, hasta el alivio indisimulado y la crítica más acerada a su ejecutoria por parte de los ajenos. Hasta ahora, todo estaría dentro de la normalidad.

Lo que no era tan previsible es el debate abierto, protagonizado sobre todo por las propias mujeres portavoces de la derecha y la ultraderecha, con sus declaraciones con respecto al carácter, según ellas poco feminista e incluso antifeminista, de la decisión de dejar el cargo político en el partido como consecuencia de un embarazo de riesgo, cuando según ellas para eso existiría la posibilidad de la baja laboral como alternativa. Extraño feminismo éste, que niega el derecho a decidir de la propia mujer sobre lo que considera mejor para su embarazo y para su partido. Curiosamente se trata de los mismos sectores que en su momento también pusieron en solfa el ejercicio del derecho al disfrute del permiso de paternidad como una suerte de privilegio político de Irene Montero y de Pablo Iglesias.

Los mismos que niegan a la mujer el derecho a decidir sobre la interrupción de su embarazo. En ambos casos se pretende pasar factura por una supuesta incoherencia con la ideología feminista, situándose para ello en una posición dogmática y maximalista, para nada feminista, desde la que en realidad se intenta sobre todo caricaturizar al feminismo y a quien lo profesa. Tampoco ha faltado la descalificación personal y el insulto por parte de los sectores de la derecha más reaccionaria. En definitiva, una derecha cada día más populista aquejada por exceso de aversión y dogmatismo y por defecto de empatía y humanidad.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.