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2ª jornada de Caravana Abriendo Fronteras: HUÍDA, BARRERAS Y MUERTE


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Buscar lugares, por peligrosos que sean, para huir de una posible muerte no es nuevo. El siglo XX fue testigo de esa necesidad de búsqueda de seguridad y una vida digna. Sobre el puente de Hendaya -dónde hoy se encuentra la Caravana Abriendo Fronteras para denunciar que el presente no puede ser una réplica del pasado- que atraviesa la frontera entre España y Francia, muchas personas españolas, muchas familias, trataban de huir de una guerra provocada por los totalitarismos de la época, de la violencia desatada por el que se convertiría en dictador durante más de cuarenta años. Fue un 18 de julio la fecha en la que comenzaría una pesadilla negra que rompería los sueños de millones de personas y que continuaría en el resto del mundo provocando un intenso exilio con un único objetivo: salvar la vida. Un largo viaje al que muchas no sobrevivirían.

Hoy, más de ochenta años después, otras personas cruzan el mismo puente tratando de conseguir las mismas metas y los mismos objetivos. Ha cambiado la procedencia y también, en muchos casos, el color de la piel. Hoy, en pleno siglo XXI y en lo que va de año, son ya nueve las personas que han perdido la vida en la frontera por la presión policial: cinco ahogadas en el Bidasoa, tres atropelladas por el tren en una persecución y una suicidada. Pero se han mantenido las fronteras, las armas que impiden la entrada, la exclusión, y las causas que la provocan. En Europa, Pirineos y Alpes se convirtieron en pasos duros hoy cargados de Memoria Histórica para las víctimas de aquellas guerras en las que se enfrentaban dos mundos, el de los fascismos y la anulación de derechos y la democracia. En España, el triunfo de los primeros hizo que los Pirineos siguieran siendo durante muchos años pasos ilegales en los que la vida estaba prendida de unos bosques salvajemente protectores. Los que consiguieron superar esa frontera natural encontrarían otra vida.

El final de la guerra europea propició la universalización de los derechos humanos plasmada en la Declaración Universal. Sin embargo, las leyes europeas actuales en materia de refugio y migración niegan esa universalización a las personas no europeas. Es urgente, por dignidad y coherencia, dar un cambio de rumbo de ciento ochenta grados. Europa, en general, y España, en particular, han sido históricamente tierras de acogida. Y es precisamente su historia reciente la que obliga a ello. No es de recibo que, vencido el fascismo, las leyes migratorias hoy estén marcadas por él.

Tristes guerras si no son las de la fraternidad y la solidaridad. Duras alambradas electrificadas para el que nada tiene. Tristes miradas perplejas ante el arma que les apunta y ante quien les pregunta de dónde viene, qué pretenden, qué buscan. La respuesta es tan simple que se hiela en la garganta. Hoy, las fronteras son para ellos. Para el pobre, el marginado, el perseguido. Son los mismos que fueron. Con otros nombres y otra cuna.

En el Bidasoa yacen los cuerpos de aquellos que perdieron la vida en un camino sin retorno. Han cambiado quienes protagonizaron hace setenta años la vida bajo las bombas de los fascismos. Hoy, los protagonistas siguen huyendo de otras bombas y otras hambres. Hoy, el color de la piel hace sospechosos. Sobre el Bidasoa una placa conmemorativa recuerda las víctimas de la Guerra Civil. Enfrente, una garita policial controla el paso. Frontera especialmente creada para detener al diferente, que, por serlo, se convierte en sospechoso. Se cuenta que un profesor de historia quiso demostrar el racismo existente en tal actuación: atravesó una primera vez el puente sin ser detenido. En una segunda vez, se maquilló de no europeo. Fue detenido, amenazado e “invitado” a volver a su país. Su identificación evidenció el racismo inherente a las políticas migratorias.

Sin embargo, la solidaridad anida en muchos corazones y, así, aparece un nuevo tipo de delito: el de delincuente solidario, el delincuente humanitario. Esto es, personas que ayudan a las mal llamadas ‘ilegales’ olvidando que ningún ser humano, por el mero hecho de ser humano, puede ser ilegal.

Esta nueva ‘delincuencia’, ligada al humanitarismo, se concreta en acciones destinadas a mejorar la seguridad de esos seres humanos que se atreven a cruzar fronteras y a minimizar el riesgo de terminar siendo uno más en el fondo de los mares o arrastrados por las corrientes fluviales. Los ‘delincuentes’ se arriesgan a cuantiosas multas e, incluso, a ser acusados de traficantes de personas. En Francia, los delincuentes solidarios han conseguido que no se les impute si demuestran que no ha habido un aprovechamiento personal. Sin embargo, si se pertenece a cualquier organización de Derechos Humanos, la situación cambia y podrán ser imputados si se publicita de cualquier forma. La batalla judicial no está ganada.

Los controles reforzados en las fronteras del Sur de Italia y de Grecia desde 2018 provocaron que las personas africanas precedentes de Eritrea, Somalia, Congo, Senegal, Mali… buscaran pasos alternativos atravesando la Península Ibérica al mismo tiempo que se van incrementando los controles en el cordón pirenaico que une España con Francia.

El tren llamado Topo, que conecta Guipúzcoa con Hendaya, junto a autobuses y vehículos particulares, son medios de huida habituales en la zona. En contraste, las distintas organizaciones humanitarias se unen en una plataforma integrada hoy por más de once, implantadas en diferentes municipios y que, en ocasiones, colaboran con los propios ayuntamientos.

Nos encontramos ante una situación en la que seguirán produciéndose muertes y tragedias irreversibles porque la decisión de buscar un mundo mejor es un derecho al que el ser humano no puede renunciar.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.

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