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Andalucía


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Es la región más grande y poblada de España. También la que políticamente resulta más determinante por una cuestión de peso parlamentario. Feudo tradicional de la izquierda, especialmente del PSOE, la falta de alternancia política durante más de cuarenta años llevó a la práctica de un caciquismo de izquierdas que ahora se paga, y mucho. Como han determinado las urnas se seguirá sufragando la factura. La mayoría holgada del Partido Popular resulta una humillación. Que no necesite Vox para gobernar no disminuye el descalabro. Los populares gobernaran cómodamente y en solitario, no cargando así con el estigma de un pacto con la derecha más cavernaria, especialmente cuando representaba a ésta una candidata incorrecta y sobreactuada que parece una caricatura de sí misma. Pero, a pesar de ello, el electorado popular no hacía ascos a esta suma y que más bien se abonaba. En el contexto de “guerra cultural” desencadenada, solamente hay lugar para dos bandos. Se va normalizando lo moralmente injustificable. La polaridad política exagerada que se ha estimulado tanto en Andalucía ha generado este tipo de actitudes que más que democráticas parecen propias de la cultura de las reyertas. Sorprende que una sociedad modernizada y que parecía haber superado las sumisiones sociales de antaño se vuelva entregar de forma alegre al predominio de las formas y el fondo de la hegemonía de los señoritos.

Aunque tradicionalmente Andalucía había sido la zona más atrasada de España, la que aportaba mano de obra a las regiones más industriosas o la exportaba hacia Europa, hace ya unas décadas que las cosas han cambiado bastante. Por volumen, es la tercera región económica española, aunque su PIB per cápita sea aún un 20% inferior al punto medio. Pero hace tiempo que crece por encima de la media española. Tras la mecanización del campo de los sesenta y setenta y su marcha de población, logró por medio de su clima y un buen conjunto de atractivos turísticos, levantar un sector que le ha proporcionado riqueza y empleo, aunque también buenas dosis de destrucción de su litoral. También se ha convertido en uno de los destinos preferidos para instalarse por parte de los jubilados alemanes o británicos que se benefician de su calidad de vida a precios relativamente bajos. Una especie de Florida en el sur de Europa. Aunque el turismo y la creación de grandes zonas residenciales han hecho de gran palanca de progreso económico, lo cierto es que no se ha apostado sólo por el monocultivo de estas actividades. Polos industriales han crecido en torno a la bahía de Cádiz o en el entorno de la Sevilla eterna, con factorías tecnológicas muy reputadas, mientras que Málaga se convertía en la muestra de la pujanza de la región como ciudad de referencia de la modernidad y entregándole la capitalidad cultural. El peso demográfico y su alineamiento político facilitaron décadas de abundantes inversiones en infraestructuras y comunicaciones, y no sólo éstas; que han llevado a la región no sólo a mejorar su renta, sino también su autoestima.

Las políticas de izquierdas, con todas las contradicciones, contraindicaciones y fenómenos de clientelismo que se quiera, han cambiado profundamente esta tierra y su gente. "No la va a conocer ni la madre que la parió", había previsto el histriónico Alfonso Guerra. Pero, al menos en las formas y las actitudes, algo debió hacerse mal cuando una parte del votante progresista ahora lo hace incluso por la extrema derecha. Cabe pensar que esto va con los tiempos que corren, que ocurre casi en todas partes, que es la confusión imperante entre la ciudadanía en momentos tan extraños. A las izquierdas no les queda más opción que intentar volver a conectar con su base social y hacerlo a partir de proyectos inteligibles y centrados en lo que es realmente importante más que en cuestiones identitarias que, más bien, movilizan por reacción a los opositores. El principal enemigo para el progresismo en estas últimas elecciones fue la altísima abstención que se produjo entre sus posibles electores. Los datos son claros, las clases medias y acomodadas se movilizaron bien motivadas, mientras que los sectores populares y más necesitados estaban desactivados e indiferentes. No parece que puedan cambiar las dinámicas a corto plazo. En política los estados de ánimos tardan algo en mudar. La abstención tiene sus razones, aunque la "razón política" no las entienda. Con los resultados en la mano, la derecha habla de la evidencia de un cambio de ciclo en España, mientras a la izquierda le está resultando difícil restringirlo a una dinámica puramente regional. El discurso y la cultura de una derecha extremadamente agresiva y grosera va avanzando de forma casi inexorable, mientras la izquierda se pierde en batallas inútiles sobre la identidad.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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