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El despotismo de los Frankenstein: Codicia y vanidad


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

¿Fue Shelley uno?- No, pero Mary, su mujer, sí, que fue Mary Shelley la doctora Frankenstein del doctor Frankenstein de Frankenstein.

Cabrera Infante, Guillermo, Tres tristes tigres, Seix Barral (Barcelona), 1967. pág. 409.

El Frankenstein de Mary Shelley, una emblemática novela gótica (y romántica), se ha convertido con el paso de las décadas en un icono de la cultura pop, más conocido ahora como (anti)héroe del cine de terror (¡o de serie B!) de Hollywood, uniéndose a la gran galería de monstruos y "bestias de feria" que rondan el imaginario popular y las ficciones modernas. El personaje resulta hoy ser una suerte de carácter en la sociedad y podemos encontrarlo tan solo con fijarnos en los perfiles de muchos egos y de muchos políticos, por poner un ejemplo.

El comienzo de 2014 también nos trajo otro refrito de la novela con un telón de fondo de distopía futurista (el thriller aclamado por la crítica "I, Frankenstein", basado en la novela gráfica homónima). El director Guillermo del Toro también tuvo planes para una adaptación que pretendía ser más fiel al original en forma de "tragedia fiel a John Milton". La obra también introdujo la ya famosa figura del "científico loco" abrumado por su terrible e incontrolable invento. Sin embargo, más allá de su poderoso imaginario cinematográfico y cultural, el texto original y sus dimensiones psico-filosóficas tienden a olvidarse en favor de representaciones más sensacionalistas o caricaturescas.

El primer error común sobre este antihéroe maldito es que Frankenstein no es el nombre de "la criatura" (que, por cierto, no tiene nombre, por diseño) sino el de su creador. Una confusión reveladora que adquiere todo su sentido al leer la novela, donde las dos figuras del creador y la criatura pueden verse como dos caras de una misma moneda.

Publicada a principios del siglo XIX, cuando el movimiento romántico inglés alcanzaba su mayoría de edad, el gótico, considerado como un subgénero (algo despreciado) del primero, también vivía su época dorada. Heredera de los dramas shakesperianos (Macbeth en particular) e iniciada en 1763 con El castillo de Otranto de Horace Walpole, que sentó sus bases, adquirió notoriedad con la publicación de Los misterios de Udolpho de Ann RadCliff (a menudo denominada "novela gótica arquetípica"), ambas inauguraron la figura del "villano". El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, de Stevenson, no saldría a la luz hasta 1885, justo antes de Drácula, de Bramstoker, en 1897. Pero, ¿es Mary Shelley la digna heredera de sus predecesoras? Sí... y no. Si asume algunas de sus características típicas, también innova introduciendo nuevos motivos y tropos (trío de héroes masculinos, ambivalencia, mise en abyme, problemas existenciales) y una trama más compleja. Sobre todo, revisa y reinventa la figura tradicional del "villano". Algunos incluso afirman que la novela es la precursora de la ciencia ficción.

Sea como fuere, el relato, escrito, según la leyenda, en el marco de una simple competición entre amigos (el prestigioso Percy Shelley, su marido y Lord Byron en particular) por una Mary Shelley de apenas 19 años, ha dado lugar a múltiples interpretaciones que van desde los análisis bíblicos y mitológicos hasta las lecturas feministas y autobiográficas. La propia autora se basa abiertamente en mitos y textos religiosos. Empezando por su subtítulo, que sitúa la historia bajo el signo de Prometeo, el Titán que, en la mitología griega, robó el fuego sagrado del Olimpo (el "conocimiento divino") para ofrecerlo a los humanos.

Así pues, es posible leer este "cuento moral" alegórico desde varios ángulos, que combinan diferentes temas existenciales como la ambición humana -y en particular la sed de conocimiento ilimitado-, pero también la irreprimible -y desesperada- necesidad de amor en todas sus formas, y simplemente la búsqueda de la felicidad saboteada por la lucha contra el enemigo interior, las grandes pasiones humanas del miedo, la venganza o el odio.

¿Cuál es el mensaje central de la novela? Es común resumirla como una historia sobre una búsqueda (supuestamente) ilícita de conocimiento de un orden divino y el peligro de cruzar los límites humanos permitidos. Pero si escarbamos bajo su superficie, encontramos una historia que hunde sus raíces en el corazón de los impulsos y deseos humanos más primarios, sobre todo el deseo de aprender que está visceralmente arraigado en el alma humana, así como el deseo de amar (y ser amado). Shelley explora hábilmente estas necesidades humanas básicas y sus respuestas emocionales asociadas, mostrando en particular su interconexión: cómo una influye en la otra. Orquesta brillantemente una serie de catalizadores que funcionan en reacciones catastróficas en cadena: el desamor y el rechazo que llevan al odio y al deseo de venganza, la obsesión que lleva a la autodestrucción, o cómo la ausencia de miedo confiere omnipotencia, etc. Sin embargo, en este rico cuadro de pasiones humanas, se observa la sorprendente ausencia de cualquier deseo sexual, y en su lugar una inocente sed de afecto y de interacción humana.

A la luz de esta afirmación, el relato ilustra entonces la dificultad del creador para controlar plenamente el fruto de su investigación, que puede escapársele y alcanzarlo o incluso apoderarse de él (lo que se convertirá en un tema clásico de la ciencia ficción futura). Esta idea queda mágicamente plasmada en una de las frases más famosas y aterradoras del libro, cuando el monstruo visita a Frankenstein en su laboratorio en el capítulo 20 para reprenderle por no haber conseguido una pareja: "Tú eres mi creador, pero yo soy tu amo... ¡Obedece!". Esta tesis encuentra fácilmente aplicaciones en los siglos XX y XXI: desde Einstein (cuyo nombre resuena inquietantemente con el de Frankenstein) y la bomba atómica hasta Mark Zukenberg y su Facebook con tentáculos. Un enfrentamiento creador/creado que también aparece en el personaje de Augusto Pérez en Niebla de Unamuno, sin ir más lejos.

Con ello, Shelley plantea una cuestión ideológica y moral de carácter filosófico que es, sin duda, la fuerza del libro: ¿cómo gestionar el conocimiento? ¿Es el conocimiento realmente peligroso para los humanos? ¿O puede la investigación científica estar libre de consideraciones ideológicas? El autor no responde a estas preguntas, salvo condenando la idea de progreso de un plumazo, lo que es poco realista...

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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