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Nuevos enfoques ante nuevos retos y dilemas


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

En las sociedades de nuestro tiempo el pulso de la calle se encuentra alborotado. Y no faltan razones para ello. Hay que tener en cuenta que estamos ante circunstancias y problemas de alta intensidad, que suscitan preocupaciones e incertidumbres y se traducen en una continua ebullición de los estados de ánimo de muchas personas, con cambios vertiginosos en la opinión pública. Opinión que se ve influida por una estructura de medios de comunicación que en gran parte ha quedado obsoleta, no solo en lo que se refiere a soportes técnicos, sino sobre todo en su capacidad para transmitir informaciones claras y mínimamente ordenadas y veraces. Algo que está dando lugar a una pérdida de audiencias y a inestabi- lidades financieras, que en muchos casos se traducen en una precarización de las condiciones laborales y económicas de los profesionales de la comunicación, acompañada por externalizaciones que tienden a reemplazar el viejo trabajo informativo que se atenía a procedimientos y enfoques meticulosos y objetivos, por las contrataciones externas de artículos –a tanto la pieza– en los que predominan las opiniones, los chascarrillos (a veces demasiado hirientes y descalificadores) y las ocurrencias, orientadas a intentar llamar la atención de las audiencias.

Aunque los efectos de estas tendencias no dejan de ser inquietantes en términos de madurez democrática, lo cierto es que la responsabilidad de lo que está ocurriendo en muchas sociedades en las esferas político-comunicativas no es atribuible solo a los cambios y las nuevas tendencias informativas, sino que se encuentra en las dificultades –y perezas– para adaptar la Política (con P mayúscula) a las nuevas realidades societarias. Que no son pocas. Y de gran alcance.

¿Viejas políticas para nuevas sociedades?

El cambio de paradigma de sociedad al que estaba conduciendo la revolución científico-tecnológica en la que estábamos inmersos desde hace varios lustros ha experimentado una aceleración notable en los años del shock del coronavirus, tal como hemos analizado en un reciente libro editado por el CIS, en el que se aportan análisis multidisciplinares detallados, sustentados en una abundante información empírica1.

Estos cambios han dado lugar a que las demandas políticas se estén reorientando mayoritariamente hacia objetivos conectados con las necesidades de tener más seguridad en ámbitos vitales cruciales. Algo propio de las épocas en las que se desbordan las dificultades y se ponen en crisis las certezas en creencias, en salud, en empleo, en ingresos y en cuidados. Por eso, se comprenden los apoyos que tuvo el consenso keynesiano en los treinta años posteriores a un ciclo económico, social y político horroroso que culminó en la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los retos políticos más importantes ante el que se encuentran emplazados los partidos políticos en las sociedades de nuestro tiempo es sintonizar mejor con las demandas, necesidades y expectativas de una ciudadanía cada vez más formada, que aspira a avanzar por el camino del progreso de la humanidad en la dirección de la equidad, la reciprocidad, la participación, la igualdad y la libertad de todos los seres humanos.

Actualmente, junto a todos los cambios subyacentes de nuestras sociedades, estamos ante una pandemia que ha con- mocionado todas las estructuras societarias y actitudinales, ante una agresión bélica en suelo europeo tan inhumana como destructiva y ante unos torbellinos económicos que ponen de relieve la necesidad de nuevos ajustes en los enfoques económicos heredados de la ruptura con el anterior consenso económico keynesiano. Ruptura que nos ha llevado a sociedades más ricas y tecnológicamente más avanzadas, pero en las que las riquezas tienden a concentrarse en cada vez menos manos, mientras millones de seres humanos no disponen de lo más necesario para vivir dignamente en buena parte del Planeta. En tanto que en los países más desarrollados la calidad de los empleos se deteriora, y muchos jóvenes, pese a sus altas cualificaciones, se ven sometidos a procesos de precarización laboral y salarial, experimentando dinámicas de movilidad social descendente respecto a las generaciones de sus padres.

Si a esos problemas añadimos las crisis energéticas y las inquietantes tendencias de deterioro medioambiental del Planeta, se entiende que muchas personas se encuentren inquietas y preocupadas. Lo cual es comprensible, e inevitable. Pero la cuestión no estriba en que exista mucha inquietud, sino que esta se vea acompañada también de bastante desorientación y, a veces, de una falta de horizontes y propuestas rigurosas sobre cómo salir de lo que algunos viven como un destino negativo inexorable; en especial, por los climas existentes en el ámbito político y comunicacional, en el que “hacen su agosto” los propaladores de extremismos apocalípticos y de argumentarios agresivos.

Todo lo cual conforma un panorama interpenetrado de viejos enfoques y de clichés negativos ante situaciones que son nuevas y que requieren enfoques y procedimientos que también tienen que ser nuevos y estar centradas en las posibilidades de encontrar salidas progresistas ante los retos que tenemos por delante. Retos que debieran contemplarse y valorarse en lo que tienen de estímulo y oportunidad para avanzar hacia futuros mejores.

Nuevos patrones de comportamiento político-electoral

En la época política de transición –esperemos– que estamos viviendo, uno de los desajustes de mayor alcance es el que existe entre lo que esperan muchos de las ofertas político-electorales (relacionadas con sus prioridades y demandas) y la manera en la que suelen transcurrir los debates político-electorales, contaminados por odios, descalificaciones e insultos personales, junto a inespecificidades recurrentes. En definitiva, con “muchos ruidos y pocas nueces”.

De ahí que en estos momentos nos encontremos ante tendencias político-electorales negativas que hay que ser capaces de identificar y analizar para lo- grar que sean remontadas. Por ejemplo, actualmente hay pocos “electores” fijos de partidos políticos concretos. Como antes ocurría con los votantes socialistas, comunistas, demócrata-cristianos, liberales, etc. Ahora, las personas que “siempre votan a un partido concreto” se sitúan, dependiendo de cada país y circunstancia, por debajo del 20%. Y en algunos países ni siquiera eso. Lo que explica la práctica desaparición en bastantes lugares de partidos políticos históricos, antaño muy estables e influyentes.

A su vez, a este componente de incertidumbre electoral –también en los pronósticos– se une que cada vez más personas no tienen un solo partido como referencia, sino que suelen dudar entre dos o tres partidos políticos a la hora de votar. Y tienden a dudar también hasta el último momento. De hecho, los que retrasan la decisión de a quién votar hasta la última semana son más de un tercio del electorado. Y, más aún, los que toman la decisión el mismo día de la votación se sitúan en torno al 10% de la población en edad de votar. Especialmente entre los jóvenes.

Por eso, más que de un simple aumento de la volatilidad de los electorados, estamos ante una tendencia hacia la desestructuración de la lógica y la funcionalidad anterior de los comportamientos electorales. Es decir, hay que entender que se está evolucionando hacia sociedades mucho más abiertas en las que los comportamientos electorales se estructuran –y se explican– por razones más complejas y a veces más difusas y menos predecibles.

Nuevos enfoques políticos

Todo esto no cambiará hasta que la realidad política y sociológica de los partidos políticos no logre adaptarse –y encajar mejor– con las nuevas realidades sociopolíticas emergentes.

La adaptación a estas nuevas realidades no es –no va a ser– una cuestión sencilla ni rápida. Ni consiste solo en “comprender” las nuevas demandas que plantean los electores, y de manera muy especial los que sufren mayores riesgos de deterioro o subposicionamiento socio-económico, como los jóvenes, las mujeres, los pensionistas con menos ingresos, los inmigrantes, etc.

Todos estos sectores sociales no se van a movilizar con la intensidad suficiente si los partidos políticos con sensibilidad social solo asumen sus demandas de manera epifenómica y temporal (en campaña), sino si tales reivindicaciones pasan a formar parte estructural de su proyecto programático de fondo, a medio y largo plazo. Y, también, y no como lo menos importante, si ellos mismos, junto a otros sectores de la población, tienen la posibilidad real de cogestionar los procesos de elaboración de sus propuestas programáticas. O lo que es lo mismo, si se asume que la democracia en su actual estado de evolución forma parte de un proceso continuo de ampliación de las esferas efectivas de participación y codecisión. Algo que se encuentra en las antípodas de las viejas prácticas clientelares y de control de arriba-abajo que aún persisten en bastantes partidos. No solo en los de la derecha, que tienen asumida la lógica procedimental de las relaciones de jefatura y patronazgo. El “jefe” o el “patrón” es lo que se suele decir en estos partidos cuando se refieren al líder de su organización. Partidos que en bastantes casos no realizan verdaderas elecciones primarias para la elección de candidatos.

Nuevos retos políticos

Por todo ello, es preciso incorporar nuevos enfo- ques, talantes y procedimientos a la acción política, no por el afán de buscar novedades, o por la oportu- nidad de presentarnos como innovadores y avanzados en algo nuevo, sino porque las nuevas realidades políticas y sociológicas y los niveles de formación y conocimiento de los electores exigen respuestas y procedimientos que solo han sido experimentados hasta ahora parcial y limitadamente. Además, hay que hacerlo con la convicción de que con tales enfoques estamos anticipando lo que acabará siendo una democracia más participativa y madura del futuro, en la que los ciudadanos se implicarán de manera más activa y cotidiana. Por eso, uno de los retos políticos más importantes a los que hay que dar respuesta actualmente es potenciar la capacidad de innovar y avanzar por el camino del progreso de la humanidad, actuando cada vez con más resolución y eficacia en la dirección de la equidad, la igualdad y la libertad de todos los seres humanos.

Y, aún sin agotar el tema, un elemento adicional que está afectando a la dinámica debilitadora de la vida política es el que se conecta con las viejas formas de hacer política y de plantear proyectos e ideales, como si esto pudiera hacerse sin pasión, sin emociones, solo desde ópticas empequeñecedoras, cortoplacistas y diluidas. Incluso se está viendo cómo algunos concurren a las elecciones sin programas, sin propuestas específicas que vayan más allá de la descalificación sistemática de sus adversarios, que ellos demonizan y consideran “enemigos a muerte”; o incluso algunos solo utilizan como reclamo electoral su nombre propio, al margen de cualquier sigla de partido, que ocultan en todo lo que pueden, como si fuera en sí mismo algo malo por el hecho de ser un partido político. De forma que al final algunos se ven emplazados a votar solo una sonrisa, o una pose fotográfica agradable.

En definitiva, las necesidades de reencuentro con una genuina democracia, que esté constantemente experimentando tensiones de mejora y contraste, se encuentra en las antípodas de lo que muchas veces ocurre y estamos viendo reflejado en la actual estructura de los medios de comunicación social.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

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