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“Identidad y autenticidad en el teatro Unaminiano”


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Natata / Shutterstock.com Natata / Shutterstock.com

¡La Historia! Todo se nos reduce a aquella fe

pagana que se encierra en el verso perdurable

de la Odisea: los dioses traman y cumplen la

destrucción de los hombres para que tengan

argumento de canto los venideros.

Miguel de Unamuno

Fue un pensador e intelectual más cosmopolita de lo que parece. Le gustaba estar al tanto de las corrientes culturales y sociales europeas. Convencido como estaba que ‘el teatro burgués’ era vulgar, anquilosado y únicamente se concebía como entretenimiento y vía de escape de quienes no querían ni buscaban otras preocupaciones, Miguel de Unamuno como tantas otras veces, reaccionó frente a él.

Sus textos son metafísicos, plantean problemas filosóficos como el de la identidad…, intentan crear polémica, dan que pensar, se sustentan en la fuerza de la palabra y con frecuencia, tienen un carácter dialéctico. No es de extrañar, por tanto, que las escasas obras suyas que se representaron, no contaran con el apoyo ni con el aplauso del público, ni de la crítica menos exigente.

En sus obras más representativas, no es difícil encontrar un afán experimental y renovador, así como una angustia existencial. En lugar de buscar el aplauso del público halagándolo, tal y como hacían otros, su teatro es consciente y premeditadamente, minoritario y rebelde.

El contexto era de un más que evidente bajo nivel. Ejercían un monopolio dramaturgos mediocres mas quizás, por eso mismo, prolíficos, que se habían adueñado, casi por completo, de la escena. En esas condiciones no había lugar para plantear conflictos morales o sociales, tal y como estaba sucediendo en otros países. Pensemos, sin ir más lejos, en los dramas complejos de Ibsen.Todo era conformismo y rutina.

Unamuno se propone indagar y profundizar sobre problemas como el de la doble personalidad. Aprovecha asimismo, su conocimiento del mundo clásico para traer al presente tragedias, como la Fedra de Eurípides.

El teatro unamuniano está despojado de todo artificio. Es esquemático y sólo interesan los conflictos y pasiones. Es además, austero. La escenografía es pobre, casi desnuda, similar a los montajes de Jerzy Grotowski.

Puede sostenerse que el teatro de Unamuno es de angustia metafísica. La presencia agazapada de la ‘dama de la guadaña’ es también, una constante. En sus obras hay palabras que son como sombras. De hecho, las palabras son intermediarias entre la realidad y el yo profundo. Los crímenes suceden, no pocas veces, bajo la acusadora interrogación de los espejos. El verdadero ‘escenario’ de sus dramas es el interior atormentado de sus personajes.

Procedamos ahora a exponer algunos datos de interés sobre El Otro, escrita en 1926 bajo la ‘dicta-blanda’ de Primo de Rivera, aunque no se estrenó hasta el 32, durante la Segunda República. En un subtitulo expresivo la define como Misterio en tres jornadas y un epílogo. Sin la menor duda, es una pieza que se inscribe en el teatro experimental.

Su carácter innovador, también, se aprecia en que aparentemente es un relato policiaco que se despoja conscientemente de todo ornamento y se centra en los conflictos y pasiones de los personajes.

Su argumento es esquemático. Cosme y Damián son hermanos gemelos o lo que es lo mismo, asistimos a la actualización del drama bíblico de Caín y Abel, que el propio Unamuno había tratado en su novela Abel Sánchez.

La escisión o alienación lleva al paroxismo y casi a la locura. Dos hermanos gemelos, uno asesino y otro asesinado, cuyo cadáver ha sido enterrado en el sótano. No se sabe, a ciencia cierta, quien es Cosme y quien Damián. De hecho, es casi imposible averiguarlo. La rivalidad, también se manifiesta, entre Laura esposa de Cosme y Damiana mujer de Damián. Las dos, afirman que el ‘superviviente’ es su marido...

Se estrenó en el teatro Español de Madrid, el 14 de diciembre de 1932. Sus intérpretes más destacados Enrique Borrás y Margarita Xirgú, acompañados de Ricardo Contreras y Laura Bori.

Durante el franquismo el teatro unamuniano apenas accedió a los escenarios, es más, llegó a convertirse en un teatro intelectual ampliamente rechazado y censurado por el régimen.

Creo, no obstante, que es de justicia señalar que en 1995, El Otro fue repuesto en la desaparecida Sala Olimpia, enclavada donde hoy se encuentra el Teatro Valle Inclán. En esas representaciones, a una de las cuales pude asistir, destacó por su fuerza y su contenido dramatismo, la actriz Alicia Hermida.

Las críticas al estreno en 1932 fueron, en líneas generales, inteligentes y acertadas. Antonio Espina en “Luz”, diario de tendencias claramente republicanas, comenta que en la obra “se siente la gravitación irremediable de lo fatal”, añadiendo en otro momento que Unamuno “incapaz de resignación, llega a provocar al destino, al misterio de la muerte, ansioso de desentrañarle”.

Por su parte en el diario “Ahora”, cuyo director era Luis Montiel y subdirector Manuel Chaves Nogales, donde colaboraban algunos intelectuales como Valle Inclán o el propio Unamuno, realiza una crítica excelente que pone de manifiesto una comprensión profunda de las claves de la obra. “Cosme, Damián, –cualquiera (de los dos) da lo mismo- con quien lucha, a quien mata, pero al que no puede enterrar, es a su otro yo, la compleja personalidad –la realidad y la apariencia- que está en el subconsciente de todos los nacidos y que estalla en conflictos de conciencia determinando dramas interiores”. Es oportuno señalar que Miguel de Unamuno fue uno de los primeros en interesarse por las teorías de Sigmund Freud. La crítica está firmada por L.B. y se puede observar en ella un conocimiento nada superficial de las claves del teatro unamuniano.

El diario “ABC” por su parte, señala el cainismo de la obra. La eterna lucha entre Caín y Abel. El diario madrileño percibe la actualización de la lucha entre los dos hermanos, señalando que se dignifica la figura de Caín, mientras la de Abel es vilipendiada. Lo que según el autor de la crónica, que en esta ocasión firma F., es una prueba más de la originalidad paradójica de Unamuno.

Comparemos estas críticas con la zafiedad y estulticia de las que tenían lugar bajo la dictadura franquista. Veintiocho años después del estreno, el teatro de cámara de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, la representaría tanto en la capital de España como en Zaragoza. Los imprudentes, temerarios y retrógrados juicios que reproduzco, hablan elocuentemente, por sí mismos. El autor de la crítica –que se refugia en el anonimato- comienza por señalar que, habiendo un teatro español ‘sin morbosidades’ porqué tenían que haber elegido la reposición de esa pieza, a la que califica de una inmoralidad repugnante, señalando que en sus obras ‘desahoga su bilis’ y que los diálogos son sucios. No son las únicas ‘perlas’, comenta además, de forma tan anticuada como reaccionaria que “muchas señoritas tenían que escuchar procacidades sin cuento que ruborizarían a cualquiera”

Lo que parece claro y rotundo es que Unamuno, con su pensamiento paradójico y con su crítica a todo lo banal, conformista y fatuo, se alza contra la devaluación de la palabra y del pensamiento que presidía la escena en esos años. Ni se engaña a sí mismo, ni hace la menor concesión a la responsabilidad de los intelectuales, tanto en su presente incierto como en el futuro.

Procuró estar –a veces lo consiguió y otras no tanto- más allá de la ceguera reinante. Como autor teatral fue soberbio y egocéntrico, mas nunca quiso pactar con los convencionalismos al uso. De ahí, su constante labor experimental.

Hay una vieja distinción entre una estética de carácter autónomo y otra, heterónoma. En ningún momento vaciló sobre la trayectoria que debía seguir. En su teatro, especialmente en las escenas más desgarradoras, late con fuerza una tensión dialéctica.

Su carácter era muy autoexigente y en su ética puede verse, sin mucha dificultad, la impronta kantiana. Por eso, me extraña que no se haya analizado, más detenidamente, el carácter fuertemente crítico, intranquilizador, inquietante y sobre todo, complejo de sus piezas teatrales. Sus obras son más obscuras de lo que parecen inicialmente y violentas, mas hacia dentro íntimas y profundas.

Su teatro es de interioridad. Consiste, esencialmente, en buscar y rebuscar una y otra vez ‘en las profundidades del yo’. Pretender alcanzar la verdad, descubrirla y despojarla de todo lo superfluo resulta, quizás, un tanto jeroglífico pero no deja de ser un intento lleno de autenticidad.

Sus tragedias son de una enorme riqueza simbólica. Hay en ellas crudeza mas la moralidad y la justicia están presentes en los conflictos. Es el suyo un teatro rebelde.

El escenario es sencillo y complejo a un tiempo, como si se tratara de un recipiente donde en el fondo reposa el tiempo. Los problemas que plantea son ardientes y trágicos. Al carecer de cualquier solución, acaban consumiéndolo todo anunciando tras sí, metafóricamente, las cenizas de la destrucción.

Sus escenas muestran con nitidez la impotente agonía de la duda. Sus personajes están encerrados ’en sí mismos’ y cargan como un fardo pesado: sus secretos inconfesables.

Algunos críticos han señalado –quizás como consecuencia de no haber comprendido sus claves- que sus obras son lentas. No se dan cuenta de que para quien sufre y padece hasta la extenuación, no es posible aligerar el peso de plomo de las horas. Unamuno, intenta transmitir esa sensación, esa desazón que atenaza la conciencia y que angustia.

La sombra del mal se oculta como las serpientes unas veces y otras, es un buitre que planea en el horizonte y que de pronto cae en picado, hasta clavar sus garras en los condenados por un designio incomprensible y fatal. La soledad para Unamuno es un asfixiante espacio sin relojes.

La soledad es una condena que lleva irremediablemente a la incomunicación, llegando a confundir el diálogo con el monólogo ¡qué otra cosa es el diálogo sino un monologo con el yo interior!

Como síntesis, de cuanto he venido exponiendo en el Unamuno dramaturgo las palabras guían, conducen y encauzan el pensamiento.

A menudo, sus obras se sitúan en un espacio fuera del tiempo. La comezón interior que ‘devora’, no es infrecuente que finalice en suicidio. Somos los hombres una concatenación de desgracias que nos hieren e incluso nos aniquilan, por asfixiante que sea una situación siempre puede ir a peor. No hay salida. Su pesimismo es abrumador y abrasante.

Unamuno no rehúye los conflictos trágicos como el incesto, con su correlato de culpa. En sus tragedias acostumbra a introducir traiciones, ambiciones, mentiras… que van cercando a los personajes hasta conducirlos a la destrucción.

Miguel de Unamuno fiel a sí mismo, las más de las veces, elige personajes atormentados y traslada a la escena situaciones de manifiesta profundidad filosófica y moral.

Hoy, su teatro se representa poco o casi nada. Esto no es obstáculo para que se analicen sus textos dramáticos con solvencia por quienes se atreven a ‘zambullirse’ en su complejidad.

Esta aproximación a la dramaturgia unamuniana es necesariamente incompleta y parcial. Muchas de sus obras podían ser analizadas como he hecho aquí con El Otro, con mejor o peor fortuna.

La Fundación Progreso y Cultura de UGT, ha organizado un Ciclo entre septiembre y noviembre, con el título “El Pensamiento de Unamuno hoy”. Me corresponde hablar sobre las claves del teatro unamuniano.

Junto a lo expuesto aquí, me gustaría complementarlo con una visión de la importancia del mito en su teatro, a través de la tragedia Fedra.

Aun así, no se daría sino una visión parcial, tal es la riqueza de sus textos, mas se abarcaría si no el conjunto de su producción, al menos una parte significativa de su obra dramática.

No quiero finalizar esta colaboración sin un ruego. Sería oportuno que algún teatro público incluyera en su programación alguna de sus obras, aunque solo fuera para que las generaciones que no han tenido la oportunidad de asistir a ninguna representación puedan enfrentarse, mediante una interpretación respetuosa con las claves unamunianas, a alguno de los conflictos desgarradores y hondos que se atrevió a plantear en escena

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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