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Los votos del malestar


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Las tres últimas convocatorias electorales, lejos de valorar la gestión autonómica, que era de lo que se trataba, se han centrado sin embargo en la oposición y el desgaste de la política del gobierno central y de sus apoyos parlamentarios.

Por eso, sin solución de continuidad, los analistas políticos, en función de su sensibilidad ideológica, lo han achacado el resultado, además de a la política andaluza, de un lado al relato identitario o de otro a la falta de valentía en las acciones del gobierno central, y han pronosticado la apertura de un nuevo ciclo político conservador.

El caldo de cultivo es por una parte una cultura uniformizadora sobre la unidad de España que se ha acrecentado para hacer frente a los aliados independentistas del gobierno, precisamente en unos territorios con un nacionalismo español arraigado. Y todo ello a pesar de que las profecías apocalípticas sobre la inminente ruptura de España no se han cumplido y que por contra los signos de inestabilidad se han rebajado sustancialmente.

Además, el grueso de la gestión de los respectivos gobiernos autonómicos, en particular de las políticas sociales y sanitarias que son lo fundamental de sus competencias, han quedado ocultas tras el ruido y la furia, primero de las restricciones y los efectos dramáticos de la pandemia y ahora de las consecuencias inflacionistas de la guerra y la sensación de incertidumbre sobre el futuro. Todas han sido atribuidas en su totalidad al gobierno central de Pedro Sánchez, ya que a veces en un alarde de hiperactividad ha asumido como propias las consecuencias de los recortes y de las debilidades de gestión de competencia autonómica. Poco importa que los males a consecuencia de la pandemia y de la guerra y las medidas para paliarlos hayan sido muy similares, cuando no compartidos tanto en Europa como en buena parte del mundo, sin que sea posible achacarselos a ningún un gobierno ni a ningún país en particular. Si acaso a la globalización y a un orden internacional incapaz de funcionar en la incertidumbre y de prevenir las catástrofes.

Algo que sin embargo sí ha sido aprovechado por parte de la derecha, tanto desde la oposición, como en particular desde sus gobiernos en las CCAA más para una estrategia de confrontación y de desestabilización política, que para la debida colaboración frente a los efectos de la pandemia y de la guerra. Todo ello hasta ahora con más éxito que reproche electoral.

Otra de las razones es que los periodos críticos como los vividos favorecen el voto a la estabilidad y a la continuidad de las mayorías de los gobiernos, y así ha sido a lo largo de toda la pandemia, independientemente de su compatibilidad con el mantenimiento del voto antisistema de la ultraderecha.

Paradójicamente, las políticas de protección y reactivación del tejido económico y las políticas sociales del gobierno, que han tenido como consecuencia los favorables datos de crecimiento y de empleo actuales en España, han aparecido confundidas con otras medidas populistas que han polarizado a la sociedad. Por eso no parecen haber sido lo fundamental de la valoración en términos electorales. En todo caso quedan empañados tras el falso relato de la derecha y sus medios de información sobre la ruina económica de España y el expolio de los impuestos del gobierno, debidamente orientados ante el impacto de la fuerte escalada de los precios de la energía y de los alimentos y el consiguiente malestar entre los trabajadores y los sectores medios. Una situación que no tiene visos de arreglarse a corto plazo, al menos en tanto en cuanto se mantenga la guerra y sus consecuencias económicas y sociales. Todo ello si no se le añaden además nuevos conflictos con la mayoría parlamentaria y se acentúan los líos entre los socios del gobierno.

Una vez construido el falso relato de la ruina y el expolio, se presenta también la solución fácil del populismo a un problema conplejo, creando la impresión de que un cambio político en el gobierno de España acabará con todos los males, poco menos que de forma milagrosa. Por eso, tan importante como el mantenimiento la orientación progresista de las medidas económicas y sociales del gobierno y la estabilidad de la mayoría parlamentaria, es la creación y la contraposición de un relato creíble construido en base a datos de la realidad pero también dotado con emociones. No obstante, todo relato para alcanzar a la sociedad necesita de un proyecto que no sólo lo elabore, sino que lo dote de materialidad y lo defienda, no sólo del adversario ideológico sino tambien de las contradicciones que la acción de gobierno genera. Un proyecto que hoy más que compartido se encuentra compartimentalizado.

De todo lo anterior, se concluye que el populismo retrocede entre los nuevos partidos, con la excepción de la ultraderecha, pero se extiende como una mancha de aceite entre los ciudadanos, y en particular entre los electores tratados por los partidos, los medios de comunicación y las redes sociales como narcisos sin empatía y sin responsabilidad. Unos votantes que sienten como un agravio personal el malestar social, sea real o imaginario, y se refugian en la lógica de la alternancia, de las causas irredentas o la de la ira antipolítica, como una huida hacia adelante.

El populismo ofrece soluciones que no tiene y los ciudadanos lo apoyan a sabiendas de que se trata de un engaño que luego justificará el agravio y la frustración.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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