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Tercer aviso, está vez en Andalucía


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Finalmente, a diferencia de lo previsto, la derecha ha logrado una contundente mayoría absoluta para gobernar, la ultraderecha no ha logrado la acción de oro que daba por hecha y la izquierda no le ha dado la vuelta a las encuestas, sino que ha continuado con su caída. Como consecuencia, a diferencia de las recientes elecciones en Castilla y León, la derecha no necesitará pactar con la ultraderecha para lograr la investidura y la izquierda continuará ejerciendo la tarea de oposición en Andalucía, así como la de gobierno en España, pero desde una posición más débil.

Todo ello en un territorio de más seis millones y medio de votantes, que hasta hace poco se consideraba poco menos que un feudo socialista, en el que la división interna del PSOE fue el caldo de cultivo para que las derechas sumaran sus escaños la legislatura pasada para investir entonces al joven sorayo Moreno Bonilla.

El resultado final vuelve a combinar, con mayor contundencia si cabe, el apoyo y la victoria del PP, partido mayoritario en el gobierno, con la estabilización de la rabia populista de la ultraderecha contra el sistema democrático, como por otra parte ha sido la constante de los resultados a lo largo de las elecciones en pandemia. El voto a la seguridad se impone al de la rabia en un tándem que hasta ahora parecía imbatible.

Mientras la izquierda, que sigue lamiéndose todavía sus heridas, ha tenido un resultado peor de lo previsto y se ha cumplido la profecía que apuntaba al desplome.

Todo, entre una campaña de agitación antipolítica de la ultraderecha y la campaña de baja intensidad del PP, encaminada a instalar su victoria cómo inevitable y como consecuencia a desmovilizar finalmente la participación de las izquierdas. Una coalición templada de PP y Ciudadanos, pero con medidas fiscales, ambientales y de recorte social conservadoras, en que no solo se ha cambiado el mantel, sino que se ha sometido a una dieta a los servicios públicos, aunque finalmente haya prevalecido entre los andaluces la imagen de continuidad. Solo Ciudadanos ha intentado hablar de su papel en la gestión, lo que ha favorecido al socio mayoritario. Mientras tanto, la ultraderecha se ha estancado entre la ciénaga de la corrupción y sus fobias y obsesiones, pagando finalmente el adelanto electoral y una campaña disparatada, aunque se presentasen como garantes de la estabilidad.

Porque últimamente, la gestión de los gobiernos autonómicos ha sido solo un ruido de fondo para una parte importante de los ciudadanos que se muestran incapaces de anteponer las responsabilidades de su gobierno autonómico con respecto a las del gobierno central en la campaña, para así premiar o castigar la mejor o peor gestión, que sería lo propio de unas elecciones de ámbito territorial. Porque la sanidad pública, la educación y la atención a la dependencia, dentro del estado de bienestar, en particular en el contexto de la pandemia, parece que se atribuyen por una buena parte de los votantes al gobierno central.

Por otra parte, el ataque de las nuevas derechas al autogobierno de las CCAA, iniciado desde la crisis financiera y con los primeros casos de corrupción, ha provocado el repliegue de las políticas autonómicas y de sus instituciones, y la consiguiente derivación de la dación de cuentas de su gestión a la mera relación de afinidad o de oposición al gobierno central.

Por eso, no ha calado la crítica de la izquierda a la gestión de la derecha en la campaña, y tampoco ha logrado rentabilizar los avances de las medidas sociales y laborales del gobierno central.

La paradoja es que hoy ya no se vota la gestión de las competencias propias en cada Comunidad Autónoma, sino el grado de oposición o de exigencia al gobierno central en relación a la política general y en la repercusión territorial de sus medidas. Así ha ocurrido en las elecciones autonómicas de la última legislatura en relación a cuestiones como la pandemia, la accidentada recuperación económica y a los graves efectos sobre los precios de la guerra de Ucrania.

Así, se ha vuelto a demostrar en estas elecciones anticipadas en Andalucía, como también hace bien poco en las de Castilla y León y Madrid, que ha movilizado más el voto de oposición al gobierno central, más o menos radical, que el balance de la gestión de las competencias autonómicas.

La contundencia del resultado anuncia además un nuevo ciclo político, sobre todo si el PSOE y su izquierda no toman nota de la seriedad del aviso. En todo caso, la pretensión de la derecha de dar a estas elecciones andaluzas el carácter de primarias que incluso provoquen el adelanto electoral, tampoco parece que vaya a salir adelante, al menos por ahora.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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