HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

En la cola del supermercado


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El martes, en la cola del supermercado, asistí a una curiosa discusión, protagonizada por dos mujeres que esperaban su turno para pasar por la caja registradora. Estaban en filas distintas, de modo que el motivo de la disputa no estuvo en un mero incidente de orden instrumental, del estilo de “no se cuele usted”. Desconozco cuál fue la chispa que encendió el fuego verbal, el caso es que la candela dialéctica prendió con rapidez. La polemista A pasaba de la cincuentena y era latinoamericana. La polemista B estaría en los treinta y pocos, era española, y estaba acompañada por su novio o marido, en extremo cariñoso, y sospecho que alemán, o acaso anglosajón. La atacante, llena de furia y resortes lingüísticos, era la polemista A. La polemista B se defendía con eficacia y contundencia. En un momento, la señora A dijo, sin venir aparentemente a cuento: “Además, para que se entere, yo hablo cuatro idiomas”, a lo que la mujer B contrarrestó de inmediato asegurándole que ella hablaba cinco.

A partir de ese instante la discusión siguió alternándose en distintas lenguas. Tan pronto se ponían verdes en inglés, como una de ellas (la A) recurría al francés y dejaba en el aire del supermercado un notable monólogo. En choques dialécticos como este se da uno cuenta de la importancia de conocer idiomas, porque si el enfrentamiento me ocurre a mí, a las primeras de cambio, cuando mi interlocutor(a) echa mano de distintos registros idiomáticos me deja fuera de juego. Además, en el caso que les cuento, cuando cambiaban de lengua yo me quedaba sin enterarme de los piropos que las púgiles se lanzaban, dado que, como es natural, en el supermercado no había traducción simultánea. En un momento dado intervino en la contienda un guarda de seguridad, no para ejercer de traductor, como yo hubiera deseado, sino para intentar, sin resultado, calmar las aguas verbales. La polemista A, la cincuentona, aseguró que estaba cansada de las españolas, que no las soportaba, y que aquí éramos muy listos y utilizábamos a los extranjeros para vivir mejor. Claro que, en honor a la verdad, debo decir que ella, aunque extranjera, no daba la impresión, precisamente, de ganarse la vida en el servicio doméstico. La señora A increpó asimismo a la señora B, haciéndole saber que “usted se siente muy segura, y se hace la mujercita, porque va al lado de un hombre”. El hombre en cuestión, alemán o anglosajón, mantuvo una exquisita neutralidad durante el combate y dio la impresión de pasárselo muy bien, si me atengo a la permanente sonrisa que tenía dibujada. No sé por qué tuve la sensación de que la clave de la discusión estuvo en la presencia del hombre, sumamente cariñoso y sobón. Yo me pregunté: cuando esto haya acabado, ¿dónde irá cada una de estas dos contendientes? Y así, en un plano hipotético, se me presentó más despejado el inmediato destino de la polemista B. El asunto se demoró un buen rato, ya se sabe como son las colas en este país. Yo, cuando pagué las cuatro cosas que había ido a comprar, aguanté todavía un par de minutos a ver si se resolvía el lance, sin embargo me marché sin saber en qué terminó el asunto. Tampoco sé cómo empezó. Sólo viví el desarrollo, sorprendente y ameno para combatir el tedio de una cola. Estas cosas pasan y uno las anota en la memoria para contárselas a su mujer o a los amigos.

El caso es que andaba yo esta semana ayuno de temas, sin saber muy bien por dónde hincarle el diente al artículo, cuando se me ha venido a la cabeza la escena del supermercado. Ha sido como un eureka: ¡Aquí está la manzana que ha caído del árbol y que me va a permitir completar mi columna del domingo! Creo que después de una semana de sobresaltos y polémicas políticas desabridas, el lector tiene derecho a descansar un día y a distraerse con alguna historia jugosa e intrascendente de las que está llena la vida y que tan raro es encontrar en los periódicos. En esto, como en tantas cosas, me gusta seguir la estela de mi admirado Julio Camba, a mi entender, el más grande de los articulistas del siglo XX, junto con Umbral. Cada uno con sus cosas y en su estilo, sabían buscarle el ángulo ingenioso a la realidad. En el prólogo de su divertidísimo libro “Aventuras de una peseta” confiesa Camba que él, obligado a veces a escribir un artículo y disponiendo de una catedral gótica, que había visitado momentos antes, y de la levita del gerente de un hotel, como materiales, se decide por la levita “y no porque fuese una levita maravillosa, sino porque era una levita grotesca”

Algo así me ha sucedido a mí. Les confieso que a falta de tema, y dada mi condición de andaluz, pensaba escribir hoy sobre las elecciones autonómicas de mi tierra, de manera que estaba dándole vueltas al magín para ver qué podía yo decir sobre los comicios del sur, de qué forma Moreno Bonilla o Juan Espadas me permitían entrar en materia, y reconozco que la inspiración me estaba llevando hasta la señora Olona, por aquello del gusto por lo grotesco. El caso es que la cola del súper me ha salvado de escribir sobre la aventura electoral. Es verdad que podría haber elucubrado sobre las colas en los colegios electorales, pero soy un escritor sin imaginación, que se alimenta exclusivamente de la realidad, y sabe Dios qué puede pasar con esas colas, o si, tan siquiera, las habrá porque los votantes hayan huido en masa a las playas. Me parece que por esta vez he salvado mi honra como articulista. No crean que estas cosas del miedo al folio en blanco son pamplinas. Por malo que sea, el articulista requiere, amén de oficio, una buena dosis de atención a las cosas que ocurren mientras va pasando la vida.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider