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¿Paz, seguridad o justicía? La política de defensa de Europa


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Cuando un conflicto se alarga en el tiempo pierde fuelle y ya no es la primera noticia de los medios de comunicación. Eso parece ocurrir con Ucrania. Pero no es simplemente porque no interese, sino porque los problemas se suceden, porque surgen otros temas que también condicionan nuestra realidad diaria de los que hay que informar y opinar.

Las elecciones andaluzas con el peligro presente de la ultraderecha, la ola de calor y las causas del cambio climático, el turismo desbordado que amenazan lugares tan significativos como las Baleares, la carestía de la electricidad y el gas, el aumento de la deuda mundial, el conflicto de Argelia, las astracanadas de Boris Johnson… En fin, añadan ustedes problemas a la lista. Vivimos en un tiovivo permanente y eso provoca que unas noticias se solapen a otras.

No obstante, el conflicto de Ucrania está presente, sigue produciendo víctimas y desplazados, la nación ucraniana está sufriendo una grave devastación, y, por supuesto, Europa y el conjunto del mundo están afectados por una guerra que genera serias consecuencias sociales, humanas y económicas, además de haber puesto al planeta en una situación de peligro al borde de una guerra mundial.

Cuando un conflicto se alarga en el tiempo tiene una segunda consecuencia: se van modificando las percepciones acerca de qué decisiones hay que tomar, qué posibles salidas y soluciones, y cómo terminará esta guerra.

La Unión Europea junto con EEUU se han mostrado unidos en una posición común, teniendo muy claro quién era el agresor y quién el agredido, que Putin es la amenaza claramente y Ucrania la víctima invadida. Esta percepción no ha cambiado. Pero se está perdiendo la capacidad estratégica que genera eficacia.

Es decir, Rusia no está consiguiendo lo que quería. La guerra se está alargando mucho más de lo que hubiera sido deseable, el prestigio de Putin ha caído en picado a nivel internacional, los rusos están sufriendo las consecuencias del aislamiento, además de las numerosas pérdidas humanas de soldados. A Putin la ofensiva militar le está costando mucha sangre y muchas pérdidas.

Por la otra parte, Ucrania está resistiendo mucho mejor de lo que pudiéramos imaginar al principio. Pero su resistencia genera más muertos, más destrucción, más sufrimiento. ¿Cuánto podrán, y querrán, resistir los ucranianos?

En el medio del conflicto la Unión Europea y EEUU debatiendo cuál es la mejor salida: ¿seguir el conflicto bélico aportando armas a Ucrania o permitir la cesión de territorios ucranianos a Putin con el fin de buscar una salida diplomática?

El dilema que resulta política y moralmente complejo incluso diría que cruel es: paz o justicia.

Buscar una salida no humillante a Putin en el que consiga una parte de los territorios ucranianos significaría firmar la paz, a cambio de que Ucrania pierda parte de su nación y también miles de víctimas en una masacre inútil.

Seguir el conflicto bélico hasta que se consiga derrotar a Putin sería lo justo, ya que él ha sido el invasor. ¿A cambio de cuántas muertes más, de cuánta destrucción, de cuántos riesgos bélicos?

La actitud de Putin ha conseguido despertar a una Unión Europea que necesitaba unirse y encontrar su identidad perdida. También ha servido para reforzar el papel de una OTAN en horas bajas. Sin embargo, el desgaste que Putin está sufriendo no es suficiente para sentirse débil; todavía tiene un largo recorrido. Entre otras cosas, porque desconocemos cuán fuerte es la resistencia interna en Rusia y si será capaz de acabar con tal régimen dictatorial.

Mientras tanto, la Unión Europea tiene retos pendientes que se han mostrado más acuciantes a raíz de la guerra de Rusia, y que señalaba con acierto José Borrell:

  • poner fin a las importaciones energéticas rusas, al tiempo que hay que seguir promocionando las energías alternativas de forma urgente.
  • plantearse en serio la política de seguridad y defensa europea, un tema difícil de resolver porque cada vez más parece que la Unión Europea se compone de retazos difícilmente encajables, sobre todo, con la aparición de la ultraderecha en el corazón de Europa y el modelo hipócrita y peligroso de las “democracias iliberales”. Eso supone también analizar el presupuesto de defensa comunitario que tanto rechazo social genera (y con razón).

Comentaba J. Borrell, el Alto Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, que, en los últimos 20 años, el gasto combinado en defensa de la UE solo ha aumentado un 20%, frente al 66% de Estados Unidos, el casi 300% de Rusia y el 600% de China. Y lo que es más alarmante, Europa alcanzó un nuevo mínimo en el 2021, cuando solo el 8% del gasto en equipamiento se destinó a inversiones en colaboración, muy lejos del 35% que los propios Estados miembros de la UE se han fijado como objetivo.

Esa situación genera también graves dilemas. La construcción de la UE, después de la II G.M, no se basó en el armamento y el conflicto bélico, sino que se consiguió la paz mediante la instauración de la política, el consenso, los acuerdos conjuntos, la legislación comunitaria europea y el Estado de Bienestar. El camino emprendido en la segunda mitad del siglo XX han sido los años más prósperos y beneficiosos, no solo económicamente, sino social e individualmente. Hemos vivido en paz. Y eso no tiene precio.

Ahora bien, surgen nuevas dudas:

  • por una parte, el resto del mundo fuera de la Unión Europea no ha seguido la misma senda, como hemos podido comprobar. ¿Qué hacer? Mantener la paz ignorando los peligros que acechan parece una irresponsabilidad. Como también lo es seguir rearmando al planeta para garantizar la seguridad de cada nación, lo que puede llevarnos a la barbarie armamentística.
  • ¿cuán de unida está la Unión Europea? Dudo si dispone nuestra Unión de la capacidad de mantener a tantos países diversos bajo el mismo consenso y parlamento. Ampliar cada vez más la UE ha supuesto mayor complejidad al tiempo que una ambigüedad creciente respecto al proyecto común europeo. La primera dificultad de la UE está en el conjunto de los estados miembros.

¿Cómo garantizar vivir en un mundo en paz? Los clichés, el simplismo, los análisis fáciles no sirven. Estamos ante una situación compleja y grave. Vivimos en un mundo peligroso donde las amenazas se producen en todos los niveles, incluido ahora ya el cibernético.

La invasión de Rusia no es un conflicto bélico sin más. Hablamos de una de las potencias mayores del mundo. Arrastra consecuencias serias, y también alerta de cuál es el futuro que amenaza a las democracias europeas consolidades. El enemigo está tanto fuera como dentro de nuestras propias naciones.

Quizás estamos ante el final de una larga etapa de prosperidad y estabilidad.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.

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