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Armas en las aulas


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Las armas permanecen en primera línea de la actualidad. Los hechos acaecidos en la escena geopolítica y, señaladamente, en la escolar, así lo atestiguan. No transcurren dos semanas hasta que un nuevo episodio protagonizado por armas de fuego empuñadas por distintos tipos de asesinos ensangrienta la vida escolar estadounidense. Decenas de escolares son allí fríamente asesinados a mansalva. Se trata de un suma y sigue desenfrenado. Cualquier individuo puede adquirir allí un fusil ametrallador por un puñado de dólares: un arma automática que puede disparar entre 650 y 900 proyectiles por minuto. Imaginen el número de vidas humanas que puede segar cualquiera de los modelos de este tipo de armas, desde el M-16 al AK-47, el PPsh-41 o el Fal.

Ante tanta mortandad –se estima en 43.000 el número global y anual conocido de víctimas por armas de fuego en Estados Unidos- surge inmediatamente las preguntas: ¿por qué no se prohíbe allí la venta sin restricciones de armas de fuego? ¿Por qué motivo no se detiene esta sinfonía de sangre y sufrimiento? ¿Qué o quién lo impide? La respuesta tiene sus vericuetos formales, que esconden el nudo que explica tamaña aberración: la “libertad” para adquirir todo tipo de armas en Estados Unidos es la expresión, exacerbada, de un factor ideológico que sesga transversalmente a la sociedad estadounidense. Se trata de la torsión enfermiza del concepto de individualismo. Un individualismo generalmente tan desaforado como egocéntrico.

Hollywood, por su parte, ya se encarga de cebar cada uno de sus filmes con cargas de violencia inusitada, así como con repertorios de todo tipo de armas.

Decía el pensador estadounidense John Dewey que los europeos no entendíamos el individualismo norteamericano, que identificábamos mecánicamente con el egoísmo. Tal vez tuviera razón; sin duda existen formas de individualismo no necesariamente antisociales. Pero, desde luego, su exacerbación con respecto al uso y tenencia de las armas de fuego desmiente a diario interpretaciones al respecto tan benévolas como la suya.

En Europa Occidental y en países extra-continentales civilizados, el monopolio del uso de la violencia lo tiene el Estado. Guste o no tal axioma, es, a grandes rasgos, una garantía que, habitualmente, impide incurrir en la guerra de todos contra todos. Pero en Estados Unidos, por diversos factores, ese monopolio se dispersa e individualiza de tal modo que todo varón blanco puede adquirir prácticamente las armas que desee, siempre y cuando pueda pagarlas. Mas su precio no suele ser problema para acceder a ellas.

Tal comercio tiene su origen en una idea o concepción del país como tierra de frontera abierta e incesante, arrebatada a tiro limpio de trabuco, rifle o revólver a los pobladores autóctonos de la gran nación norteamericana, los indios. En ocasiones, la expropiación se producía a manos de aquellos pioneros buscadores de oro que surcaron el país para abrirse paso a sangre y fuego hasta California. Decían defenderse así de los pieles rojas, cuya población mermaron y hoy languidece en lejanas reservas. En aquellas tierras, bautizadas por españoles con el nombre de una princesa que figura en las leyendas de los libros de Caballería, las vetas auríferas mostraban el poderoso reclamo, siempre mórbido y destellante, de su preciado contenido. Todo valía con tal de llegar hasta ellas. Luego vendrían las caravanas con familias enteras formadas por migrantes europeos, más tarde el ferrocarril, las perforaciones petrolíferas y todo lo que ya conocemos. Los pioneros, sedientos de oro y sus familias, pasaron; pero sus armas de fuego permanecieron y se desarrollaron, desde sus rifles Winchester y sus Colts 45, hasta los Smith and Wesson y Magnum, más los temibles fusiles ametralladores y todo el siniestro aparataje que puebla ahora los armeros de las pujantes armerías del país.

Hoy asistimos allí a la desbocada transformación de la dimensión defensiva de las armas de fuego por su trueque en clave ofensiva, homicida y asesina. Es una espiral sin control. La estulticia política generalizada lleva a algunos próceres de los dos partidos principales a preconizar la entrada de armas en las aulas para defenderse de los agresores.

Las armas cortas de fuego cuentan con el padrinazgo tácito de los fabricantes y dueños de las grandes armas, desde la cañonería artillera hasta los misiles o las nucleares, monopolizadas por el denominado complejo militar-industrial, sobre cuyo rampante poder dio la alerta el presidente Dwight Ike Eisenhower: pero nadie le hizo caso. El presupuesto de Defensa que baraja anualmente el Pentágono frisa los 800.000 millones de dólares. Los ejecutivos de las grandes firmas armamentísticas cruzan con asiduidad las puertas giratorias que les llevan hacia el Pentágono o desde el Departamento de Defensa les guía hacia los consejos de Administración de los emporios de aquellas entidades.

En una progresión elefantiásica, el individualismo que permite tan libérrimamente la tenencia y el uso de las armas cortas de fuego y automáticas por cada particular, se expande como metáfora del comercio mundial de armas por parte del citado e inquietante complejo militar-industrial estadounidense, el mismo que se lucra satisfaciendo la demanda de armas por doquier en todo el mundo. Hoy adquiere especial impulso en las ventas y envíos hacia Europa, tras la espiral desencadenada por la invasión rusa de Ucrania. Esta agresión injustificada es explicada por Moscú como medio para impedir la militarización, ya casi culminada, de toda la frontera occidental de la Federación Rusa, desde el Báltico hasta el Mar Negro, salpicada por países que han abierto sus puertas a la OTAN pese a la disolución del Pacto de Varsovia, alianza militar que les atenazaba a la Unión Soviética, hoy disuelta.

No parece viable que la venta y uso de armas, las que tanto dolor y muerte causan en la vida cotidiana de las escuelas estadounidenses, desaparezca de la vida del gran país norteamericano mientras ese emporio armamentístico continúe su desaforado despliegue. Suprimir la venta al por menor de armas dañaría gravemente la imagen, fetichizada y sacralizada, de la venta de armas al por mayor, a la que el complejo militar industrial se aplica de hoz y coz, con sus beneficios bimillonarios; son los mismos que para mantener las crecientes tasas de ganancia, requieren de constantes guerras en cualquier latitud del mundo para dar salida a los arsenales almacenados tras su fábrica. La parábola del bombero pirómano resulta difícil de erradicar ante un escenario como éste.

Con todo, esta no es una lacra que afecte solo al país al Norte del Río Grande. La proliferación de armas cortas es un hecho consumado en numerosos países centroamericanos y del surcontinente. La criminalidad allí escala hasta cotas impensables. Pero, si alguna limitación presenta su comercio, esta consiste en que se mueve en la ilegalidad o en la clandestinidad, más o menos toleradas por las autoridades estatales, y, en todo caso, no cuenta allí con el apoyo de una superestructura armamentística tan enorme y poderosa como la existente en el país estadounidense.

El monopolio de la crueldad no perteneció a nadie. En Europa Occidental, concretamente en España, las armas cortas denominadas blancas, espadas, estoques, dagas, puñales y mandobles, fueron de libre acceso hasta los albores del siglo XVI. Su precio limitaba su uso y tenencia a las manos de los pudientes. La Edad Media se había visto poblada por las justas a caballo con armaduras metálicas donde brillaban las plumas de los yelmos y las hojas de las espadas, también metálicas, de centenares de tipos de estas armas tajadoras; algunos de sus filos contaban con un canalón central para acelerar la muerte del atacado mediante el acceso, por este canal, de oxígeno hasta la fondo de la herida perforada por el acero. Muchos filos llevaban inscripciones con lemas sagrados. Tiempo después, se limitaría el uso de la espadería -de la cual Toledo y sus aceros serían emblema-, a los hidalgos cuyo exponente literario por excelencia de este segmento social, Don Quijote, debía su nombre a la parte de la armadura que cubre el muslo del caballero armado.

La pólvora, descubrimiento atribuido a los chinos e importado por los árabes, cuya entrada en la escena europea se sitúa en la batalla de la localidad sevillana Niebla, en la Edad Media, supuso un punto de inflexión que acabaría desplazando a las armas blancas en las guerras.

Hoy en España, la venta de armas y/o componentes afines, es un negocio próspero. Que se lo pregunten a los exportadores, que envían a países del denominado Tercer Mundo copiosas partidas, si bien se exculpan invocando su atinencia a las leyes estatales que regulan su comercio. Subrayan que la parte del león de estas partidas son materiales antidisturbios.

Disculpen la autocita: este periodista tuvo que vérselas y tragar saliva cuando en un día remoto del año de 1982 en el frente irano-iraquí -una costosa guerra que causaría un millón de víctimas y duraría casi una década- sobre el campo de batalla del Chatt el Arab fue hallada una pieza artillera capturada al adversario iraquí. El cañón llevaba la firma de la Real Maestranza de Sevilla. Menos mal que los combatientes iraníes, pasdarán, desconocían el idioma español, pues mostraron indignados y vociferantes el cañón asegurando a gritos que era una prueba del armamento norteamericano enviado a las tropas de Saddam Hussein y que había que pasar a cuchillo a los proveedores de tal artefacto.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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