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AR-15


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Éste es el nombre comercial de un fusil de asalto muy de moda entre los cuerpos de seguridad y entre los aficionados a las armas. No es una pieza cualquiera, ni va asociada a un último recurso en la autodefensa para quienes creen que disponer de este equipo resulta disuasorio.

Es un fusil semiautomático con una gran potencia de fuego y con características de ataque más que de defensa. Poco pesado, ajustable, con distintos tamaños de cañón y con numerosos accesorios, monta cargadores de hasta 30 cartuchos y tiene una capacidad de fuego de 750 disparos por minuto y 550 metros de alcance.

Es un instrumento de fabricación norteamericana que tiene más de sesenta años de historia y que se ha ido modernizando y poniendo al día. Un arma que utilizan numerosos ejércitos, entre ellos el español, a la que se pueden incorporar punteros láser o lanzagranadas.

Lo curioso y dramático en una herramienta de tal calibre es que en Estados Unidos y en los países extremadamente liberales con el comercio de armas, es que puede adquirirla cualquier particular como juguete e incluso acumularlas como quien tiene una despensa bien provista.

Sólo hace falta ser mayor de edad y pagar un precio que se asemeja al de un teléfono móvil que no hace falta que sea de los más caros y de última generación. Una pieza codiciada por todo tipo de coleccionistas, aficionados a las armas o desequilibrados con fantasías o pretensiones de utilizarlas. En las numerosas ferias que reúnen a los amantes de estos utensilios, incluso pueden practicar con ella las criaturas si van acompañadas de sus padres.

La última matanza en una escuela de Texas, donde murieron acribilladas 21 personas de las que 19 eran niños, un adolescente se regaló un arma de éstas para celebrar su mayoría de edad y en un arrebato de locura decidió hacerla servir, incluso avisando en las redes sociales que pensaba hacerlo. Demencial.

En Estados Unidos la liberalidad en la disposición y manejo de las armas de fuego genera demasiado a menudo que se desate violencia de la más irracional. Cualquier personalidad desquiciada tiene a su alcance descargar sus manías e insatisfacciones con el recurso al magnicidio.

El armamento es de fácil acceso, se vende en el supermercado. Hay quien lo justifica en que en un país que se configuró a partir de la colonización interna llevada a cabo por los pioneros, la autodefensa estaba y estaría suficientemente acreditada. Es el mito fundacional del Far-West.

Pero en realidad todo es más prosaico. Pese a episodios redundantes de violencia extrema que abonarían a cualquier otro país el control e incluso la prohibición de armas de fuego en manos de particulares, el lobby de los fabricantes de armamento es tan fuerte y dispone de una fuerza propagandística tal que hace inútil cualquier intento de racionalización.

La Asociación Nacional del Rifle, acoge a más de cuatro millones de estadounidenses. Su capacidad de presión especialmente hacia el Partido Republicano es muy grande, como resulta evidente su filiación trumpista. La misma semana de la masacre de Texas, celebraron una feria anual a pocos kilómetros de los hechos. Toda una declaración de principios además de una falta de tacto notable.

Su razonamiento está claro: el peligro no son las armas, sino las personas que hacen un mal uso de ellas. En la misma línea, el gobernador de Texas reaccionaba al luctuoso episodio no pidiendo la prohibición de armas en manos privadas, sino de armar más y mejor a los maestros, quienes además de ser adiestrados en áreas de conocimiento y en pedagogía y didáctica, deberían ser adecuadamente formados en autodefensa y uso de armas en los centros escolares.

Convivir y construir sociedad en un país en el que hay 120 armas por cada 100 habitantes debe resultar muy difícil. Una ciudadanía armada no es sólo un peligro, resulta la evidencia de una cultura del individualismo extremo y de la incapacidad para construir un sentido colectivo y solidario.

Si más allá de nosotros mismos sólo vemos a enemigos difícilmente crearemos relaciones sociales sólidas. Si las armas están en todas partes y de tan fácil acceso, resulta imposible evitar que sean el recurso en determinados estados de propensión a la violencia ya la destrucción enfermiza.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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