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El influjo de Qatar


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Es un pequeño estado del Golfo Pérsico que nada sobre petróleo y especialmente de gas natural. Esto les ha proporcionado un lugar relevante en el mundo, pese a una superficie que no llega a ser ni siquiera la de la provincia de Lleida. Como además de gustarnos mucho el dinero lo que nos gustan de verdad son los ricos, ya hace años que profesamos respeto y gran consideración a esta monarquía absoluta anclada en lo medieval que resulta poco justificable y escasamente decente. Este territorio era un protectorado británico que logró la independencia como estado en 1971. A partir de entonces, ha sido un feudo administrado como una propiedad privada por la familia Al Thani. Incluso los golpes de estado se hacen dentro de la misma. Al pasar de practicar la pesca y el cultivo de ostras a explotar los yacimientos energéticos, la riqueza creció tan rápidamente como la espuma. Tiene una renta per cápita extraordinaria, que triplica a la de España y es de las primeras del mundo. Decir que su población es muy rica es sólo una apariencia estadística. Sobre una población total de 2,8 millones de personas, los realmente considerados ciudadanos qataríes son sólo 250.000. El noventa por ciento de los que viven allí son extranjeros, la mayoría inmigrantes que hacen, de forma estricta, de personal de servicio a los adinerados. Los orientales que trabajan en la construcción de sus admirados rascacielos en condiciones de esclavitud viven a las afueras de las ciudades en viviendas y zonas escondidas de la mirada de la gente y que poco tienen de “zona residencial”. Los que tienen más suerte, están ocupados en el servicio doméstico, el comercio o en su inmensa oferta hotelera.

Su papel en la geopolítica internacional es, como mínimo, ambivalente. Aparentemente aliado del mundo occidental del que utiliza la capacidad de escaparate, confrontado en Golfo Pérsico con Arabia Saudí a pesar de compartir la profesión suní del islam, siempre ha tenido tratos dudosos con movimientos fundamentalistas y algunos vínculos con la financiación de grupos terroristas. Como la Belle de jour de Luis Buñuel, un papel de noche y otro de día. Pero ésta, es la parte oculta que casa poco con la exhibición de lujo y poderío de Doha, y que se les perdona con mucha facilidad. Resulta paradójico que, en una dictadura política y económica tan absoluta, con un evidente relegamiento de las mujeres, se las den de ser los más “liberales” de la zona. Dominan hace años las relaciones públicas. Crearon una televisión que hace de aparente puente entre el mundo árabe y occidente como Al Jazeera, pero que en realidad sirve para blanquear la parte más siniestra de las monarquías del petróleo. Su capital es el máximo exponente de la pretensión y el mal gusto. Una metrópoli que quiere ser capital de negocios y al mismo tiempo un atractivo turístico para consumidores de lentejuelas y de lujo dudoso. Una ciudad toda ella un “no-lugar” en el adecuado concepto que acuñó el antropólogo francés Marc Augé para definir los espacios sin identidad de ningún tipo.

Qatar, increíblemente, será la sede del mundial de fútbol de este año. Obtuvo la nominación utilizando la chequera y comprando voluntades. Como partidos de fútbol a pleno verano sobre la arena parecen impensables, pues no ocurre nada, se traslada la competición en invierno. El mundo del fútbol siempre tan adaptable. En la campaña previa colaboraron convencidos algunos mitos del Barça como Guardiola o Xavi, que no han tenido reparos a la hora de justificar el régimen. Josep Guardiola mientras criticaba en el 2017 las "limitaciones" de la democracia española se deshacía en elogios del sistema político dictatorial del estado del Golfo. En la apresurada construcción de los estadios de tan magno evento han muerto muchísimos trabajadores porque las condiciones en las que están obligados a operar no son de las que se muestran. El diario inglés The Guardian ha publicado que los fallecidos en las obras serían cerca de siete mil trabajadores. Daños colaterales de la grandeza. También tiene el país una vitrina en Europa que es el PSG, club que para concentrar grandes figuras hace siempre una exhibición de dinero impúdico y unas formas poco decorosas. Hace unos días, el emir de Qatar fue recibido en España con los máximos honores que se puede rendir a un jefe de estado. A pesar del apresuramiento interesado debido al tema energético, el mensaje que se lanza no resulta muy adecuado. Es como si el carácter democrático de los gobiernos fuese, en política internacional, un tema secundario. No debería serlo.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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