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La sensibilidad: sentir es vivir


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Todos nacemos ultrasensibles e hiperemocionales porque, en los primeros meses, nuestras conexiones neuronales son demasiado numerosas. En cuanto a la relación con nuestras emociones, se construye según la forma en que quienes nos rodean las acogen, las tienen en cuenta o, por el contrario, las niegan o las ignoran. De ello dependerá la facilidad o dificultad de adaptación a lo inesperado, a la novedad, a salir de nuestra zona de confort. Según Freud, el yo de cada individuo, debido a las particularidades de su historia y su biología, tiene un umbral de tolerancia a partir del cual se "desconecta". Esto significa que las experiencias perturbadoras pueden provocar fases de hipersensibilidad temporal en las que ya no podemos soportar nada. La edad también nos hace más sensibles.

Una cosa es cierta: la sensibilidad extrema es más bien una ventaja cuando se es artista, poeta o pensador. Kant lo veía como una maravillosa oportunidad para acoger el mundo en nosotros mismos. A partir del olor de una simple magdalena (en realidad una tostada) que despertó su memoria y su imaginación, Marcel Proust decidió ir "en busca del tiempo perdido", el de su infancia, el de su juventud. ¡Genial!

Pero lo que es cierto es que es una pena mostrarnos frágiles, nadie quiere mostrar sus debilidades, da vergüenza, por lo visto. Lo he observado en muchas culturas y en muchas sociedades. Para los hombres, la acción y la razón; para las mujeres, las lágrimas y la emoción. Los roles se siguen distribuyendo de esta manera en nuestra cultura, aunque cada vez se valora más la imagen del hombre que llora. De hecho, Proust lloraba con frecuencia, al igual que el novelista André Gide. En un viaje a Turín, Nietzsche rompió a llorar ante un desafortunado caballo que había caído al suelo, azotado por su cochero. Soñaba con ser un guerrero orgulloso y sin reparos, tanto le hacía sufrir su sensibilidad. Mi propio abuelo solía llorar frente al televisor, sobre todo cuando mostraba hermosas películas de amor o con animales. Además, según un estudio canadiense sobre el dolor en ambos sexos, publicado en Current Biology en enero de 2019, es el llamado sexo fuerte el que es más vulnerable al dolor físico. En los hombres, el recuerdo del dolor que soportan está más arraigado. En consecuencia, lo anticipan, haciéndolo aún más vívido y aterrador. Mientras se atrevan a dejarse llevar, a permitirse el derecho a llorar, los hombres no son más insensibles que las mujeres. Sólo que no sufren la prohibición de mostrarse frágiles o tal vez sí. En el juego de la seducción, a veces es incluso una ventaja.

Incluso la sensibilidad excesiva y perturbadora sigue siendo una función vital. Freud percibió muy pronto su vínculo con Eros, el instinto de vida. Así, el 10 de mayo de 1925, todavía deprimido por la muerte de su hija Sophie y de su nieto, y trastornado por el descubrimiento de su cáncer de mandíbula, escribió a Lou Andreas-Salomé, una mujer de letras con la que mantenía una correspondencia continua: "Se está formando un caparazón de insensibilidad a mi alrededor; lo noto sin quejarme. Es una evolución natural, una forma de volverse inorgánico" (Correspondencia con Sigmund Freud, Gallimard). ¡Es imposible recordar con mayor claridad que sentir, percibir, es lo que nos mantiene vivos!

De hecho, la sensibilidad psicológica suele ir acompañada de una extrema sensibilidad física, cutánea, auditiva, visual y digestiva. Con el wi-fi en todos los pisos, hemos asistido a la aparición de personas "electrohipersensibles", que acusan a los campos magnéticos de provocar migrañas, pitidos en los oídos, contracciones musculares e insomnio. Aunque nunca se ha establecido científicamente ninguna relación entre sus síntomas y los campos electromagnéticos, ningún psiquiatra (o casi ninguno) los considera pacientes imaginarios o altamente delirantes. Ahora se acepta que tienen percepciones más agudas que la mayoría, o que expresan así su ansiedad ante este mundo cada vez más agresivo de máquinas, pantallas y robots.

La hipersensibilidad puede ser dolorosa y molesta, pero no es una enfermedad: es un rasgo de carácter, una forma de ser", dice Saverio Tomasella (2012), psicoanalista y autor de Hypersensibles, trop sensibles pour être heureux? Se define como una sensibilidad extrema o excesiva. Pero, ¿quién puede medirlo? ¿Cómo podemos saber la medida correcta de lo que debemos sentir? Podemos ver que sufren los muy tímidos, los demasiado modestos a los que no les gusta exponerse, los irritables, los estresados por nada, los ansiosos o los enfadados que no pueden controlarse, las personas que se ruborizan a la menor emoción. La vida en sociedad requiere la capacidad de controlarse a sí mismo y tiene dificultades para tolerar reacciones imprevisibles. La alta sensibilidad se valora ciertamente en las palabras, pero no necesariamente en los hechos.

Por ello, deducimos al hilo de las sensaciones de nuestro Freud, llegado a una edad de desaliento y desencanto que nuestra época favorece la expresión de las emociones, favorece la delicadeza y la empatía. No sentir es no querer vivir, no poder hacerlo. La hipersensibilidad es incluso vista por algunos como una diferencia gratificante. En realidad, es más complicado. Pero una cosa es cierta: la sensibilidad es la vida.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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