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Mis queridos bandoleros


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)
DarSzach / Shutterstock.com DarSzach / Shutterstock.com

Se podría decir sin temor a engañarse que ¡Me han empapelao! Literalmente, y te tienes que aguantar, ¡con lo que he sido yo!. ¿Cuándo le sucede esto a un ciudadano? Muy sencillo. Esto sucede cuando vives en Madrid y día a día vas sorteando a la pasma o picoletos (de toda la vida) y cuando casi lo consigues te pillan de marrón, te paran, te buscan las vueltas y te calzan la multa del día. Sin ninguna razón aparente o al menos con razones que siempre se pueden recurrir, empapelándote las ideas, el bolsillo y tu humor, maltrecho y bapuleado para esa semana. Ni qué decir tiene, claro, que a base de mucha madurez y actitud zen y por qué no, varios paquetes de Trankimazin pues te quedas como mirando al infinito y como dominando la situación, así, como por encima de las circunstancias intentando aparentar que te da igual, con lo del proverbio chino: homble supeliol domina homble infeliol. ¡Y un huevo! Yo ya no sé cómo hacer las cosas porque las haga como las haga Ellos siempre llevan la razón y siempre termino con una denuncia de 90 euros en la mano, aunque les regale una botella de Anis del mono, por lo de decirles que mi DNI está hasta en las botellas.

Esto se relaciona directamente con los recaudadores de impuestos y con los salteadores y ladrones de montaña, de campo de toda la vida, pero al fin, en todo caso, síntomas de las dolencias de un país. Tanto en Francia como España, lo mismo me da que me da lo mismo, necesitan como sea sacar dinero, más dinero quiero decir, mucho más dinero del ciudadano y ahora ya tenemos flashes hasta en los semáforos. En Francia, el color ambar o amarillo significa parar, sí parar, no apretar el acelerador como hacemos los españoles, bueno y los italianos, con lo cual cuando llegas a tu casa todo confiado y pensando en que has realizado una conducción de maestría, pues no, resulta que te han calzado más multas que la cartilla de cupones de la abuela. La media es de cuatro o cinco denuncias al mes, como mínimo y por cualquier cosa. Lo que yo llamo vivir en un estado policial con ¡dos narices! y lo peor es que nadie lo vive como yo, a todo el mundo le parece normal y a mí, me parece una Dictadura. Una multa por a 92 en lugar de 90, me parece de José María El Tempranillo. Mi coche francés les despeina y tengo que hacer una biografía tolrato para convencerlos de que soy ciudadana de dos países y ¡pum!

Con el carné de conducir no se ponen nunca de acuerdo, unos me multan porque debo cambiarlo del español al francés, otros me dicen que no que no, que no hay que cambiarlo de no ser que haya infringido una norma de gravedad. En tráfico de España tampoco lo tienen claro, con lo cual, aquí estoy como un chorlito mareada sin saber qué hacer y con el carné cada vez más maltrecho. Me incitan a hacer una fechoría y la voy a hacer, vaya que la voy a hacer. Quienes han leído mis libros, saben que en ocasiones he terminado regalándoles el último ejemplar que siempre llevo en el coche, divulgando así la lectura y el conocimiento. Les doy pena como escritora que está algo locuela y que bueno, a veces se me va el pie y me pongo a 170 pero que es porque mis pensamientos se elevan. He llegado a convencerles. Luego me pillan por diez de pipas.

Es evidente que las finanzas de uno y otro país están muy mal, cuando tienen que ir a escarbar los bolsillos de esta manera, escudriñando así las faltas de los pobres cristianos que cada mañana vamos a los trabajos como podemos, arrastrándonos como podemos, con una elefantitis de manda, manda. ¡Una limoznita zañorita pal Estado! Pensándolo después, llego a la conclusión, -en esto me pierde mi samaritanismo odioso- que también es triste la profesión de policía o gendarme, los pobrecillos, los desgraciadiños, que quedan solo para eso, para estar denunciando constantemente a sus colegas ciudadanos, aguantando las maldiciones que más de uno –yo sin duda la primera- les decimos entre dientes. Porque haber habrá de todo, pero no debe ser cosa buena esa la de tirar de papelito y solo hacer eso y no poder hacer nada más. Triste y muy malditos que son de mi parte buscando fallos donde a veces no los hay, y también me importa poco si obedecen órdenes. Yo también paso hambre porque no quiero obedecer órdenes que no me gustan, si lo hubiera querido hubiera solucionado mi vida y mi salario hace mucho, pero mucho tiempo, aunque eso sí, nunca como cobradora de impuestos. ¡¡¡Si San Mateo levantara la cabeza!!

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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