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Cambiar de marca no es suficiente. Es el proyecto


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

(Ícaro abrasado por el sol)

El problema no era el nombre ni el modelo de partido tradicional ni el reformismo de la dirección de IU, como afirmaba la dirección del PCE, ni tampoco la izquierda sumisa y el pactismo acomodado con las élites, como afirmaban los recién llegados de Podemos.

El problema desde hacía tiempo era el estancamiento del proyecto eurocomunista y del nuevo proyecto de izquierda unida y las dificultades para su renovación por presión de algunos sectores de la organización para la vuelta al leninismo, de otros hacia el modelo de movimiento político y social y en la práctica a una confederación de fuerzas de izquierda de las CCAA.

El 15M logró politizar el malestar en torno a la posibilidad de una pretendida revisión total y un nuevo comienzo de la democracia desde cero y sin las hipotecas de la Transición, tan cara al populismo, como si un nuevo comienzo y un nuevo país fueran posibles.

Por eso, tampoco sirvió de nada el cambio de denominación como candidaturas de unidad popular, ni finalmente la coalición de Unidas Podemos ha logrado ser el movimiento político reforzado por la columna vertebral de la organización de IU, como se pretendía. Asentado en la estructura de una IU que se certificó amortizada, también desde dentro, tras el primer fracaso del intento populista de superación del PSOE. Cambiar de marca ya se hizo y no resultó.

La alternativa de un movimiento de círculos locales con control digital, y de una política radicalmente antagonista frente al régimen del 78, se ha agotado en apenas una década. La indignación y la polarización como combustible de un movimiento populista, el revisionismo de la Transición con la acusación de izquierda sumisa y la posibilidad del sorpasso a la socialdemocracia con la referencia de Syriza en Grecia, e incluso la coalición Unidas Podemos, para facilitar la lógica amigo_ enemigo no han logrado superar el lastre de un populismo sin proyecto.

Los actuales problemas de la coalición en Andalucía no son pues la causa última de una ruptura que ninguno de nosotros queremos. Por el contrario, son la consecuencia de un proceso de rápida decadencia del proyecto populista, a pesar de la tabla de salvación que ha supuesto la coalición de gobierno, precisamente al entrar en contacto con la realidad política. Un proyecto que comenzó a declinar a partir de las primeras elecciones generales de 2019, en que Podemos perdió la oportunidad de jugar un papel en la renovación de la política y en la catarsis de la derecha. Es decir, perdió la oportunidad de ligarse esencialmente a la mejora del sistema democrático que era el objetivo práctico y conceptual del eurocomunismo que contribuyó a alumbrar IU.

A partir de la repetición electoral, y a pesar de la coalición con IU, el proyecto populista había entrado ya en crisis, y la participación en el gobierno con el denostado PSOE se convirtió tanto en su tabla de salvación, poniendo en valor los escaños de sus confluencias para gobernar, como al mismo tiempo en el canto del cisne de Podemos como alternativa radical al sistema.

Asaltar el cielo ya no era una opción.

La participación en el gobierno de coalición, el brusco aterrizaje en una forzada negociación y las renuncias obligadas de la gestión, todo ello además en un periodo convulso atenazado por la pandemia y ahora por los efectos de la guerra, junto a la dura exposición a la fobia de los medios conservadores y la oposición desestabilizadora de las derechas, ha supuesto algo similar al abrasamiento de Ícaro al contacto con el sol, que en este caso es la vida real. Podemos ha ido perdiendo presencia territorial y militancia y ha convertido las primarias como única expresión de democracia participativa en una caricatura de sí mismas, como una mera fórmula de designación sometida a ratificación mayoritaria, lo que ha supuesto su presencia cada vez más simbólica e incluso su desaparición en las sucesivas elecciones y en consecuencia las cámaras autonómicas, con una distribución equivalente a la de la vieja izquierda Unida, en sus momentos de declive, que en un principio era motivo de menosprecio e incluso de burla.

De poco ha servido el intento inicial de combinar el gobierno con las proclamas antisistema y el relato populista desde la vicepresidencia del gobierno, cuando los mejores resultados tienen que ver con las reformas emprendidas en el gobierno, desde el incremento del salario mínimo y el ingreso mínimo vital hasta la reforma laboral y las leyes sociales, de transición ecológica y de igualdad de género.

La naturaleza personalista de Podemos, su dirección devenida en una suerte de corte y su debilidad organizativa han sufrido una pérdida irreparable con la inesperada salida de Pablo Iglesias, no solo de proyección pública sino de legitimidad interna. El abandono del prosaico mundo real para elevarse al inmarcesible reino de las ideas desde el que se pretende determinar el marco estratégico de toda la izquierda ha acelerado el declive y ahora la crisis con el proyecto de Yolanda Díaz. Se podría decir aquello de que ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio.

Ni el intento de volver al esquema antagonista en Madrid ni la coalición electoral en Castilla León han logrado evitar el reflujo electoral. Los problemas en Andalucía entre los modelos de IU y Podemos no responden a la imposición de la vieja lógica del pacto entre partidos a la renovación de las primarias, cuando éstas se han convertido en una mera fórmula de ratificación. Continuar con la lógica del agravio entre leales y desleales significa un análisis simplista que llevará al empecinamiento en el error.

El problema era y sigue siendo la estrategia política y el margen de maniobra de la izquierda transformadora en la democracia representativa, así como el funcionamiento democrático como un nuevo tipo de partido, entre el magma personalista y las coaliciones presentes en el grupo parlamentario.

Por eso, Yolanda Díaz, la vicepresidenta del gobierno es el mejor activo para la articulación de un frente o plataforma electoral de izquierdas y para afrontar la tarea de reconstrucción de la izquierda.

En primer lugar porque representa la posibilidad de las transformaciones reales desde una posición no subordinada dentro del gobierno mediante la negociación y la concertación social. Pero también porque demuestra una actitud de seguridad en sus posiciones compatible al mismo tiempo con la amabilidad, frente al ruido, la crispación y la inseguridad que tanto daño hacen a la labor del gobierno progresista.

Para ello, será necesario combinar el proceso de escucha con una solución dialogada a los programas y las candidaturas de las próximas convocatorias electorales que combine la negociación y la participación sin maximalismos, si no queremos hacernos daño en el camino. Se trata de traducir este capital personal y político en la futura plataforma, pero también en las próximas coaliciones.

Nada más y nada menos.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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