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Cumbre de la OTAN en Madrid: la opción arbitral de Europa


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Alexandros Michailidis / Shutterstock.com Alexandros Michailidis / Shutterstock.com

España va a ser a finales de junio anfitriona de una importante cumbre de la OTAN, si algún acontecimiento imprevisto no lo impide. En la cumbre va a dirimirse cuál será, a partir de ahora, el papel estratégico y táctico de la denominada Alianza Atlántica, donde el poder hegemónico, militar y político, irradia desde Washington sobre una treintena de Estados, la mayor parte de ellos europeos.

En el corto plazo táctico, la guerra en Ucrania concita la máxima atención de una Europa en llamas en su zona oriental. Pero no cabe olvidar que, en la nueva estructura geopolítica mundial, el centro de gravedad ha dejado de ser Europa para vertebrarse en el eje Indo-Pacífico. La mirada estratégica de quien manda en la OTAN se proyecta prioritariamente pues hacia Asia, donde Estados Unidos se propone, ya abiertamente, contender con China en torno a su mar territorial. Allí se fragua un nuevo conflicto entre la superpotencia considerada exhausta -si no declinante- Estados Unidos, y la superpotencia emergente, China. Esto determina una subsidiariedad europea en el gran juego geopolítico mundial, irrelevancia que, no obstante, puede ser la ocasión para resituar al Viejo Continente en una posición acorde con su ascendiente histórico, económico, diplomático, cultural y civilizacional.

¿Cómo recuperar el protagonismo geopolítico europeo perdido? Primero y desde luego, unificando, a escala continental, un designio democrático común hoy inexistente. ¿Por qué no existe un designio común europeo? Por las muy distintas percepciones, prácticas y modelos políticos entre Europa Occidental y Europa Oriental tras la ampliación de la Unión Europea. A grandes rasgos, aquella zona europea se halla en un proceso de creciente militarización inducida, precisamente, por la OTAN, que aprovechó el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, la alianza militar hegemonizada por la URSS, para adentrarse en una decena de países fronterizos de la hoy denominada Federación Rusa.

La militarización del Este europeo ha sobrevenido acompañada de una proceso de ultraderechización ideológica y política de numerosos de aquellos regímenes euro-orientales. Los casos de Polonia y Hungría son paradigmáticos, sin olvidar a los registrados en los países bálticos. La sociedad euro-oriental se ha visto menguada por estas directrices militarizadas, que agazapan el desarrollo de sus instituciones civiles.

Tal radicalización, vista con gran inquietud dese Bruselas, Berlín, La Haya, París, Roma, Lisboa y Madrid, pone en cuestión los principios fundacionales sobre los cuales nació la Unión Europea. Y ello, porque la radicalidad se ve allí asociada a agudos recortes de libertades conquistadas y consagradas en Europa Occidental, así como con el despliegue de prácticas estatales xenófobas, selectivamente anti-migratorias, otras supuestamente defensivas que devienen agresivas; desatienden así los ideales e intereses continentales comunes para resarcirse con viejos contenciosos unilaterales o grupales habidos tiempo atrás con la antigua URSS y que persiguen cobrar con Rusia, desde algunas décadas antes de que invadiera ominosamente Ucrania.

Pero además, la militarización-derechización euro-oriental trae consigo una polarización geopolítica que el Este de Europa impone al Oeste continental. Las pulsiones otanistas de Ucrania, voluntarias o impuestas, precedidas por las consumadas por Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria, ya integradas en la OTAN, han acabado por encender la mecha de una guerra -como todas las guerras sin justificación moral alguna-, pero con contundentes causas desencadenantes.

Lo que no parece preocupar en el bloque de países de Europa oriental es que la militarización-radicalización allí vigente alimente peligrosamente las tendencias aislacionistas, nacionalistas y, en definitiva, antieuropeas, que están estremeciendo la legitimidad democrática de la Unión Europea puertas adentro, también, de países como Francia, Holanda, Italia y España, en los que la extrema derecha se muestra ya a las claras como enemiga de la integración europea y cuña de ruptura entre el Este y el Oeste continentales: el caso del Reino Unido, segregado por voluntad propia de la UE y hoy tan involucrado militarmente en Europa oriental-, resultó ser un obvio precedente.

Nadie en el Pentágono, el ministerio de Defensa de los Estados Unidos de América de donde parten las directrices de la llamada Alianza Atlántica, parece percatarse de la importancia de este encadenamiento ideológico perverso que acarrea la desaforada otanización del Este de Europa y que erosiona tan hondamente la democracia y el horizonte de la paz, como señas de identidad seminales de la Unión Europa, nacida para impedir otra atroz guerra mundial, vocación que hoy parece olvidada.

Preguntas

¿Dónde quedó el excepcionalismo estadounidense, esa forma de providencialismo que desde tiempos de Teodoro Roosevelt justificó la superpotencia geopolítica norteamericana en el poder económico y en el poder ideológico de una “misión” para democratizar el mundo? ¿Qué ha sucedido para que Estados Unidos haya descarnado de sus prácticas geopolíticas la tarea que se impuso de llevar las libertades por todos los rincones del Planeta? ¿Es que Estados Unidos ha dejado de ser una democracia? ¿O es que nunca llevó la democracia a ninguna parte o si la llevó fue a tiro limpio?

Estas preguntas inquietan en la Europa sensata, donde el pensamiento crítico lleva a considerar como ineluctable la conexión entre el evidente déficit democrático estadounidense –el asalto masivo al Capitolio en enero de 2021 marcó su culmen evidente - con la descarriada impostura del modelo económico ultraliberal. El liderazgo presidencial, que históricamente ha ejercido sobre el país un liderazgo también moral -hoy muy difuso-, se muestra tambaleante. El ex presidente Donald Trump avanza arrolladoramente en la oposición al cada vez más anciano Joe Biden.

El país norteamericano real se ve disociado del país oficial, basado éste en un bipartidismo que hace agua por doquier. En la arena socioeconómica, la clase trabajadora oficialmente no existe ya que la corrección política imperante allí le asigna su muda inserción en la clase media. El capitalismo financiero más irresponsable y especulador campa a sus anchas: vive de las crisis que él mismo induce. Y lo hace a cara descubierta, sin concesión alguna a las demandas sociales de bienestar, cada vez más insatisfechas, de una población escindida entre ricos obscenamente ricos y 40 millones de pobres. Cien carteles de la droga funcionan en el país. Como colofón, la sociedad estadounidense asiste a un problema étnico y policial tan grave como irresoluto.

El histórico aislacionismo de una parte de la élite, como poderosos vector político estadounidense, ha sido canjeado por el unilateralismo de la política exterior norteamericana –ya sin interés por la democracia- en un mundo donde la diversidad de la multilateralidad se impone como evidencia geopolítica de sentido común.

Por ello, desde Europa Occidental se asiste con preocupación al deterioro de la democracia en Estados Unidos y a sus efectos sobre las prácticas de una organización militar de tanta importancia geopolítica como la OTAN, con su correspondiente metástasis sobre los Estados aliados de Europa oriental.

Respuestas

Volviendo a la pregunta inicial de esta crónica, sobre cómo recobrar para Europa un protagonismo acorde con su ascendiente, hay una vía explícita y clara: re-democratizar a Europa del Este en una clave igualitaria con la Europa del Oeste. Y hacer votos porque la democracia resurja en el país de Jefferson. La intangibilidad de la Geografía incrusta a Europa en el confín de Eurasia, coexistente con dos grandes potencias que Estados Unidos considera enemigas: Rusia y China. Fuera de la actual coyuntura, esta percepción no es ni ha sido compartida a pies juntillas por toda Europa. Con la certeza de la inserción europea en Eurasia como axioma, es cada vez más necesaria la existencia de un contrapoder geopolítico mundial que actúe como colchón amortiguador de sendos conflictos y que huya de cualquier medida que active su enfrentamiento. Nadie mejor que Europa, dada su entidad económica, política, diplomática, cultural y también militar, para erigirse en árbitro de los contenciosos abiertos -y por abrir- que presiden la escena mundial.

En los grandes trofeos deportivos, la figura del árbitro coprotagoniza lo que discurre en la escena, serena los ánimos e impone una legalidad a respetar por los contendientes. El campo de juego es el mundo. A una lado, una superpotencia; al otro, la otra. En el centro, equidistante, el árbitro, Europa, provisto del Derecho Internacional como reglamento legítimo, cuyo nuevo cometido garantiza la limpieza y la fluidez del juego que, en un mundo globalizado como el que vivimos, se ve signado –y pacificado- por el acuerdo, el consenso y el comercio.

Ese esperanzador protagonismo de Europa es el que le puede mantener en la escena, no por mero deseo de figurar sino porque su legado, tras expiar los enormes daños causados por el colonialismo y el imperialismo europeos, puede proporcionar el bálsamo que la geopolítica mundial necesita para curar las heridas que sus fricciones generan.

No quiera el destino que la cumbre de la OTAN de Madrid sucumba a la tentación, tan visceral, de rearmar más todavía nuestro Viejo y dolorido continente, desplegando más armas atómicas y misiles de los que ya existen por doquier y cebando así potencialmente nuevos conflictos. Ojalá la Alianza Atlántica deje paso libre a una autonomía geoestratégica europea y protagonizada por europeos que, manteniendo acuerdos de colaboración con aliados históricos y estableciendo otros con nuevos socios, dote a Europa de capacidad defensiva propia -que ya la hay, tan solo a la espera de coordinación-, y sobre todo, que nos confiera el estatuto arbitral, social y democrático, que el mundo nos reclama hoy. A Estados Unidos le resultará barato fortalecer esta alternativa. Y en Eurasia, una vez apagado el incendio ucraniano, podrá inaugurarse una época de colaboración fructífera con nuestros vecinos continentales, Rusia y China, aplacando arbitralmente sus pulsiones y las de nuestro viejo conocido de allende el Océano.

Europa puede contribuir decisivamente a zanjar la perversa ecuación que escinde toda relación geopolítica entre Estados en un hegemón y un vasallo. Y, con certeza, puede trocarla en una mutua equidad posible, basada en el respeto a la soberanía de cada cual, limitada tan solo por el derecho soberano del otro.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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