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Comisionistas


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La corrupción no es extraña en el mundo político y, quien más quien menos, todos los partidos han sufrido sus episodios. Sin embargo, hay que reconocer que el Partido Popular se ha especializado y mucho en la cuestión, tanto por el número de casos como por su redundancia especialmente en tiempos que parece deberían haber aprendido a ser algo más cuidadosos. Acaban de sufrir la última condena del caso Gürtel y, de forma paralela, Pablo Casado ha tenido que abandonar el liderazgo por haberse atrevido a denunciar los negocios al amparo del poder de la familia de Díaz Ayuso.

En un contexto tan poco edificante quizás no resulta tan extraño que se haya producido el escándalo de las comisiones draconianas cobradas por intermediarios en el ayuntamiento de la capital utilizando -véase qué novedad- el vínculo con un familiar del alcalde Díaz Almeida. El caso no es de trasiego de influencias o de actividades que fuerzan un poco las líneas de la ética pública. Es sencillamente una estafa. En plena pandemia unos desaprensivos llegan hasta altas instancias de la corporación municipal y prometen material sanitario a precios desorbitados y, encima, defectuoso. No fue un accidente. En el entorno de ciertas culturas políticas, los buitres dispuestos a hacer negocios fáciles tirando de contactos resulta más que habitual. Es el microclima idóneo. Los pícaros en cuestión son de manual. El típico fantasma que se presenta como “hombre de negocios” y un aristócrata sevillano de lo más decadente y habitual de las revistas y programas del corazón. La culminación era que también se trampeaban entre ellos. Ya puestos, porque no hacerlo. Vista la evidencia, la reacción política tan patética como siempre: negarlo y hacerse el ofendido. Demencial.

Pero el tráfico de influencias y la corrupción también se dan más allá de la política. De hecho, el mundo del deporte en general y el del fútbol en particular resultan un terreno bastante abonado para saqueos organizados en forma de comisiones, las cuales poco tienen que ver con trabajos realmente realizados de intermediación que merezcan una remuneración. Son pura y simplemente un mordisco que cada vez se hace más grande. Los aficionados, siempre obnubilados por el sentimiento pasional, lo perdonamos todo menos perder los partidos. Cada vez más, la gestión de fichajes y traspasos es un mercado persa lleno de representantes, intermediarios, familiares, agentes, ejecutivos de clubes..., que saquean, como bien se ha visto en el Barça, las finanzas de los clubs de forma francamente deportiva. Como el club es de los socios, en realidad no es de nadie y, durante el tiempo de mandato, las directivas se dedican a la actividad extractiva, a colocar a amigos y familiares y a derrochar frívolamente el dinero, justamente porque no es suyo. En esta cultura tan “ejemplar” que predomina en el Fútbol Club Barcelona, con decisiones incomprensibles y contradictorias, con periodistas a sueldo de la entidad mientras se dinamita tanto la marca como el prestigio adquirido, no es de extrañar que un “listo” como Gerard Piqué se crea con el derecho de pastelear en la organización de competiciones para sacar unos magníficos réditos económicos en forma de comisiones que se autoadjudica. Faltado de todo sentido de las proporciones y de la ética, no ve el conflicto de intereses evidente que esto significa y la mala posición en la que queda precisamente el club donde él -¡oh, sorpresa!-, es el jugador mejor pagado. Las conversaciones que se han escuchado con el presidente de la Federación Española de Fútbol les inhabilitan a ambos, no sólo para continuar donde están sino para merecer consideración y credibilidad alguna. Llevar una competición española, con todo lo que significa, a celebrarse en un país lejano como Arabia Saudí, una autocracia medieval en la que las mujeres lo tienen todo vetado, no debería ser aceptable, ni siquiera una posibilidad. El colegueo y tono de las conversaciones, a pesar de las pretensiones sofisticadas del jugador, dan vergüenza ajena. Una mala película de gánsteres de sábado por la tarde. La respuesta, como en el caso del PP, ha sido la de disparar a diestro y siniestro y hacerse el ofendido. Y reivindicar el derecho a realizar negocios.

Tanto en uno como en otro caso, más allá del carácter ilegal o delictivo que puedan tener ambos temas, existe la dimensión moral. Los protagonistas no la tienen en cuenta y la desprecian. Pero la sociedad no debería hacerlo. Hay conductas que no son aceptables porque aleccionan negativamente, dañan la confianza colectiva. Tanto los partidos políticos como los clubs de fútbol hacen a menudo bandera de los “valores”. Aunque sea por una vez, estaría bien que fuera de verdad. 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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