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Antídotos contra la escalada


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Una de las claves de toda guerra consiste, para los contendientes, en crear alternativamente simetrías y asimetrías con respecto al poder militar adversario. La asimetría que abre la puerta a una guerra consiste en el primer paso que da uno de los enfrentados, por ejemplo, el cerco o la invasión del territorio ajeno. Ante ello, el cercado o el invadido oponen, simétricamente, una resistencia que suele llevar aparejada una nueva asimetría que, a su vez, de no oponérsele una respuesta comedida y proporcionada, desencadena una escalada alternativa.

La guerra en Ucrania, ¿cuándo comenzó? Para el bando ucraniano, se inició con la ocupación rusa del norte de Ucrania, el 24 de febrero de 2022. Para el bando ruso, como llevaba advirtiendo Moscú desde 27 años atrás, la guerra se estaba incubando ya desde el comienzo de la entrada ininterrumpida de la OTAN en todos y cada uno de los países centroeuropeos fronterizos con la Federación Rusa, desde el Báltico hasta el Mar Negro.

Hoy, asistimos a una escalada en verdad inquietante. Consiste en que tras el señalamiento ruso de que sus tropas cuentan con un arsenal nuclear, amago de amenaza de su empleo, se va descubriendo que por el bando ucraniano, más en el de la constelación de países de la OTAN, señaladamente Reino Unido y Estados Unidos, que apoyan al presidente ucraniano Zelenski, se amaga con la existencia de laboratorios de armas biológicas en suelo ucraniano. Hasta 28 de estos labratorios han sido denunciados por China.He aquí la manifestación de la perversa ecuación simetría-asimetría descrita antes y su correlato en forma de aterradora escalada.

Todo parece indicar que la prolongada Guerra Fría, que desde 1946 hasta 1991, enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética, leáse capitalismo contra socialismo soviético, y que se sustanció sin un desenlace militar evidente, buscara ahora, por una o por las dos partes, un desquite por la vía armada.

La batalla de la desinformación

Entre tanto, la batalla de la información, o mejor, de la desinformación mutua, no da tregua. Resulta prácticamente imposible averiguar dónde está la verdad en cuanto a lo que realmente acontece en esta guerra, entre otras cosas, porque el Periodismo, a grandes rasgos, ha optado -bien por imposición político-militar o por voluntad propia-, por una beligerancia suicida para su credibilidad y se ha dejado impregnar por un ardor guerrero impropio de cualquier instancia de mediación como la que el Periodismo, los media, lo mediático, encarnan.

Permítanme referirles una anécdota personal. Durante varios años, estuve cubriendo para mi periódico el establecimiento de la República Islámica de Irán, así como la cruel guerra irano-iraquí, desde ambos frentes. Una de las instituciones más poderosas del país de los persas era el Majlis, Parlamento islámico. Allí los debates eran encendidos, de una gran vivacidad. Hashemi Rafsanjani, su astuto e inteligente presidente, era un verdadero experto en las artes parlamentarias. Sus adversarios decían que se trataba de un auténtico maestro del “ketman”, una técnica oratoria mediante la cual, cuando el orador sabe que su interlocutor descubre que él está mintiendo, miente ya ininterrumpidamente. Algo parecido se supone que está sucediendo hoy con el Periodismo de las redes y también en buena parte del de los medios escritos y audiovisuales de mayor solera. Parece que la situación, impuesta o voluntaria, les ha conducido a un gravísmo “Vale todo”, con tal de demostrar una beligerancia impropia, quizá motivada, en el mejor de los casos, por una percepción supuestamente moralizante del deber ser informativo ante una guerra. La moral del narrador se explicita en su neutralidad y objetividad, no en sus juicios de valor. Lo que se le exige es la narración confirmada de los hechos, tarea para la cual se le envía a un escenario bélico determinado.

Es preciso resaltar, sin embargo, que las limitaciones con las que tropiezan los correspons de guerra para cubrir informativamente los conflictos son casi siempre, tremendas, lo digo por experiencia. Contrariamente a lo que la gente cree, no existe un punto físico, geográfico o topográfico, intermedio, equidistante entre los bandos en liza. No hay una ideal “colina panóptica” desde la cual se controle todo lo que dualmente acontece en el campo de batalla. El periodista se encuentra ubicado, ahora dicen “empotrado”, en uno de los bandos. Y casi nunca tiene pleno acceso a los movimientos reales de la tropa, incluso tampoco a los del bando en los que permanece empotrado, mientras no se granjee la confianza del Estado Mayor, de los servicios de espionaje y de los combatientes de primera línea. Y esa confianza, si se convierte en sintonía ideológica hacia ellos, deviene necesariamente en una letal perdida de objetividad. Distancia, pues, permanente. Por otra parte, el mero subrayado de un mapa de la zona, con el cual el periodista se orienta, puede acarrearle la acusación de espionaje para el enemigo, como suele suceder. Mil ojos pues.

¿Que cabe hacer entonces? Informar de las propias limitaciones informativas, como primera providencia. Pero siempre acompañado el informador de una documentación previa, lo más exhaustiva posible, sobre los precedentes históricos, sociales y políticos, también económicos, del conflicto. Este es uno de los más importantes legados que heredamos de Manuel Leguineche, reportero universal, padre de “La Tribu”, como él mismo denominó en un un inolvidable librito sobre la constelación de enviados especiales y corresponsales de guerra. Otra importantísima condición: mantener la autonomía de criterio frente a las versiones oficiales; no sucumbir, en momento alguno, ante las presiones de mandos militares o políticos, espías y combatientes, para sesgar la información en un sentido favorable a sus intereses; confirmar los hechos mediante distintas fuentes, cuantas más, mejor; y ceñirse a informar cuando de informar se trata, deslindando claramente lo informativo y noticioso de lo opinable. En las crónicas, donde cabe describir colores, olores y sabores, si ha lugar la pincelada personal basada en la percepción, siempre limitada, de los hechos; pero poco más.

El deber mediático es el de mediar, no el de beligerar, beligerancia para la cual los bandos contendientes en una guerra ya tienen sus propios artificios, tan poderososo, causantes de tantos estragos en las filas de la verdad y, en tantísimas ocasiones, de espanto por la maldad perversa que encierran.

La soledad del o de la corresponsal es un estigma con el que hay que pechar. Cuando se muestra objetivo, neutral, equidistante, causa recelo en el bando en el que necesariamente se ve ubicado. Desde luego, la actitud contraria, la del supuesto periodista que adopta vestimenta de camuflaje y, si le dejan, se ciñe de correaje y pistola al cinto, no solo es una actitud deshonesta -más extendida de lo que parece-, sino también suicida ya que, en la refriega a tiros, a la que el corresponsal de guerra ha de asistir, el bando rival identifica al periodista irresponsable con un combatiente más y lo elimina. Función primordial del periodista es conservar la vida, porque es testigo, es los ojos y los oídos de miles de lectores, escuchantes y telespectadores, a quienes debe la lealtad que solo procura la objetividad, la forma suprema de honestidad. Cabe, desde luego, con toda la información significativa, probada y posible que haya podido cosecharse, pergeñar cuál puede ser el curso de una guerra o los desafíos teóricos, prácticos, morales o sociales, que plantea.

Uno de los debates más enjundiosos que la guerra en Ucrania plantea es, desde el punto de vita de la geopolítica y las relaciones internacionales, el tema de la soberanía. En el plano de las correlaciones entre Estados vecinos, ¿qué resulta más peligrosa, la soberanía limitada, que hoy por hoy Rusia impone a Ucrania, a la hora de impedir que la OTAN la incorpore a su pacto militar, o la soberanía ilimitada que Ucrania se atribuye frente a Rusia, a la hora de incorporarse a la órbita de Washington? Extrapolemos la disyuntiva a otros escenarios. ¿Tiene Marruecos derechos soberanos ilimitados para extender su hegemonía por todo el Magreb, Sahara, Canarias, Ceuta y Melilla incluidas, frente a los derechos soberanos de Argelia, por ejemplo? ¿Tuvo derechos de soberanía ilimitada Sadam Hussein cuándo invadió Kuwait? ¿Gozaba de ellos Estados Unidos cuando invadió Afganistán y permaneció en el pais centroasiático ocupándolo militarmente con la OTAN durante 20 años?

Como vemos, ambos tipos de soberanía, limitada, o ilimitada, generalmente impuestas militarmente las dos, encierran un enorme y potencial peligro de confrontación. ¿Cuál es la salida del dilema? El Derecho Internacional y el acuerdo entre las partes concernidas. La evitación de la percepción de los hechos políticos o militares propios en clave de amenazas por la contraparte. El acuerdo, el pacto, el convenio, por escrito, basado an la buena fe y el respeto a lo pactado entre Estados. La renuncia a la expansión, a las invasiones y a las amenazas. La conciencia de que vivimos en un ecosistema humano donde la libertad de cada uno debe estar en concordancia con la libertad de todos.

Se dirá que todo esto es palabrería, pero no es tal. Convivir y conllevarse es la garantía de un mundo en paz. Es absolutamente necesario que la correlación entre Estados no derive siempre en la hegemonía de uno de ellos, como desgraciadamente la geopolítica nos muestra cada día. Hay que desterrar ese axioma y dar paso a nuevos paradigmas de arbitraje y de colaboración basados en el respeto interestatal. Nunca como ahora ha estado más cerca de nosotros la destrucción mutua y total asegurada. La nueva asimetría entre la guerra nuclear y la guerra bacteriológica, hoy presente en la escena bélica, es una aberración más de cuantas han abismado al género humano hacia espantosas sinfonías de sangre que no deben ni pueden repetirse. Aún está en nuestras manos coadyuvar a impedirlas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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