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Ucrania una pieza codiciada en el corazón del heartland


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

En una conferencia titulada El pivote geográfico de la historia, el catedrático de Oxford Halford J. Mackinder enunció en 1904 una teoría generalista sobre el pasado, el presente y el futuro del poder mundial que en la última década ha recuperado relevancia para explicar los conflictos emprendidos por Rusia, entre otros la anexión de Crimea y la invasión de Ucrania.

En su teoría, llamada teoría del heartland o del corazón continental, el geógrafo postulaba que los grandes imperios a lo largo de los siglos poseían una fuerte vocación de expansión territorial y todos ellos procedían o habían controlado Asia Central. Quien dominara el “área pivote” ꟷAsia Centralꟷ dominaría Eurasia y quien dominara Eurasia dominaría el mundo.

Para Mackinder, la región pivote de la política mundial es esa extensa zona de Eurasia que es inaccesible a los buques, pero que antiguamente estaba abierta a los jinetes nómadas, una región en la que han existido y existen las condiciones de una movilidad de poder militar y económico de gran alcance y, sin embargo, limitado. Fuera de la región pivote, en un gran “cinturón interior”, se encuentran Alemania, Austria, Turquía, India y China, y en un “cinturón exterior”, Inglaterra, Sudáfrica, Australia, los Estados Unidos, Canadá y el Japón.

Desde este punto de vista, la verdadera división entre Oriente y Occidente debería buscarse ꟷsostenía Mackinderꟷ en el océano Atlántico. El vuelco del equilibrio de poder en favor de un Estado que se expandiera por esa región pivote de las tierras marginales de Eurasia permitiría la utilización de los amplios recursos continentales para la construcción de un imperio mundial.

Esquema original de la conferencia de Mackinder reproducida en el número 23 de The Geographical Journal de 1904.

Gracias a la caballería, hasta la Edad Moderna la expansión del poder se había producido a través de tierra firme y todas las grandes invasiones que habían experimentado Europa o Asia provenían de una región en concreto: Asia central. En la Edad Antigua, los hunos comenzaron su expansión desde la zona de Mongolia y Asia central hacia el resto de Eurasia.

De hecho, esa expansión fue uno de los motivos de la construcción de la Gran Muralla China. Por ese mismo continente llegaron a la India y Persia, mientras que en su intrusión por Europa durante el siglo V estuvieron a punto de destruir el Imperio romano de Occidente, que apenas aguantó dos décadas más. Casi mil años después, durante el siglo XIII, los mongoles llegaron liderados al principio por Gengis Kan hasta el sur de China, Irán, Turquía y a países tan distantes como Ucrania o Rumanía.

A partir del siglo XV, el medio de expansión más rápido y eficaz pasó a ser el mar y la potencialidad imperial expansionista del corazón continental se perdió. El relevo lo tomaron los países europeos volcados al tráfico marítimo: España, Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda conquistaron y colonizaron enormes territorios fuera de Europa gracias a sus armadas y a sus flotas comerciales.

La movilidad naval no se quedó en los puertos, sino que las potencias navales penetraron y colonizaron inmensos territorios interiores, por lo que el efecto del corazón continental quedó aún más menguado. En esos momentos la teoría de Mckinder parecía tambalearse, pero entonces llegó un avance que le insufló un nuevo vigor: la máquina de vapor hizo posible el ferrocarril. Gracias a los raíles se comenzó a reequilibrarse la competencia entre la tierra y el mar. El ferrocarril multiplicó la movilidad de ejércitos y mercancías.

En 1904, cuando Mackinder pronunció su conferencia, el medio terrestre parecía imponerse de nuevo al mar, por lo que la teoría del corazón continental regresó desde donde habita el olvido. El mundo se configuraba bimodal: debía haber una potencia terrestre y una marítima que intentarían controlar el heartland. Quien lo controlase dominaría el “cinturón interior”, la zona que comprendía el resto de la Europa y Asia continental, y quien lo controlase probablemente acabaría controlando el “cinturón exterior”, es decir el resto del mundo.

Para entender este modelo debemos contemplarlo desde la óptica imperialista a la que, Mackinder, un distinguido académico británico, no era ajeno. En 1904 Gran Bretaña era la potencia hegemónica; su imperio colonial era el más extenso del mundo y su poder naval apabullante. Como potencia terrestre flaqueaba. ¿Quién ocuparía ese nicho geopolítico terrestre? ¿Sería Alemania, potencia terrestre emergente que miraba con avidez al este de Europa cuyos recursos naturales necesitaba si quería crecer, o sería el Imperio zarista, ocupante de facto del heartland, pero bajo un sistema industrial y militarmente subdesarrollado?

La Primera Guerra Mundial demostró que Rusia, heredera del Imperio mongol, no era ni iba a ser la alternativa para dominar el mundo. Su ejército, armado como en el siglo anterior y falto del imprescindible respaldo industrial, apenas tuvo protagonismo bélico. En 1917 la Revolución de Octubre tocó a rebato, la Rusia zarista pasó a ser la URSS a través de una dramática transición marcada por una guerra civil acompañada de hambrunas, y, con Alemania asfixiada por el Tratado de Versalles, la hegemonía terrestre siguió vacante y sin candidato a la vista.

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña todavía era la primera potencia marítima —un puesto que perdería un lustro después a manos de Estados Unidos—, mientras que una posible alianza germano-soviética hacía temer que se definiera una potencia terrestre. En 1941, la necesidad estratégica de ocupar los campos petrolíferos del Cáucaso impulsó a Alemania a invadir la URSS, lo que significó la ruptura de esa alianza y despertó todas las alarmas: si Alemania, que dominaba de manera efectiva casi toda Europa Occidental a escala continental, ejercía también su poder sobre la enorme extensión que suponía la URSS, heartland incluido, el mundo acabaría siendo germano.

 Franklin D. Roosevelt pronunciando su célebre discurso de 1940 El arsenal de la historia.

Desde Estados Unidos sabían perfectamente que, si la URSS y Gran Bretaña caían, ellos acabarían cayendo. El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt ya preveía esta posibilidad en su célebre discurso de 29 de diciembre de 1940 en el que parecía recuperar el presagio de Mackinder:

«[…] Si Gran Bretaña cae, las potencias del Eje controlarán los continentes de Europa, Asia, África, Australia y los océanos. Y entonces se encontrarán en situación de convocar enormes recursos militares y navales contra este hemisferio».

Finalizada la guerra, había una verdadera potencia marítima global, Estados Unidos y una enorme potencia terrestre, la URSS, con muchos recursos, una industria potente y un ejército bien armado que además controlaba el heartland. El modelo de Mackinder de esa lucha de gigantes empezaba a cuadrar.

La Guerra Fría fue la consecuencia del enfrentamiento de los dos ajedrecistas del tablero mundial, provistos ahora de algo más que de alfiles, torres y caballos: el armamento nuclear que implicaba la destrucción mutua si la situación se les iba de las manos. Como en el ajedrez, se imponían las tablas, así que todo derivó hacia la llamada doctrina de la contención que trataba de impedir cualquier expansión, tanto territorial como de influencia, de las dos superpotencias.

El peso del heartland volvió a renacer cuando en el Discurso sobre el estado de la Unión de 1988 el presidente Reagan dijo:

«La primera dimensión histórica de nuestra estrategia es relativamente simple, clara y enormemente sensata. Es la convicción de que los intereses de seguridad nacional fundamentales de los EE. UU. se pondrían en peligro si un Estado o grupo de Estados hostiles dominaran la masa de tierra euroasiática. Y desde 1945 hemos procurado evitar que la URSS sacara partido de su posición geoestratégica ventajosa para dominar a sus vecinos de la Europa Occidental, Asia y Oriente Próximo, con lo que se alteraría el equilibrio mundial de poder en nuestro perjuicio».

Uno de los argumentos más esgrimidos en los últimos días ha sido presentar a Putin como un comunista que quiere recuperar el pasado de la URSS y que extiende sus tentáculos como un pulpo por todo occidente, convenciendo y haciéndose valer de elementos de la izquierda. El argumento no se sostiene. En primer lugar, Putin pertenece a un partido ultranacionalista y conservador, Rusia Unida, cuya ideología un capitalismo estatalista, rusificador y religiosamente ortodoxo.

En segundo lugar, la idea nacionalista de Putin no proviene de la URSS. Lo que a Putin le interesa de la URSS es tan solo la posición de lucha hegemónica que tuvo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Putin cree en el Gran Rus, esa idea de expansión de un territorio que abarcaría los actuales países de Bielorrusia, Rusia y Ucrania. Según este modelo, todo es Rusia, todos los habitantes de esos territorios son rusos y no se reconoce ningún otro principio de nacionalidad.

Mackinder revive en Putin: Ucrania se ha quedado atrapada entre China, Rusia y Occidente, como una pieza situada en el corazón del heartland.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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