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La campiña electoral


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En democracia, si hay algo tan inevitable como la muerte o los impuestos son las campañas electorales. A cada elección antecede una acción: millones de euros dedicados a movilizar electorados propios y desmovilizar ajenos. Miles de horas y de candidatos viajando día y noche para mover voluntades ciudadanas e inclinar el voto a su favor. Se suceden los debates decisivos entre candidatos, que unos ganan y otros pierden según informan los medios. Toda la inteligencia en comunicación política que usted pueda imaginar, adquirida y trasmitida en decenas de másteres universitarios dedicados a tal fin. Y, sin embargo, como en la famosa “carta robada” de E.A. Poe, aún existe quien intenta ocultar lo evidente (la gran cantidad de inteligencia, recursos y esfuerzos) haciendo “tabula rasa” de tal hecho.

En la reciente comparecencia en las Cortes del presidente del CIS aprecié con admiración el ejercicio de humildad de algunos diputados que, minusvalorando sus esfuerzos cuando candidatos, daban a entender que sus desvelos durante las campañas habían sido inútiles e infructuosos. Solamente bajo tal consideración se comprende la insistencia en comparar las estimaciones preelectorales con los resultados finales. Me veo en la obligación como científico social y buen tipo en general de animarlos e insistir en que vale la pena. Que en la siguiente campaña electoral no bajen los brazos o les ataque la melancolía del trabajo sin espera de recompensa. Todo lo contrario. Sus discursos y argumentos pueden marcar la diferencia, convencer y convertir con sus propuestas ciudadanos en electores. O como dicen a veces, “les pueden ganar a las encuestas”; claro que sí. Y de no ganar, entre unos y otros sí dejar heridas las mediciones con pronóstico reservado.

Predecir resultados electorales es un intento científico que exige unas condiciones de realización. Es preciso un cómo, pero ante todo un cuándo y en qué circunstancias. Y siempre implica una presunción: es posible anticipar los efectos de las campañas electorales. Sin ello, cualquier previsión se verá arruinada tanto por una mala campaña (desmovilización) como por una buena (movilización o transferencia). Considero que es el momento y ocasión de escribir en defensa de los profesionales de la comunicación política, reconocer el esfuerzo de candidatos y candidatas en centenares de mítines y eventos, de los responsables de redactar los programas electorales y folletos, del diseño de carteles y lemas, lectura de cuñas en radio y un largo etcétera de dedicación, esfuerzo e inteligencia.

Y qué decir de las entrevistas en medios de comunicación, o de la publicidad electoral que insertan y a la que se supone alguna utilidad. Paradójica esa labor por la que con una mano se cobra por ofrecer algo (mover votantes) y con la otra se afirma que venden agua de borrajas (que no vale para nada, ellos ya presumían en que iba a terminar la cosa esa electoral). Seamos serios, los medios de comunicación que se dediquen a publicar y defender que “ya lo sabía” (Monna Bell pero en versión Groucho Marx en “Una noche en las carreras”) que tenga la dignidad de hacer descuento por vender placebo por tratamiento comunicacional. No pasará. Pero no por ser los medios de comunicación un Jano con dos caras. Es que pertenecen a diferentes departamentos de la casa y de ahí el “tengo en una cesta el agua y la nieve en una hoguera” (Mocedades).

Y aunque de las campañas electorales cabe decir a lo Galileo “Eppur si muove”, existe una opinión empecinada en ningunear tales esfuerzos proponiendo que no hay para tal, y que las estimaciones que ofrecen las encuestas “ex ante” campaña electoral deben coincidir con los resultados “ex post” (Eppur non si muove”). Solamente que para ello es preciso que nada cambie la campaña. Que esta no sirva ni sea de utilidad alguna. No es una pretensión ni propuesta que nadie sensato pueda mantener a la vista de los millones de euros de presupuesto destinados a la comunicación política que debe mover voluntades electorales.

Finalmente estamos con Catón en que “Carthago delenda est”: nunca sobra recordar que las encuestas no son para “creer” sino un método para “saber”. Creer es una cuestión de fe y religión, saber pertenece al conocimiento y la ciencia. Por eso no hay que creer en las encuestas, hay que saber de encuestas. En fin, algunos son cansinos, argumentalmente onanistas y lo que es peor con poco vocabulario. Esto último es lo grave: seamos de ciencias o de letras pensamos con palabras.

Catedrático de Sociología Matemática.

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